Anne Carson, el Nobel de Literatura y la escritura en tiempos de la inteligencia artificial

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Uno de mis lectores, alguien cercano a mí, me hizo una pregunta que se me quedó dando vueltas en la cabeza: “¿Cuándo será el día en que escribas sobre algo bonito?”. Le respondí que precisamente por eso escribía sobre lo que sucede a nuestro alrededor, porque necesitamos hacer conciencia del mundo en el que vivimos. No siempre es agradable mirar de frente la realidad, pero ignorarla no hará que desaparezcan sus contradicciones. A veces, hablar de lo que incomoda también es una manera de preocuparnos por aquello que todavía podemos cambiar. Sin embargo, aquella pregunta me hizo pensar en algo más: ¿y si lo bonito no hubiera desaparecido, sino que estuviera cambiando de forma frente a nuestros ojos?

Hoy la tecnología ha avanzado hasta ocupar espacios de nuestra vida cotidiana que hace apenas unos años parecían propios de la ciencia ficción. Sus alcances se extienden por rincones de la realidad que nunca imaginamos que llegaríamos a habitar y que, de pronto, ya están aquí. Nos acostumbramos a ellos con una rapidez sorprendente: los incorporamos a nuestras rutinas, los utilizamos para trabajar, comunicarnos, informarnos y crear. Lo que ayer parecía imposible hoy cabe en una pantalla, en una instrucción escrita o en unos cuantos segundos de procesamiento. Y mientras aprendemos a convivir con estas transformaciones, el mundo creativo también experimenta una sacudida que nos obliga a revisar algunas de nuestras certezas. La inteligencia artificial escribe, dibuja, compone música, produce imágenes y participa en procesos que durante mucho tiempo consideramos exclusivamente humanos. Entonces aparece una pregunta que ya no podemos aplazar: ¿qué significa crear en una época en la que una máquina también puede hacerlo?

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El pasado 8 de octubre se anunció a la escritora canadiense Anne Carson como ganadora del Premio Nobel de Literatura 2026. Poeta, ensayista, traductora y estudiosa de la literatura clásica, Carson ha construido una obra que cruza géneros, recupera historias antiguas y las lleva hacia nuevas formas de expresión. La Academia Sueca reconoció su capacidad para dialogar con la tradición clásica y abrir caminos en la literatura contemporánea. Su reconocimiento llega en un momento en el que la inteligencia artificial puede producir textos en segundos, y aunque sería injusto suponer que las nuevas tecnologías son enemigas de la literatura, resulta inevitable preguntarnos qué distingue una obra literaria de un texto bien construido. ¿Es la elección de las palabras, la originalidad de una idea, la experiencia de quien escribe o el proceso que permite descubrir algo que ni siquiera sabía que quería decir?

Imaginemos por un momento que Anne Carson hubiera decidido delegar en una inteligencia artificial la escritura de sus poemas, sus ensayos o sus exploraciones de la tradición clásica. No sabemos qué habría resultado de ese ejercicio ni podemos afirmar que la tecnología necesariamente habría impedido una obra valiosa. Pero sí podemos preguntarnos qué habría ocurrido si, en lugar de atravesar sus propios procesos de lectura, interpretación, escritura y revisión, la autora hubiera sustituido esas experiencias por instrucciones a una máquina. ¿Habríamos encontrado la misma obra? ¿Habría llegado a las mismas decisiones formales? ¿Habría descubierto las mismas preguntas? No tenemos manera de responderlo. Precisamente ahí está el punto: una obra no es únicamente el resultado que podemos mostrar al final, sino también el recorrido intelectual y creativo que hizo posible su existencia.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria para investigar, ensayar estructuras, corregir textos o explorar posibilidades. El problema no consiste en utilizarla, sino en dejar de reconocer cuándo una herramienta nos ayuda a desarrollar nuestras capacidades y cuándo comienza a sustituirlas. No es lo mismo recurrir a una máquina para revisar un escrito que pedirle que piense por nosotros; tampoco es igual experimentar con una imagen generada que abandonar el aprendizaje de la fotografía, el dibujo o la composición porque ahora podemos obtener resultados sin recorrer esos caminos. La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene consecuencias para la educación, la cultura y la manera en que construimos nuestro conocimiento. Cuando únicamente nos interesa el producto terminado, corremos el riesgo de considerar innecesario todo aquello que no se traduce inmediatamente en un resultado.

