Si las maestras de antes vivieran… hoy darían clases desde el Cereso

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Hay frases que, aunque exageradas, describen mejor una época que cualquier tratado de historia.

Una de ellas podría ser esta: si las maestras de los años setenta y ochenta siguieran ejerciendo con los mismos métodos, hoy probablemente estarían enfrentando un proceso judicial por maltrato infantil.

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Suena brutal. Y precisamente por eso obliga a pensar.

Bastaría con que una profesora de aquellas generaciones apareciera hoy en un salón con una regla de madera bajo el brazo para que más de un padre sacara el teléfono, grabara un video, llamara a Derechos Humanos, denunciara violencia escolar y exigiera una destitución inmediata.

En cuestión de horas sería tendencia en redes sociales.

Al día siguiente habría una conferencia de prensa, un abogado ofreciendo asesoría gratuita y, quizá, hasta una carpeta de investigación.

Pero hace cuarenta o cincuenta años esa misma regla no era noticia. Era parte del mobiliario escolar.

No se trata de romantizar los golpes.

La violencia nunca debería ser un método educativo. Sin embargo, resulta imposible no sonreír cuando uno compara dos mundos completamente distintos.

Aquellos reglazos sobre los nudillos.

Las jaladas de oreja que parecían querer corregir también las malas ideas.

El castigo de permanecer de pie frente al grupo.

Las planas interminables.

Y, sobre todo, la sentencia más temida por cualquier estudiante:
“Mañana vienes con tus papás.”

Ahí terminaba cualquier intento de rebeldía.

Porque la verdadera pesadilla no era la dirección.

Era la casa.

El recorrido de la escuela al hogar se hacía eterno. Uno imaginaba todas las posibilidades para evitar el juicio familiar. Ninguna funcionaba.

En la dirección no existían negociaciones. Ahí estaban el director, el maestro y, horas después, mamá o papá escuchando con lujo de detalle el catálogo completo de travesuras del alumno.

No había espacio para versiones alternativas de los hechos. El profesor era la autoridad. Punto.

Y todavía faltaba el segundo tiempo.

Porque al llegar a casa venía la audiencia definitiva.

Sin abogados defensores.

Sin derecho de réplica.

Sin apelaciones.

Muchos dirán que aquello era excesivo. Probablemente tenían razón.

Pero también es cierto que existía algo que hoy parece una especie en peligro de extinción: la corresponsabilidad entre familia y escuela.

Los padres no acudían al plantel para cuestionar al docente.

Iban para preguntar qué podía hacerse para corregir al hijo.

Las calificaciones no llegaban por una aplicación en el celular.

Había que recogerlas personalmente. Escuchar observaciones. Conocer fortalezas y debilidades. Saber con quién se juntaba el estudiante.

Enterarse si hablaba demasiado, si no hacía tareas o si llevaba semanas distraído.

Y para garantizar la asistencia existían los famosos citatorios.

Aquellos pequeños papeles tenían más poder que cualquier notificación electrónica de hoy.

Debían regresar firmados por el padre, la madre o el tutor.

Y aquí comenzaba otra historia digna de una novela policiaca.

Porque más de un estudiante creyó haber descubierto el fraude perfecto falsificando la firma de sus padres.

Pobres ingenuos

Las maestras desarrollaban, sin saberlo, habilidades propias de un perito grafoscópico. Observaban inclinaciones, trazos, presión, curvas y hasta el tamaño de la letra.

La CIA habría contratado a varias de ellas sin necesidad de entrevistas.

Cuando descubrían la falsificación, el alumno sentía que acababa de ingresar al catálogo de los delincuentes más buscados del país.

Hoy hablamos de reinserción social.

En aquellos años, uno juraba que el siguiente destino sería Almoloya… aunque apenas cursara quinto de primaria.

También existía una forma muy particular de presión social.

Ir a la dirección era equivalente a cargar un letrero invisible que decía: “algo hizo”.

Los compañeros preguntaban.

Los maestros ya estaban enterados.

Y el prestigio escolar sufría un golpe del que costaba semanas recuperarse.

Hoy, en cambio, pareciera que el péndulo se movió hasta el extremo contrario.

La autoridad del maestro se ha ido desgastando poco a poco.

No únicamente por las leyes que, con razón, protegen la integridad de niñas, niños y adolescentes, sino por una cultura donde con demasiada frecuencia el adulto responsable termina sentado en el banquillo antes incluso de conocer los hechos.

Hay padres que llegan a la escuela convencidos de que su hijo jamás miente.

Que el profesor exagera.

Que la responsabilidad siempre está del otro lado del escritorio.

Y así, la disciplina dejó de ser un proyecto compartido para convertirse, muchas veces, en una disputa permanente entre familias e instituciones.

El resultado está a la vista.

Tenemos generaciones con más derechos, y qué bueno que así sea, pero no necesariamente con más límites.

Más herramientas tecnológicas.

Más información.

Más libertades.

Pero también menos tolerancia a la frustración, menor respeto por la autoridad legítima y una preocupante tendencia a confundir disciplina con abuso, exigencia con violencia y responsabilidad con persecución.

No se trata de pedir el regreso de los reglazos.

Nadie en su sano juicio extraña el castigo físico.

Lo que muchos sí extrañan es una época en la que escuela y familia hablaban el mismo idioma cuando de educar se trataba.

Porque la educación nunca fue únicamente transmitir conocimientos.

Siempre consistió en formar carácter.

Quizá la gran pregunta no sea si las maestras de antes terminarían hoy en prisión.

La verdadera pregunta es otra

¿Estamos tan ocupados castigando los excesos del pasado que olvidamos corregir las carencias del presente?

Porque entre el autoritarismo de ayer y la permisividad de hoy existe un punto de equilibrio que todavía seguimos buscando.

Y mientras lo encontramos, las reglas desaparecieron de los escritorios… pero, curiosamente, también comenzaron a desaparecer de muchos hogares.

ADN Guadalupe Parada
Guadalupe Parada Gasson

Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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