T-MEC: Trump da tres días más.

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El T-MEC no está muerto. Tampoco está precisamente gozando de cabal salud. Está sentado en una mesa de negociaciones donde Donald Trump ha decidido recordarles a México y Canadá que, para él, un tratado comercial no significa que los aranceles hayan dejado de ser armas.

Hoy, 19 de agosto, Canadá debía convertirse en la prueba más clara de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Washington. Y la prueba llegó, aunque no con el desenlace que parecía inminente.

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Donald Trump aplazó por tres días la entrada en vigor de los aranceles de hasta 50% que había anunciado sobre alrededor de 20 mil millones de dólares en productos canadienses.

El presidente estadounidense afirmó que existe un acuerdo en proceso; el primer ministro Mark Carney habló de avances sustanciales, pero advirtió que todavía queda trabajo por hacer.

Primera salvedad indispensable: no hay, al momento de escribir estas líneas, un acuerdo integral públicamente detallado que permita afirmar que el conflicto terminó. Hay una pausa de tres días y negociaciones abiertas. Confundir una prórroga con una solución sería celebrar el “touchdown” cuando apenas movieron las cadenas.

Pero el aplazamiento ya deja una lección para México.

Canadá no es un vecino cualquiera de Estados Unidos. Es, junto con México, socio del T-MEC. Y Washington acaba de demostrar que está dispuesto a colocar sobre la mesa aranceles extraordinarios contra uno de sus propios socios para obtener concesiones mientras simultáneamente negocia el futuro del tratado.

Los tratados comerciales existen, entre otras cosas, para proporcionar certeza. Cuando la amenaza arancelaria se convierte en instrumento ordinario de negociación, esa certeza comienza a erosionarse. No significa que el T-MEC haya dejado de funcionar; significa que su sola existencia ya no basta para eliminar el riesgo político.

El punto más importante para México está en la industria automotriz.

Estados Unidos y Canadá discuten una posible reducción de los aranceles sobre vehículos canadienses. Pero la verdadera pelea está en qué contenido puede descontarse para calcularlos. Washington pretende privilegiar el contenido específicamente estadounidense. Canadá defiende que se reconozca el contenido norteamericano completo, incluyendo piezas fabricadas en México.

Ahí Chihuahua debe poner atención.

Una pieza automotriz fabricada en Ciudad Juárez puede ser reconocida como parte de una cadena productiva norteamericana o terminar siendo tratada, en los hechos, como menos norteamericana que la misma pieza fabricada en Michigan. En esa pequeña diferencia técnica caben proveedores, expansiones industriales, inversiones y miles de empleos.

Tan integrada está ya la producción regional que los propios fabricantes estadounidenses han advertido contra un endurecimiento excesivo de las reglas.

Según Reuters, la industria calcula que algunas de las propuestas podrían representar alrededor de 2 mil millones de dólares adicionales al año. Es decir: desarmar demasiado la integración norteamericana también puede terminar cobrándoles la factura a empresas estadounidenses.

Eso no significa —segunda salvedad— que todas las propuestas discutidas vayan a convertirse en reglas definitivas. Estamos ante posiciones negociadoras, cálculos empresariales y alternativas todavía sujetas a modificación. Pero precisamente por eso la incertidumbre pesa.

El T-MEC nació sobre una idea elemental: México, Estados Unidos y Canadá competirían mejor contra el mundo produciendo juntos. Trump está introduciendo otra lógica: Norteamérica sí, pero Estados Unidos primero y, cuando sea posible, Estados Unidos mucho primero.

México intenta preservar la integración regional porque allí está una de sus mayores ventajas económicas. No somos China al otro lado del Pacífico. Compartimos más de tres mil kilómetros de frontera con la mayor economía del planeta y llevamos décadas construyendo cadenas productivas en las que una pieza puede cruzar varias veces la frontera antes de convertirse en producto terminado.

Y México parece haber entendido también otra exigencia de Washington. El gobierno analiza elevar aranceles a determinados productos provenientes de China y de otros países con los que no existe tratado comercial, particularmente en sectores como acero y vehículos. Es todavía una posibilidad en estudio, no una decisión consumada, pero revela hasta qué punto la presión estadounidense ya influye en la estrategia comercial mexicana.

Ciudad Juárez es uno de los mejores laboratorios para observar todo esto.

En julio, las exportaciones mexicanas de vehículos ligeros cayeron 9.7% respecto del mismo mes del año anterior y la producción disminuyó 2.2%. Sería irresponsable atribuir toda esa caída a Trump o a los aranceles; intervienen demanda, ciclos industriales y otros factores. Pero también sería ingenuo suponer que la incertidumbre comercial no pesa.

Una empresa puede calcular un impuesto conocido. Lo que detesta es no saber cuáles serán las reglas dentro de seis meses.

Y allí aparece el verdadero peligro para Chihuahua. No necesitamos que Trump anuncie un arancel con dedicatoria para Ciudad Juárez. Basta con que una empresa que estudiaba invertir 200 millones de dólares decida esperar. O que una expansión termine en Texas porque nadie sabe cómo quedarán las reglas de origen.

La incertidumbre también cobra impuestos. Sólo que esos no aparecen publicados en el Diario Oficial.

Canadá compró tres días. No sabemos todavía si compró también un acuerdo.

Si Washington y Ottawa cierran finalmente un arreglo, quedará demostrado que la amenaza arancelaria sigue siendo una de las herramientas favoritas de Trump para negociar. Si fracasan y los aranceles terminan entrando en vigor, la señal será todavía más severa: Estados Unidos estaría dispuesto a golpear comercialmente a un socio del T-MEC aun mientras discute la continuidad y modificación del propio acuerdo.

México debe observar ambos escenarios sin triunfalismos ni catastrofismos.

Trump negocia como empresario antes que como diplomático: pide mucho, amenaza más y después cobra lo que puede. México necesita responder con menos ceremonia, menos fotografía y mucha calculadora.

Hoy la prueba sigue siendo Canadá. Sólo que el reloj recibió tres días adicionales.

México haría bien en observarlos con mucha atención, porque lo que Washington consiga de uno de sus socios puede convertirse mañana en la exigencia que coloque frente al otro.

Y en Ciudad Juárez sabemos perfectamente que cuando Estados Unidos estornuda comercialmente, de este lado de la frontera no sacamos el pañuelo.

Revisamos la nómina. Ahí está, El Meollo del Asunto.

ADN Daniel Valles
Daniel Valles

Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.

Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la  prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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