Parte 2
Casa Cervecera Bolívar
Cada vez valoro más la autenticidad, la transparencia y a las personas que saben construir espacios respetuosos. En las personas pasa algo parecido a lo que ocurre en los ambientes: hay lugares que nos relajan y otros que nos ponen a la defensiva. Por eso agradezco tanto aquellos espaciosdonde nadie necesita demostrar quién es, cuánto tiene o que es mejor que los demás.
Uno de ellos puede ser, simplemente, un par de patios o esospasillos donde se baila y unas mesas de madera alrededor de las cuales la conversación no cesa. La Casa Cervecera Bolívar.
Como asistente asidua de los jueves de Bolívar, he pensado mucho en lo que representa este lugar para quienes nos encontramos ahí. Coincidimos personas que queremos sentirnos vivas, que buscamos de manera intencional la alegría y que, por unas horas, dejamos fuera preguntas que tantas veces nos pesan: cuánto ganas, quién eres, qué edad tienes o hasta qué talla usas.
Bailes u observes, puedes equivocarte sin sentir que por ello pierdes valor. Puedes ser tú, como cuando éramos chavos, cuando todavía teníamos menos miedo al ridículo y más ganas de intentar cosas nuevas. Nos reímos de los chistes, pero sobre todo aprendemos a reírnos de nosotros mismos, de nuestros pasos y de nuestras pequeñas torpezas.
Entonces ocurre algo muy sencillo: dejamos fuera aquello que pesa y volvemos a sentirnos dueños de nosotros mismos.Lo que une es el amor por bailar y dos desconocidos se vuelven amigos. Empecé a bailar justo cuando mi amiga Julieta me llevó en medio del duelo de mi madre, volví a sentir una alegría que salía desde dentro de mí. Ahí, en la Bolívar comenzó mi idilio con la salsa.
No es que nos creamos jóvenes. Es que decidimos dejar, aunque sea por unas horas, el deber ser y ese canon social que nos dice: “ya estás grande”, “tienes muchos pendientes”, “eso ya no te corresponde”. A cierta edad parece que ya no tenemos derecho a empezar de nuevo ni a realizar sueños que dejamos pendientes. La vida cotidiana nos convence de que debemos saberlo todo, comportarnos de cierta manera y esconder nuestras vulnerabilidades, más pasado el tercer piso.
El baile de La Bolívar rompe con esa idea, afortunadamente. Los principiantes podemos equivocarnos diez veces y alguien puede tendernos la mano las mismas diez. Nadie pierde por estar aprendiendo.
Y hay algo más que para mí resulta poderoso: es un espacio donde las mujeres podemos sentirnos seguras incluso para algo tan sencillo como sacar a bailar a un vato. Parece una cosa pequeña, pero no lo es. Poder acercarnos, invitar, bailar y disfrutar sin sentir que estamos cruzando una frontera invisible también es libertad. Aquí no aplica que sólo ellos pueden acercarse a sacar a bailar. Todos sacamos a todos, siempre y cuando se de en un marco de respeto y consentimiento.
Las academias, los maestros y los grupos pueden competir, por supuesto, pero también pueden colaborar, respetar sus tiempos y celebrar que a otros les vaya bien. En una sociedad acostumbrada a mirar al otro como adversario, compartir sin sentir que eso nos quita valor es casi un acto de rebeldía.
Bailar también puede ser una manera de sanar. Cada quien llega con su propia historia. Hay quien viene después de una pérdida, de una separación, de años dedicados a cuidar a otros o simplemente de una etapa difícil. No siempre necesitamos consejos. A veces necesitamos música, movimiento y un lugar donde podamos respirar. Y aquí, de alguna manera, nos sostenemos en ese gozo interno.
También he visto algo que me conmueve: personas que antes no festejaban su cumpleaños porque “ya estamos grandes” o no la conocemos, encontramos aquí una razón para hacerloentre todos. Y entonces suena esa canción que ya sentimos nuestra: “Feliz cumpleaños, hoy es tu día, te celebramos en este día porque te trajo tu mamá”. Por unos minutos, la persona cumpleañera deja de pasar desapercibida. Todos celebramos su existencia con alegría. ¿No es eso, también, una forma de cariño?
El ambiente no es perfecto —ningún lugar lo es ni ninguna persona es perfecta—, pero se siente bien. Y sí, las hamburguesas ayudan bastante, los tacos, las pizzas y los nachos en los intermedios de baile. Eso y los sueros. No me ha tocado en casi un año, ver a una sola persona borracha mala copa.
Amarnos y cuidarnos también, es decir: “Es jueves de Bolívar y el cuerpo lo sabe”. Ahí están mis amigos de academia y de las otras; está Marlon, está Itzel con su gran servicio y está el dueño, Kilo con esa anfitriona y ese humor que impregnan el lugar con su buena vibra. Creo que muchos habíamos perdido la esperanza de encontrar nuevamente un sitio así en nuestras vidas. El amable y agradable profe Norberto en la esquina fungiendo como el DJ oficial y poniéndonos a todos a bailar donde haya espacio lo mismo salsa, bachata, cumbia y una que otra excepción, norteñas.
A veces sanar comienza con algo tan sencillo como encontrar un lugar donde nadie nos pida ser otra persona. Una buena cerveza artesanal o comercial, una conversación, una canción y volvemos a bailar. Sí, como antes. Y terminamos compartiendo mucho más que un lugar: compartimos una experiencia.
Quizá eso sea lo más hermoso de bailar: por unos minutos dejamos de preocuparnos por hacerlo perfecto, disfrutamos una buena botana y la danza. En un mundo que parece premiar únicamente la productividad, también necesitamos lugares que nos recuerden que estar vivos, reír, y convivir noes perder el tiempo.
A veces, también eso es sanar. “Saludable para el alma” es la descripción de la Casa Cervecera Bolívar.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


