Efímero Candor

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Eramos tres amigos en la secundaria.

Gustavo, Chuchín y yo.

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Avispados, astutos, muy despiertos. Bueno, el chuchín no tanto.

Él era un poco menso, tardo, siempre fue blanco de nuestras burlas, le tirábamos mucha carrilla. Bullying le dicen ahora.

Pero él prefería nuestra carrilla a la de otros.

Nos soportaba porque al andar con nosotros se sentía protegido del acoso estudiantil, de la jauría, pues la verdad, Gustavo y yo, éramos entonces muy truchas para nuestra edad y cabecillas que nos confrontábamos con el que fuera, a la menor provocación.

Un día, Gustavo propuso y lideró una expedición a la zona de tolerancia en aquel pueblo de la zona media de San Luis Potosí donde hicimos la secundaria.

Ríoverde.

Apenas frisábamos los 13 y ya traíamos la comezón de la lascivia a flor de piel.

Queríamos descubrir las sensaciones íntimas más allá de la mera imaginación.

  • “Tenemos que juntar dinero para pagarle a las prostis por el servicio”. Nos instruyó Gustavo.

Y luego de una semana de preparativos, nos escapamos de la clase vespertina de las 4 (talleres), y montamos sobre la bicicleta de Gustavo.

El Chuchín, sentado en la barra y yo atrás en la parrilla.

Tomamos la calle Zaragoza rumbo al río.

Todos en Rioverde sabían que luego de pasar los últimos caseríos, la rúa llegaba solamente al río y cruzarlo nos llevaría a otro poblado.

Pero si torcías a la izquierda, un kilómetro adelante estaba “la chueca”, espacio de tolerancia con tres o cuatro negocios dedicados al vicio y al placer carnal.

Por el camino, nos preguntaban… ¿A donde van, muchachos?

“Al río, a nadar un rato”. Contestábamos.

Y obvio, nadie nos creía.

Cuando llegamos al lugar, todo estaba desolado, como Comala, aquel lugar fantasmagórico y fáustico, de Juan Rulfo, de paisaje gris y ruinoso.

Todo cerrado.

El calor era como de 38° y andábamos muy sudados.

El uniforme color caqui ya humedecido en pecho y espalda, no impidió seguir con el objetivo.

Chuchín, con la camisola desabotonada, parecía desmayarse.

Gustavo, como si conociera el lugar y los protocolos del submundo lupanar, tocó la puerta del primer antro.

Unos perros a lo lejos nos ladraron y una ráfaga de aire caliente, levantó una polvareda, mientras esa señora en refajos abría la puerta.

Hoy sabemos que era la madrota, la madam, la que administraba y controlaba el material humano.

  • ¿Qué se les ofrece, jovencitos? Preguntó.
  • Venimos buscar con quién coger. Dijo Gustavo con mucha seguridad, al tiempo que encendía un cigarrillo, Raleigh y me ofrecía uno.

La risa burlona de la madrota ofendió a Chuchín, pero se contuvo.

Le daba por ser lengua larga, cuando andaba con nosotros.

Para entonces, “las muchachas”, comenzaron a aparecer forradas en sus calzoneras de encajes y satín.

Se acababan de levantar. Pero nosotros no sabíamos de sus horarios.

La madam instruyó al escuadrón de prostitutas, para que nos hicieran un desfile.

  • ¿Qué desean tomar los Caballeros? Mientras escogen a la mujer de sus sueños.
  • Tráiganos tres pepsis frías, por favor. Respondió Gustavo mientras seleccionaba a la dulcinea.
  • ¿Ya se decidieron los señores?
  • Yo la de verde. Me apresuré a contestar.
  • Chuchín, mudo.
  • Yo la de rojo, dijo Gustavo.
  • Cyntia, la de verde tiene tarifa de 500; y Consuelo, la de rojo, 600. Nos anunció la madam.

Hicimos cuentas de cuanto traíamos entre los tres y ya con las sodas pagadas, nos sobraban 97 pesos.

Todas se rieron a carcajadas.

Ya nos íbamos a retirar cuando una de ellas, conmovida por la situación, dijo.

  • Yo acepto los 97 pesos por solidaridad hacia la juventud.

Chuchín imprudente dijo… ¿Por los tres?

Y otra carcajada retumbó en el salón.

Tiramos las monedas al aire y salió Gustavo con el premio.

Nos terminamos los refrescos mientras Gustavo entraba con su madrina al cuarto.

A los diez minutos salió con una sonrisota y encendió otro cigarrillo.

Nos despedimos del personal femenino y de nueva cuenta se carcajearon de nosotros.

En la puerta de salida, Chuchín no resistió más la afrenta y les gritó: ¡Pinches putas, chinguen a su madre!

Y nos pegaron una corretiza a pedradas y botellazos.

No bien habíamos llegado a la casa cuando ya todo Rioverde sabía de nuestra expedición.

Los tres fuimos reprendidos severamente, pero cobramos fama y respeto frente al mercado del chisme rioverdense.

ADN Raul Ruiz
Raúl Ruiz

Abogado. Analista Político. Amante de las letras.

CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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