Hay domingos en los que la Ciudad de México parece otra ciudad. Las avenidas se vacían de automóviles, el ruido del tráfico cambia por el de miles de pisadas y, durante unas horas, Reforma, Insurgentes, Chapultepec y el Centro Histórico se convierten en el escenario de una de las grandes celebraciones deportivas de nuestro país. Son miles de personas corriendo 42.195 kilómetros, cada una con una historia distinta, una preparación diferente y una razón particular para estar ahí. Algunos buscan una marca, otros cumplir una promesa personal y muchos simplemente quieren demostrarse que podían hacerlo. Pero detrás de cada corredor también hay una ciudad que lleva 43 años aprendiendo a organizar una carrera que, con el tiempo, se convirtió en mucho más que una competencia deportiva.
La historia comenzó el 25 de septiembre de 1983, cuando se realizó la primera edición del Maratón de la Ciudad de México. Aquella carrera reunió a unos 7,500 participantes, con salida en el Autódromo Hermanos Rodríguez y meta en el Monumento a la Revolución. Desde entonces, el maratón ha acompañado la transformación de la capital y ha sobrevivido a crisis, cambios políticos, modificaciones de ruta y a una pandemia que obligó a suspender la edición de 2020. Cuarenta y tres años después, la carrera forma parte de la memoria colectiva de una ciudad que, al menos durante un domingo al año, decide correr sobre sí misma.
Y quizá ahí está su primer gran valor. El Maratón de la Ciudad de México no solamente recorre calles: cuenta una historia. El corredor atraviesa Ciudad Universitaria, Insurgentes, Roma, Condesa, Chapultepec, Paseo de la Reforma y finalmente el Centro Histórico. La ciudad se convierte en pista, pero también en paisaje, memoria y espectáculo. Para quienes llegan de otros estados o de otros países, el maratón es una manera extraordinaria de conocer México; para quienes vivimos aquí, puede ser una oportunidad para volver a mirar una ciudad que la rutina cotidiana muchas veces nos impide observar.
Por eso el maratón representa algo importante para el país. Es una vitrina internacional y una demostración de capacidad organizativa. Cada corredor extranjero, cada fotografía que circula y cada transmisión que muestra el recorrido contribuyen a construir una imagen de México. Hemos ganado una tradición deportiva, una comunidad de corredores, actividad económica, turismo y una industria alrededor del running. Hemos ganado también experiencia y reconocimiento internacional.
Pero después de 43 años también debemos preguntarnos qué no hemos ganado. Porque organizar un maratón no convierte automáticamente a una ciudad en una ciudad saludable. Miles de personas corriendo 42 kilómetros durante un domingo no significan miles de personas físicamente activas durante el resto del año. Ésta es quizá la contradicción más profunda: celebramos una enorme expresión de resistencia física mientras la ciudad enfrenta problemas de sedentarismo, sobrepeso, obesidad y enfermedades relacionadas con los estilos de vida. El maratón puede ser un magnífico escaparate de la cultura deportiva y al mismo tiempo, recordarnos cuánto falta para convertir el ejercicio en una práctica cotidiana de la población.
Y hay otra asignatura pendiente: el prestigio internacional. En el mundo del maratón existe una especie de primera división, los Abbott World Marathon Majors, conocidos como AbbottWMM. Actualmente son siete las carreras que integran este circuito: Tokio, Boston, Londres, Berlín, Chicago, Nueva York y Sídney. Son referentes mundiales por la calidad de sus atletas, su organización, su convocatoria y la experiencia que ofrecen a los corredores.
México no pertenece a ese grupo. Conviene aclararlo porque el Maratón de la Ciudad de México sí forma parte del ecosistema de AbbottWMM y aparece entre las carreras vinculadas a sus rankings y procesos de clasificación para grupos de edad, pero eso no lo convierte en un Major. La diferencia es importante: estar reconocido por la organización no es lo mismo que formar parte de sus siete grandes maratones.
¿Significa que nuestro maratón ha fracasado? De ninguna manera. Sería absurdo reducir 43 años de historia a una etiqueta. El verdadero asunto es que tenemos una ciudad reconocida mundialmente, una ruta espectacular, una participación masiva y una enorme identidad cultural. Tenemos, en otras palabras, materia prima suficiente para aspirar a algo mayor. Tal vez la próxima meta no sea tener más corredores, sino hacer mejor el maratón: mayor profesionalización, más atletas de élite internacionales, una experiencia del corredor comparable con los grandes eventos mundiales, mejores estándares de organización y una estrategia de largo plazo que trascienda los cambios de administración. Convertirse en Major no debería ser solamente una cuestión de prestigio; tendría que ser la consecuencia de haber construido un evento capaz de representar a México ante el mundo.
Al final, 42.195 kilómetros son una hazaña para cualquier corredor. Pero 43 años de historia deberían ser suficientes para que la Ciudad de México se haga una pregunta mucho más grande: ¿hasta dónde hemos llegado y cuál será nuestra siguiente meta?. Porque quizá ya no se trata solamente de correr 42 kilómetros. Se trata de decidir hacia dónde queremos correr como ciudad.
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Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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