Hace unos días circuló con orgullo la noticia: Ciudad Juárez ocupa el primer lugar nacional en mercado laboral, según el Índice de Competitividad Urbana 2026 del IMCO. Las redes se llenaron de felicitaciones. Los comunicados llegaron puntuales.
Después de décadas de esfuerzo, de convertirnos en una potencia manufacturera, de sobrevivir a crisis económicas, violencia, pandemias y recesiones internacionales, resulta satisfactorio que el trabajo de miles de juarenses sea reconocido. Al final, esta ciudad no se construyó desde los escritorios gubernamentales; se construyó en las líneas de producción, en los talleres, en los comercios, en los cruces fronterizos y en las largas jornadas de quienes diariamente sostienen la economía regional.
Pero nadie preguntó lo más obvio: ¿primer lugar para quién?
El dato es real y merece contexto. En el subíndice de Mercado de Trabajo del ICU 2026, que mide la eficiencia de los mercados laborales, Juárez ocupa la posición número uno entre las ciudades de más de un millón de habitantes. La ciudad destaca en baja informalidad laboral y en salarios promedio competitivos dentro de la manufactura. Eso es genuino. No es propaganda.
Pero el mismo ranking coloca a Juárez en el lugar 12 de competitividad general. Y ahí empieza la historia que nadie quiere contar.
Mientras el IMCO celebraba el mercado laboral juarense, la industria que sostiene ese mercado llevaba meses cayendo y la INDEX solo sirve para que sus directivos se tomen la foto en los eventos políticos, porque la de trabajar no se la saben. Desde junio de 2023, cuando la maquiladora alcanzó su récord histórico de 326 mil empleos, la reducción acumulada llegó a 69 mil plazas eliminadas al arranque de 2026. Solo en 2025, el empleo maquilador cayó 6.2 por ciento anual, con 17 mil 133 puestos perdidos.
No son números abstractos. Son familias que reorganizaron su economía. Son trabajadores haciendo fila desde madrugada para encontrar vacantes que ya no están.
Entre octubre de 2023 y junio de 2025, cerraron 515 empresas formales en la ciudad, afectando especialmente a pequeños y medianos negocios de comercio y servicios. La maquiladora estornuda y el resto de la ciudad se resfría. Siempre ha sido así.
Y aun cuando hay empleo, queda la pregunta que el ranking no responde: ¿alcanza?
Ocho de cada diez trabajadores formales en Juárez perciben entre uno y dos salarios mínimos, lo que les impide costear una vivienda digna cerca de sus centros de trabajo. El mercado laboral más competitivo del país produce, en su mayoría, sueldos que no cubren el costo de vivir en la ciudad que los genera.
Eso no es un problema menor de ajuste. Es la contradicción estructural de un modelo que lleva décadas funcionando así: empleos formales, salarios insuficientes, ciudad cara, inflación creciente.
El IMCO mide formalidad, atracción de inversión y dinamismo del mercado. No mide si el trabajador puede pagar la renta sin endeudarse. No mide cuánto tiempo pasa en el camión entre su colonia y la planta. No mide si puede llevar a sus hijos al médico sin que eso signifique no comer bien esa semana.
Hay una diferencia que importa y que rara vez se dice con claridad: una cosa es tener la mejor ciudad para conseguir trabajo, y otra muy distinta es tener la mejor ciudad para vivir de ese trabajo.
Juárez puede ser lo primero. No es, todavía, lo segundo.
El informe Así Estamos Juárez 2026 advierte que la ciudad pierde competitividad frente a otros municipios del estado y documenta realidades profundamente desiguales que los datos oficiales no terminan de capturar. Es la misma ciudad, vista desde otro ángulo.
Los rankings sirven. Orientan inversión, posicionan ciudades, generan narrativas. Pero cuando una ciudad usa un primer lugar para no hablar de lo que no funciona, el ranking deja de ser herramienta y se convierte en cortina.
Juárez merece el reconocimiento. Y merece también la conversación incómoda que viene después: la del trabajador que gana en formal y vive en precario, la de la ciudad que atrae inversión y no retiene bienestar, la de un modelo que produce empleos, pero no siempre dignidad.
El primer lugar en mercado laboral es un punto de partida. No es un destino.
Y mientras no lo entendamos así, vamos a seguir aplaudiendo estadísticas que no se sienten en la quincena de nadie.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político


