- No le vayas a contar a nadie que fui tuya.
Me pidió Marina, aquella madrugada de otoño, antes de dejarla en su casa.
Temía ser blanco de la murmuración potosina; Pánico al detestable cotilleo que calcinaba con índice de fuego a las señoritas que disfrutaban su sexualidad fuera del sacrosanto matrimonio.
Y ofrecí guardarle el secreto por 50 años, que curiosamente vencieron hace una semana.
Yo cumplí, ella no.
No sé qué les impulsa a las mujeres a revelar los secretos. Sus propios secretos.
No pueden guardar reserva.
Casi enseguida de ese, nuestro primer encuentro, ya estaban enteradas sus tres mejores amigas, y un amigo gay, con el que procuraban amistad.
- ¿Seguro que no le has comentado a nadie que hemos tenido sexo?
- A nadie. Respondí.
- Es que me han preguntado cosas, y no quiero andar en boca de todos. Porque ni siquiera novios somos.
- No somos, y así estamos bien. Sólo nos veremos cuando a ti te apetezca disfrutar una noche juntos.
Y así quedamos. Ella me buscaba para el desfogue de sus tensiones. Y yo, recibía ese regalo maravilloso a mis 21 añitos.
Había un punto donde nos veíamos para platicar y ponernos de acuerdo.
Ella debía seguir aparentando ser la niña bien que todos conocían, y desde luego nunca ser descubierta en el tema de la sexualidad.
Importaba mucho lo que la gente pensara de ti.
Era el café Tangamanga, propiedad de Jesús Rodríguez, tío de un buen amigo, Enrique Martens.
En esa época era el café de los burgueses. (diría un buen amigo de izquierda).
A media tarde hervía de jóvenes. Se llenaba al tope y estaba hasta la calle peatonal de chicas muy guapas. Niñas bien y de minifaldas. El café siempre estaba lleno. Era el lugar de moda.
Ahí veía a Marina, y ahí conversaba yo con Libby D’Nozzo, al calor de unas jarras de clericot, que por cierto era la especialidad de la casa.
Se servía al fondo del local, pues el frente era el café donde se daban cita los jóvenes nais, y al fondo, una especie de barecito.
Buenas guarapetas nos pusimos ahí, diría mi broder, Ricardo Moreno.
Cómo ya lo he dicho en otras ocasiones, D’Nozzo, era para mi, un mentor, un consejero en el arte de la seducción.
- Es muy rara Marina, le confiaba. En la cama es como lava escurriendo de un volcán. Y en la calle una monja, fría, insensible.
- Debes saber, Raúl, que el deseo sexual de las mujeres es significativamente mayor que el de los hombres.
Aunque acusen relevante timidez, son ocho veces más lujuriosas que un hombre.
Y ella es una muestra de lo que te digo.
Se comporta así porque vive en una sociedad muy cerrada y nadie resiste la vergüenza de ser señalada, porque enseguida viene el rechazo, y muchas veces, el insulto.
Ella confía en tu silencio, porque le parece que eres un caballero, y si a ella se le escapa contar sobre sus placeres, al verse descubierta, te culpará no solo de su deshonra, sino de una falta de discreción.
D’Nozzo era un cincuentón de mucho colmillo, viajero empedernido.
Que disfrutaba en los placeres de la vida, la herencia que recibió de un pariente rico de Milán.
Un sibarita que compartía conmigo, sus experiencias y era guía para mí no sólo en el ramo de los placeres carnales, sino del protocolo y etiqueta.
Marina y yo dejamos de vernos por muchos años. Supongo que otro llenaba nuestros devaneos.
Y luego supe que se había marchado a CDMX y allá tuvo un hijo.
Nunca desvelé nuestro secreto. Sólo lo supo Libby D’Nozzo, en plano de confesión.
Como ésta, hay muchas historias similares en mi San Luis Potosí.

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
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