Pensemos en los oficios. En una época en la que podemos comprar objetos fabricados en serie, todavía hay personas que trabajan la madera, reparan relojes, revelan fotografías, encuadernan libros, desarrollan películas analógicas o construyen instrumentos musicales. No necesitamos idealizar estos trabajos ni pretender que todas sus tareas deban permanecer intactas para reconocer lo que contienen: conocimiento material, destreza, sensibilidad y una comprensión que se adquiere mediante la práctica. Un fotógrafo que aprende a medir la luz, un impresor que conoce las posibilidades del papel o una persona que escribe a mano no están solamente produciendo un objeto. También están desarrollando una relación con sus herramientas, con sus materiales y con sus propios límites. La automatización puede facilitar ciertas operaciones, pero eso no significa que debamos renunciar al conocimiento que las hizo posibles.

En la escritura ocurre algo semejante. Sentarse frente a una hoja en blanco, tachar una frase, cambiar una palabra, equivocarse y volver a comenzar puede parecer menos eficiente que obtener un texto inmediato. Sin embargo, escribir también es una forma de pensar. Muchas veces no llegamos a una idea antes de escribirla; la encontramos mientras intentamos expresarla. Si eliminamos sistemáticamente ese proceso porque una herramienta puede entregarnos una respuesta más rápida, quizá ganemos tiempo, pero también podemos perder oportunidades de desarrollar nuestro propio pensamiento. No se trata de convertir la dificultad en una virtud absoluta ni de rechazar toda innovación. Se trata de comprender que no todos los esfuerzos son obstáculos que debamos eliminar: algunos son precisamente el camino por el que aprendemos, descubrimos y creamos.

Y aquí regreso a la pregunta de mi lector: ¿cuándo escribiré sobre algo bonito? Tal vez lo bonito sea reconocer que todavía podemos elegir cómo relacionarnos con la tecnología. Que podemos aprovechar sus posibilidades sin entregarles todas nuestras decisiones; que podemos explorar la creación digital y, al mismo tiempo, conservar los procesos analógicos; que podemos utilizar la inteligencia artificial sin considerar obsoletos el aprendizaje, la paciencia, el oficio y la experiencia. No necesitamos detener el avance tecnológico, pero sí discutir qué capacidades queremos preservar y transmitir a las siguientes generaciones. Porque el progreso no debería medirse únicamente por todo lo que una máquina puede hacer por nosotros, sino también por aquello que nosotros seguimos siendo capaces de hacer, comprender e imaginar.

Quizá no todos los oficios sobrevivirán de la misma manera, ni todas las tareas tendrán que realizarse manualmente para conservar su valor. Pero debemos proteger los espacios en los que el aprendizaje, la práctica y la experiencia humana sigan teniendo sentido. Si mañana una inteligencia artificial puede escribir una novela, componer una canción o producir una fotografía convincente, nuestra respuesta no tendría que ser prohibirla ni rendirnos ante ella. Tendría que ser preguntarnos qué queremos aportar nosotros, qué experiencias deseamos convertir en conocimiento y qué procesos no estamos dispuestos a abandonar simplemente porque ahora existe un atajo.

Porque, si una escritora como Anne Carson hubiera dejado de recorrer su propio camino creativo para delegarlo por completo en una máquina, nunca sabremos qué obra habría surgido en su lugar. Y esa incertidumbre debería bastarnos para entender que el valor de la creación no siempre se encuentra únicamente en el resultado, sino también en todo lo que ocurre mientras intentamos alcanzarlo. Tal vez lo verdaderamente bonito de nuestro tiempo no sea que la inteligencia artificial pueda hacerlo casi todo, sino que todavía tengamos la libertad de decidir qué queremos seguir haciendo con nuestras propias manos, nuestras ideas y nuestras palabras.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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