En aquellos juveniles años, la distancia era un suspiro.
Viajaba los fines de semana desde un pueblito de nombre, Charcas, allá en mi San Luis Potosí, situado en los confines de la zona centro del estado; de ahí, hasta las inmediaciones de la huasteca potosina, sólo para entregarme al placer de recorrer la epidermis de África, y hacerla presa de mis lúbricos instintos juveniles.
Frondosa mujer de ricos cántaros de miel y caderas admirables.
Era una penosa travesía en autobús que comenzaba los viernes.
Apenas salía de trabajar y ya estaba abordando rumbo a la capital.
Son casi 100 kilómetros de Charcas a San Luis.
Y luego un transborde como a las siete de la noche hacia Tamazunchale.
Siete horas de camino.
Era de esos viajes donde se hacían paradas en varios puntos.
Primero en Rioverde, para llegar era un suplicio aquella vieja carretera de 365 curvas; de ahí, a Cárdenas, con su vieja estación del ferrocarril; luego, el comión entraba a Tamasopo; más tarde, hacía escala en Ébano; y ya de nochecita, paraba en Tamuín para cenar.
En Ciudad Valles era también de esperar y esperar, pues subía pasaje que iba a la Ciudad de México.
Y ya, de Valles, directo a Tamazunchale.
Llegaba molido a las dos de la mañana al único hotel en Tamazunchale; un regaderazo para esperar a África, quien se escapaba de su casa por una ventana, para que no supieran a dónde iba, ni con quién, pero sobre todo, ¡A qué!
Pero valía la pena.
Apenas cruzaba la puerta de la habitación nos entregábamos a los ejercicios de la concupiscencia.
El ventilador en el techo, no era suficiente para sofocar el calor tropical típico de la huasteca potosina.
Hilos de sudor surcaban nuestros cuerpos para luego, quedar exhaustos.
Antes del amanecer, África regresaba a casa y entraba por el mismo lugar del que salía.
Con tres horas de sueño, al filo de las diez, hacía yo acto de presencia para almorzar.
Su mamá sabía que me mataba con un desayuno huasteco consistente en, tres enchiladas verdes, un tasajo de cecina, con huevos estrellados encima, frijoles refritos negros, tomate, aguacate, y queso rallado. Café y un shot de licor de naranja.
En una ocasión, llegaron LAS GEMELAS, primas de África, en un jeep. A invitarnos a nadar.
- Vamonos al río, prima. Y tráete a tu novio. ¡hace mucho calor! Hay que refrescarnos.
El río, Moctezuma era bastante caudaloso, con un lecho fluvial de gran profundidad al centro del torrente.
Verdoso pero cristalino.
Era entonces era un río sano.
Tenía varios lugares con recovecos o pozas donde la corriente era muy lenta y la gente aprovechaba para echarse un chapuzón y refrescarse.
Al llegar, les anticipé, yo las espero afuera, no traigo traje de baño.
- Aquí no lo necesitas, primo, me dijo una de las gemelas.
Y mientras África y yo bajábamos la hielera con cervezas, la gemelas se despojaron totalmente de la ropa y entre risas y jugueteos, me desvistieron hasta dejarme encuerado, acá en el norte le dicen ‘bichi’.
Las tres muy divertidas por mi inexplicable timidez, que por cierto no coincidía con la involuntaria e inocultable erección que me produjo el golpe visual de esas tres mujeres desnudas sin rubor ninguno. Comenzaron el juego.
- ¡Al agua! Gritó África. Hay que bajarle la calor cuanto antes.
Y se lanzaron de clavado.
- Aviéntate, miedoso. Me urgían las tres bañistas preciosas desde las aguas del río Moctezuma.
Pensé que con el frío del agua bajaría la rigidez de mi querido ‘amigo’. Pero no, pues las gemelas eran en verdad traviesas, y ya en la euforia, el manoseo era más atrevido.
Lo extraño fue que el jugueteo libidinoso, nunca le pareció a África, fuera de lugar.
Por el contrario, le parecía divertido y excitante.
Hubo un momento en que las bañistas, entre miradas de complicidad, me sacaron del agua y me tendieron sobre el verde musgo del río.
África fue al jeep y trajo una cobija que extendió sobre el musgo, mientras las gemelas me hacían un grato manoseo para mantener enhiesto el armamento.
Fueron horas de increíble placer.
Las primas eran muy organizadas para disfrutar la penetración.
Prácticamente me mantuvieron inerte, boca arriba, mientras iban turnándose sincronizadamente al jaripeo sensual.
A la orilla del río quedaron todas mis fantasías.
Como colofón, la más pícara de las gemelas me dijo…
- ¿Quieres ver algo especial? Yo hago bailar las chichitas.
Y sí, asombrosamente contraía rítmicamente sus rosadas tetas, gracia que no podían hacer las otras dos.
Los fines de semana subsecuentes eran ya de triple combinación.
Y triple esfuerzo físico.
Pero no importaba, la resistencia juvenil era inagotable.
Quedan las imágenes de esta candente historia, en los brillantes salones del recuerdo, para solaz nuestro.

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


