¿Por qué teniendo México una de las redes de tratados comerciales más grandes del mundo, más de ocho de cada diez dólares exportados siguen siendo al mercado estadounidense?
Según los registros, en 1994, cuando entró en vigor el TLCAN, el 84.46% de las exportaciones mexicanas fueron a Estados Unidos y el 2.53% a Canadá. En 2025, de las exportaciones mexicanas, el 83.02% fueron a Estados Unidos y 3.33% a Canadá. Y solo en agosto de este año, Estados Unidos recibió el 85.53% del total de las exportaciones mexicanas.
Más de treinta años después y el comercio exterior mexicano sigue concentrado hacia Estados Unidos.
Regresando a la pregunta de por qué teniendo México una de las redes de tratados comerciales más extensas del mundo continuamos dependiendo del mercado estadounidense.
Porque Estados Unidos reúne condiciones extraordinariamente difíciles de sustituir para México: proximidad geográfica, enorme capacidad de consumo, infraestructura aeroportuaria, carretera y ferroviaria integrada, inversión estadounidense instalada en México y cadenas productivas que llevan décadas funcionando conjuntamente. En sectores como el automotriz, autopartes, electrónica o maquinaria, muchas mercancías no son simplemente productos mexicanos que después se decide enviar a Estados Unidos. Nacen dentro de una cadena norteamericana de producción, donde una pieza puede cruzar la frontera varias veces antes de convertirse en un producto terminado.
El TLCAN de los tiempos del PRI contribuyó a acelerar enormemente la integración productiva y comercial. México pasó de una economía relativamente cerrada a convertirse en una gran plataforma manufacturera y exportadora. Pero fue un error no construir simultáneamente suficientes mercados alternativos.
En el mundo de los negocios es básico. Si una empresa obtiene el 83% de sus ventas de un solo cliente, puede estar ganando mucho dinero, pero tiene un grave riesgo de concentración. El cliente puede ser extraordinario. El negocio puede ser extraordinario. El problema es la dependencia, si se va, puedes quebrar, y para que no se vaya terminas aceptándole concesiones. Y eso es esencialmente lo que ocurre con México.
Pero nada de eso se compara con los grandes errores políticos cometidos durante los gobiernos de la rata macuspana y su sucesora, la Dra. Sheinbaum. Las negociaciones las han tirado al barranco, porque, desde mi perspectiva, la lealtad ideológica neocomunista ha pesado más que una estrategia comercial coherente con los intereses de México. Y para completar de fregarla, hasta hemos tenido funcionarios comiendo cacahuates en medio de reuniones importantes con Washington. Las redes lo bautizaron como “Lord Cacahuates”. El funcionario explicó que la funcionaria estadounidense les había ofrecido la botana; pero, al parecer, el señoritingo desconoce los protocolos diplomáticos más básicos. La anécdota podría no significar nada. El problema es que ese funcionario hoy es secretario de Relaciones Exteriores y participa en uno de los momentos más delicados de la relación entre México, Estados Unidos y Canadá. Práctica regular de los neocomunistas, premiar el 100% de lealtad por encima de la capacidad.
Aclaremos, el T-MEC original no fue negociado por el gobierno del Loco de Palenque. El acuerdo se firmó un día antes de que tomara posesión. Uno de los principales negociadores mexicanos fue Ildefonso Guajardo, bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto. Jesús Seade participó en la fase final como representante del gobierno electo. Resulta peculiar que el representante del gobierno que estaba por asumir la Presidencia mexicana se incorporara a una negociación de semejante importancia mientras mantenía su residencia habitual al otro lado del mundo. Cuando el presidente electo lo designó como su representante, Seade vivía en Hong Kong y trabajaba en la Universidad China de Hong Kong. No estaba radicado en México. Por lo que es posible que parte del seguimiento y coordinación inicial lo realizó a distancia desde Asia.
En todo caso, la negociación culminó con el Protocolo Modificatorio. México aceptó mecanismos laborales mucho más exigentes, incluido el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida, y el gobierno presentó como logro haber evitado que inspectores estadounidenses pudieran entrar unilateralmente a las empresas mexicanas.
¿Realmente eso fue una victoria?
Imaginemos a funcionarios públicos mexicanos pretendiendo entrar unilateralmente a instalaciones privadas estadounidenses con la autoridad de inspeccionar el cumplimiento de sus leyes laborales. La respuesta de Washington habría sido bastante previsible. Obvio que los estadounidenses pusieron condiciones difíciles para luego “dar concesiones” y lograr sus objetivos. La parte mexicana no supo negociar.
