El año de 1961 había sido especialmente inquietante para el delicado equilibrio de poder entre la URSS y los Estados Unidos de América, debido a una serie de acciones desplegadas por los EEUU, relacionadas con eventos que elevaron las tenciones entre las dos superpotencias. Estas acciones encontraron sus manifestaciones más destacadas en el intento de invasión a Cuba, en Playa Girón, observado por todo el mundo, y en un despliegue secreto de misiles nucleares en Italia y Turquía, con los que se comprometía la seguridad de Moscú.
Como era de esperarse, la reacción de la Unión Soviética comenzó a gestarse desde enero de 1962, buscando generar una provocación a los EEUU, para que rectificara el despliegue en Turquía y que, en caso de no surtir efecto, justificara la creación de un riesgo para Washington, desde Cuba, equivalente al riesgo que tenía la Moscú, desde Turquía.
Así, el despliegue de la estrategia soviética comenzó primero con la divulgación de un acuerdo militar cubano-soviético, continuaron con un traslado importante de personal militar soviético y equipo de defensa a la isla caribeña, mismo que incluía un sistema antiaéreo, y un número importante de aviones MiG 21, para posteriormente comenzar con la instalación de plataformas de lanzamiento de misiles nucleares en Cuba[1], a 1,820 km de Washington, D.C., y cuyos trabajos de construcción fueron detectados por los servicios de inteligencia militar estadounidense.
La detección mencionada sucedió entre el 14 y 15 de octubre de 1962, gracias a los trabajos de recopilación de información y análisis de datos proporcionados por un avión U2, mediante los cuales se logró confirmar la construcción de las plataformas soviéticas de lanzamiento en territorio cubano. Este hecho detonó lo que habríamos de conocer como “La crisis de los misiles”, registrada durante 13 días, y recordada como uno de los tres episodios de la Guerra Fría en los que la humanidad estuvo más cerca de iniciar una III Guerra Mundial.
A pesar de lo aterrador que resultó ese momento, y la marca en el imaginario colectivo que representó ese evento para las generaciones que lo vivieron, esos 13 días de amenazas de aniquilación colectiva, regateos y jaloneaos entre las dos superpotencias, terminó derivando en el establecimiento de los primeros límites al chantaje con armamento nuclear entre superpotencias, y un estilo de diálogo entrelineado que definiría por el resto del siglo a las relaciones entre las potencias nucleares más poderosas.
Esta semana cumpliremos 64 años de aquellos estresantes momentos, pero pareciera que nuestra generación, acostumbrada a la “racionalidad política” prevaleciente desde la caída del bloque socialista, se ha olvidado de los riesgos reales de la posibilidad del aniquilamiento mutuo.
Bajo esta hipótesis, algunas potencias intermedias, algunas economías importantes, y millones de ciudadanas y ciudadanos en Europa, Estados Unidos y Rusia, parecieran haber dejado de considerar en sus cálculos y bravatas políticas que, quizá en medio del caos de la Guerra de Ucrania, los escenarios bélicos del Medio Oriente, o inclusive en un eventual escenario de tensiones en Taiwán, lo que podría estar en juego, más que una compra masiva de diésel, un vacío militar de occidente en el Mar de China, o un desdén por la guerra en Gaza o la tensión perpetua en Ormuz, son las acciones para evitar una guerra nuclear.
Desde esta perspectiva, con el ingrediente de la amenaza nuclear en el análisis, se puede apreciar que los ajustes y decisiones que realizan algunos gobiernos tal vez no responden al mundo de lo ideal, ni lo deseable, sino a los cálculos para mantener la estabilidad al interior de las potencias, con transacciones en política y comercio exterior, que permitan gestionar conflictos bélicos de manera tal que no se escalen a la esfera nuclear.
Consecuentemente esperemos que en la periferia, quienes toman decisiones y hacen sus cálculos en el ámbito nacional, desde la oposición, para vencer electoralmente a un régimen con el que no comparten perspectivas, o desde el gobierno, para amarrar a la disidencia y consolidarse en el poder, tomen en cuenta que los respaldos, presencias o ausencias, directas e indirectas, de las potencias, siempre serán desde la posibilidad de fortalecer la capacidad de la élite dominante en la potencia, para gestionar los problemas locales en sus propios territorios y, así, puedan continuar con condiciones para seguir jugando el gran ajedrez de la geopolítica nuclear. Es decir, la potencia no respaldará acciones del gobierno o la oposición, si eso le representa algún tipo de inconveniente interno, e incluso podrá desplegar su poder brutal, a pesar de nuestro espíritu soberanista, si nuestras acciones, desde el gobierno o la oposición, llegan a representar un riesgo a su seguridad o estabilidad, económica o política.
Consecuentemente esperemos que las decisiones soberanas del corto plazo, en el Congreso de la Unión, en las instituciones de seguridad, en la certidumbre económica o en la impartición de justicia, se realicen con la prudencia necesaria de contemplar la viabilidad de las decisiones soberanas en el largo plazo, y su necesaria entreveración con los riesgos y oportunidades de potencias absolutamente más poderosas, en medio de un sistema internacional que pareciera haber cambiado drásticamente, retomando rasgos de principios del siglo XX.
En este orden de ideas, quizá en este año electoral el fondo de las estrategias de la oposición y el régimen, además de la movilización territorial, tendrá que contemplar la contención de diversos problemas como la estabilidad económica, política, la seguridad pública, y la certeza jurídica básica, más que la exquisitez en la construcción de las variables económicas, o la rigidez del apego a una u otra doctrina ideológica o liderazgo personal de corte populista. Tal vez como en ningún otro momento de nuestra historia reciente, habremos de presenciar unas elecciones en las que la competencia electoral nos recuerde a Deng Xiaoping y su célebre “no importa si el gato es negro o es blanco, lo que importa es que sepa cazar ratones”.
Fuente
[1] https://www.ecured.cu/Crisis_de_Octubre#Antecedentes

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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