Nunca he renegado de mi género, ni siquiera en mis sueños recurrentes en los que tengo pene y juego con él como si fuera un lazo para saltar. Me divierto tanto en eso que a veces pensé que había algo extraño en mí, hasta que un diccionario de sueños oníricos –si, esas cosas existen, y sí, compré uno hace un par de años –me indicó que las mujeres que sueñan que tienen pene son féminas que tienden a dominar en sus relaciones afectivas y que poseen cierta obsesión con el control.

Algo hay de eso. Pero fuera de las definiciones sobre mi persona que un maldito libro de trescientos pesos –que no me dice el significado de mis otros diez sueños recurrentes –pueda hacer sobre mí; estoy segura y pongo mi mano derecha en el fuego asegurando que más de una vez toda mujer se ha sentido en desventaja por serlo.

Esto no es el hilo negro de ningún gastado discurso feminista; si lo menciono es para poner los pies sobre la tierra y tener bien presente al leer estas letras que el mundo piensa y actúa siempre mientras flota sobre falos enormes y erectos.

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Es un hecho que la sociedad es injusta con lo que espera de las personas según su género, cuando pongo atención a todas las cosas que debería hacer y los requisitos que debería cumplir, pienso en buscar nuevamente bajo mis pantalones un poco de testosterona.

Nunca reniego de mi género, me gusta ser mujer y todo lo que eso conlleva, pero no puedo evitar poner los ojos en blanco y perder un poco de fe en la humanidad cuando tras expresar algo que me molesta o mostrarme en un estado sensible o irritable, escucho la pregunta:

¿Estas en tus días, verdad?

Porque ¡Claro!, sólo un desajuste hormonal justifica el hecho de que tenga mal carácter.

Y no, de ninguna forma es que esté enojada por tus tonterías, es que estoy menstruando y eso nubla mi perspectiva de las cosas. Tú no tienes las culpa de nada, soy yo y mi costumbre de sangrar una vez al mes.

¿Por qué para algunas personas es antinatural que las mujeres griten y se exalten?

No sé, no lo entiendo, pero desde antaño se espera que nosotras reprimamos algunas emociones y que siempre estemos tranquilas y sonrientes como si a diario comiéramos carne de pony mágico. Por que una mujer es cariñosa, atenta, sumisa y acomedida y bajo esa premisa nunca falta en la casa o en la oficina, como la vitacilina, quien me ordena…

Hazme un café

Y esto aplica a cualquier petición relacionada con la actividad de alimentar y dar de beber, por lo regular, a alguien que ocupa un lugar jerárquico mejor que el mío.

Yo no sé hacer café, no me gusta y rara vez lo tomo. La cocina se me da tanto como la astrofísica, todo se me quema o se me bate y nunca me he puesto a cocer frijoles. Pero debido a que nací con vagina, la sociedad piensa que soy una especie de chef con maestría en hacer las cosas gratis y deliciosas, porque así es cómo las mujeres agradan y consienten a sus familias.

Pero oye, tener pechos no me hace ni camarera ni cocinera, no me predestina a la realización de ciertas tareas, ni me desacredita para la realización de otras; y esto me recuerda a uno de los prejuicios más absurdos de todos los tiempos…

Las mujeres manejan mal

Esto no aplica en mí, puesto que yo no sé conducir. Sin embargo, me molesta cuando los hombres juegan con este punto, asegurando incluso que el cerebro de ellas no es igual de hábil para medir distancias o maniobrar la velocidad. “Las mujeres piensan con los dos hemisferios, por eso meten los pies en los frenos”, escuché decir a mi papá minutos antes de chocar por “accidente” con el poste.

Piensen lo que quieran. Y hablando de padres, hay algo que la mayoría de ellos desean para sus hijas, y eso es…

Conseguir un buen marido

El rol de la mujer no debe ser el de un ama de casa, a menos que ella así lo decida. Desde varias décadas atrás decenas de ellas han luchado por obtener un lugar en la sociedad, y cada vez se hacen más campo en áreas dónde antes no tenían. Tanto se ha batallado para ir cambiando el estereotipo, y sin embargo, gran parte del mundo aún piensa que toda mujer sueña con casarse.

Aún se hacen bromas al respecto, aún ven raro a las que tienen más de treinta y se ha dedicado a otras cosas; y si tienes pareja después de los 25, la pregunta obligada es “¿para cuándo la boda?” y los defensores de la moral y las buenas costumbres señalan que el lugar de una mujer es en su casa, con sus hijos, pues las que no se apresuran a formar una familia terminarán frustradas, es parte del llamado de la naturaleza, dicen.

Y no, no todas sueñan con boda, ni con hijos; y eso no las hace lesbianas o masculinizadas, eso las hace seres pensantes.

Pero se piensa que soy mujer, y todos saben para lo que yo quiero un marido, todos saben que…

Todas las mujeres son interesadas.

No importa cuánto dinero le des, o cuantos regalos le compres, ellas siempre van a querer algo más porque lo único que a ellas les importa es tener más. Está en los genes, desde hace muchos años, es parte del instinto de supervivencia, se quedan con el hombre que puede aportar más al hogar.

E insisten, todas las mujeres quieren un hogar, un hogar sostenido por un hombre. Todas buscan depender de uno.

¿De dónde nos ven tanta necesidad?

De repente me está dando la impresión de que alguien confunde el afecto con la dependencia. Las mujeres no todo el tiempo son sensibles, o dependientes, o enamoradizas, o serias, o amas de casa, o madres en potencia; a veces simplemente son ellas mismas, y eso no implica el tener que agradarte.

Originalmente publicado en MéxicoKafkiano.com
Karen Cano
Karen Cano

Escritora, feminista y periodista de Ciudad Juárez, sobreviviente de la guerra contra el narco, egresada de la Universidad Autónoma de Chihuahua, reportera desde el 2009; ha trabajado para distintos medios de comunicación y su trabajo literario ha sido publicado en Ecuador, en Perú y en distintas partes de México.