Pero, lo verdaderamente estúpido ocurrió después.
A los pocos días de haberse acordado las modificaciones, cuando los negociadores mexicanos empezaban a celebrar su “triunfo”, se dieron cuenta que la legislación estadounidense, para implementar el T-MEC, contemplaba hasta cinco agregados laborales estadounidenses en México. México protestó y Estados Unidos aclaró que esos funcionarios no serían inspectores laborales y que las verificaciones previstas por el tratado corresponderían a panelistas independientes. Es el colmo de la ineptitud, lo “descubrieron” después de terminar las negociaciones.
No puedo describir aquí todo el carrusel de errores políticos internos que, a mi parecer, han cometido los neocomunistas y que después han tenido que corregirse, contenerse o defenderse mediante las negociaciones comerciales. México ya tenía una enorme vulnerabilidad por depender comercialmente de Estados Unidos. En lugar de reducir riesgos, fortalecer su competitividad y cuidar escrupulosamente su posición dentro de Norteamérica, los gobiernos del macuspano y Sheinbaum añadieron conflictos que ellos mismos generaron: energía, maíz, Cuba, China, los posicionamientos respecto de Irán y un largo etcétera.
Envían a sus negociadores a Washington para resolver problemas que, en buena medida, no deberían de existir. El problema no es solamente la asimetría frente a Estados Unidos, sino llegar a una negociación difícil cargando con problemas creados por decisiones ideológicas del propio gobierno.
Mientras que Ebrard quiere transmitir tranquilidad, la lista de asuntos que México todavía tiene que resolver continúa creciendo. Hace apenas unos días declaró que “cada día estamos más cerca de tener nuevos acuerdos”. Pero al mismo tiempo reconoció que continúan pendientes asuntos fundamentales relacionados con automóviles, acero, aluminio, cobre y los aranceles de la Sección 232 (aranceles o restricciones a importaciones si estas representan un riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos).
¿Qué gana México introduciendo el tema cubano en una relación comercial de la que depende buena parte de su economía?
¿Qué gana México enviando al secretario de Relaciones Exteriores a China precisamente en medio de las negociaciones con Estados Unidos?
El problema no es que México tenga relaciones con China. Sería absurdo pedir que dejara de tenerlas. Al contrario, deberían cuidarlas y aumentar el nivel de cooperación. China es demasiado importante para México y para la economía mundial como para pretender ignorarla. El cuestionamiento está en el momento, la forma y la coordinación del mensaje. El viaje puede enviar una señal contradictoria en un momento en que Washington quiere fortalecer las cadenas productivas norteamericanas, reducir la dependencia de ciertas economías y limitar la utilización de México como puerta de entrada para productos e inversiones chinas.
Sí, México cometió durante décadas un error estratégico al concentrar una proporción extraordinaria de sus exportaciones en un solo mercado. Ese mercado nos hizo crecer, industrializarnos, atraer inversiones y convertirnos en potencia exportadora. Ese gran acierto terminó creando una enorme dependencia. Y si dependes de un cliente para más del 80% de tus ventas, quizá lo menos inteligente sea regalarle motivos adicionales para presionarte.
Estados Unidos no negocia pensando en los intereses de México. Negocia para defender los suyos, es obvio. Canadá hace lo mismo. China hace lo mismo. Todos defienden sus intereses, menos México que defiende una ideología putrefacta, que pretende conducir una de las relaciones económicas más importantes del planeta mezclando comercio, ideología, ocurrencias y lealtades políticas.
Pero el más grande error jamás cometido por México, desde mi perspectiva, fue haberle entregado el poder a un resentido neocomunista sin escrúpulos. Y aquella frase que marcó una campaña presidencial, con la cual en aquel momento yo no estaba de acuerdo, inevitablemente vuelve a la memoria: “López Obrador es un peligro para México”. Veinte años después, cada quien podrá decidir si fue solamente propaganda electoral o una advertencia con fundamentos.

Aly Corany Abdallah
Analista, socialdemócrata y librepensador.
Licenciado en Derecho, Licenciado en Gestión y Desarrollo Empresarial, y TSU en Comercialización Inmobiliaria. Actualmente, cursa la Maestría en Derecho Digital y Juicios en Línea. Su enfoque multidisciplinario le permite analizar la realidad política y geopolítica desde una perspectiva integral.
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