Una de las pruebas mas complicadas que esta enfrentando la izquierda latinoamericana contemporánea ha consistido en poder articular un discurso internacionalista, que pueda mantener la congruencia al enlazar, por un lado, las aspiraciones una base electoral local, que históricamente busca el reconocimiento y ampliación de derechos de toda índole, y por otro lado, el mantenimiento de una red de apoyo y reconocimiento mutuo entre regímenes autoproclamados de izquierda que tiende a tener como aliados a gobiernos proclives a restringir derechos. Es decir, hoy la criptonita del concepto de liderazgos izquierdistas del siglo XXI, aparece cuando pretenden reafirmar un discurso pluralista de izquierda latinoamericana, mientras se defiende a dictaduras, e incluso sistemas teocráticos abiertamente hostiles al reconocimiento de derechos para sectores sociales tan numerosos como las mujeres, o tan amplios como los grupos de la diversidad sexual.
En esas diferencias Gabriel Boric, ex presidente de Chile, optó claramente por distanciarse de regímenes autocráticos como el de Daniel Ortega, aunque internamente no le fue suficiente esa distinción para impactar en las preferencias electorales locales.
En contraste, el presidente brasileño Luiz Ignacio “Lula” Da Silva, en el debate de la segunda vuelta, ha sido increpado por su cercanía con regímenes poco democráticos como el de Maduro, Ortega o Diaz Canel. Situación que, si bien él había intentado evitar con sus declaraciones como presidente, no había podido lograr en sus acciones como Jefe de Estado. Así, aunque, por un lado, señalaba la incongruencia de respaldar a esos gobiernos, por el otro, en los hechos, no mostró distanciamiento suficiente, y eso, al menos en la posibilidad de mostrarse como un candidato invulnerable, congruente e impoluto, podría representarle un problema que quizá le cobre un saldo negativo en la segunda vuelta del próximo 25 de octubre.
Lo anterior, sobre todo porque la proyección del poder brasileño hacia el exterior siempre ha sido protagónica, convirtiéndose en una característica asimilada por su población como una consideración al valorar electoralmente el papel de sus lideres.
Y es que cuando se busca explotar la imagen prístina de cualquier puritanismo, se tiende a quebrar el discurso al confrontar con una realidad que se integra por matices. Este ha sido uno de los puntos de vulnerabilidad para diversas opciones de izquierda que han fracasado en contiendas electorales recientes, y hasta el momento es una de las distinciones que parecieran haber herido fatalmente a la supervivencia de los discursos fundados en las que las viejas posturas del siglo XX latinoamericano.
Hoy, intentar presentarse como una opción garantista de derechos y progresividad se puede romper o quedar en evidencia ante el balcón de las redes sociales, que cada vez son más críticas a los intentos de los liderazgos latinoamericanos por mantener un viejo discurso, propio del siglo pasado, en el que podían poner en el mismo costal “revolucionario” idílico a la opresión en Europa del Este, a los lideres “revolucionarios” de américa latina (sin importar sus excesos) e incluso a dictaduras militares del norte de África.
En el caso mexicano, la izquierda gobernante ha insistido en mantener esa cualidad del siglo XX y se ha aventurado a respaldar indirectamente a la opresión en Nicaragua, Venezuela y Cuba, quizá apostando a que al elector mexicano no le importa tanto ese tipo de exquisiteces internacionalistas mientras se muestre una posición firme ante nuestros vecinos del norte.
Aunque el apoyo acrítico de la mayoría de la izquierda a posturas teocráticas en medio oriente y autocráticas en Eurasia parecieran indicar que el cálculo del oficialismo es acertado, las elecciones legislativas de 2027 nos sacarán de la duda. En ellas veremos si para el elector mexicano siguen siendo irrelevantes las incongruencias en el ámbito general de la política exterior, mientras se muestren posiciones “duras”, o lo más “rígidas” posibles en nuestra relación bilateral más importante. Claro, mientras nuestra relación bilateral más relevante no decida ejercer algún tipo de presión indirecta sobre temas en los que se sabe perfectamente que obligarían a la cancillería a disminuir esa rigidez. Que el tiempo nos ilustre.

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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