El montaje del éxito: el decomiso de cocaína en la México-Cuernavaca

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El reciente decomiso de un importante cargamento de cocaína en la autopista México-Cuernavaca fue presentado como uno de los grandes éxitos del Gobierno federal. Las imágenes inundaron los medios de comunicación, las conferencias de prensa destacaron el operativo y la narrativa oficial habló de un golpe contundente al crimen organizado. Sin embargo, detrás del espectáculo mediático existen demasiadas preguntas que hasta hoy permanecen sin respuesta.

Difiero sustancialmente de la versión oficial.

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Quienes conocen la operación de las organizaciones criminales saben que un cargamento de esa magnitud difícilmente se mueve por azar y mucho menos puede ser descubierto mediante una revisión fortuita. Los grandes cárteles no improvisan. Planean meticulosamente las rutas, los horarios, los vehículos, los sistemas de comunicación, las células de vigilancia y los protocolos de reacción ante cualquier eventualidad. Si, como ha trascendido en distintas versiones, el cargamento viajaba dentro de un convoy y la droga iba oculta debajo de los asientos de las camionetas, el aseguramiento difícilmente puede explicarse como producto de una simple inspección de rutina.

Todo apunta a que existió un trabajo previo de inteligencia. Y si ello fue así, la pregunta cambia por completo: ¿quién desarrolló esa inteligencia?, ¿durante cuánto tiempo se siguió la operación?, ¿qué instituciones participaron?, ¿por qué el discurso oficial prácticamente omitió ese aspecto y concentró el reconocimiento en la Secretaría de Marina?

La inteligencia constituye el corazón de cualquier operación seria contra el narcotráfico. Interceptar un cargamento de estas dimensiones exige información anticipada, vigilancia, análisis de comunicaciones, seguimiento de rutas y una coordinación institucional que rara vez puede improvisarse. Por ello, cuando el énfasis gubernamental recae exclusivamente en el momento del decomiso y no en el proceso que hizo posible llegar hasta él, resulta inevitable preguntarse si se está privilegiando la fotografía sobre la explicación.

Los gobiernos no solo administran la seguridad; también administran los éxitos. Deciden qué institución aparece ante las cámaras, quién recibe el reconocimiento, quién encabeza los comunicados oficiales y cuál será la narrativa que consumirá la opinión pública. Por ello, cuando un operativo de esta magnitud se presenta como un triunfo institucional, resulta legítimo preguntarse si estamos frente a un auténtico golpe estratégico contra el crimen organizado o ante una operación de comunicación cuidadosamente diseñada para fortalecer la imagen de una corporación que, en los últimos meses, ha visto deteriorada su credibilidad. No afirmo que esa haya sido la intención, pero sí sostengo que esa hipótesis merece ser analizada. En un gobierno donde la comunicación política ocupa un lugar central, la percepción pública puede llegar a ser tan importante como los propios resultados operativos.

No cuestiono que el decomiso haya ocurrido. Sería absurdo minimizar la importancia de retirar del mercado ilegal una cantidad tan importante de cocaína. Lo que cuestiono es la narrativa que pretende presentar el operativo como un éxito completo sin explicar el contexto ni responder las preguntas fundamentales que cualquier ciudadano tendría derecho a formular.

¿A qué organización criminal pertenecía el cargamento? ¿Cuál era su destino final? ¿Cuántos vehículos integraban realmente el convoy?

¿Existieron vehículos de avanzada o de protección? ¿Hubo más personas detenidas? ¿Se identificó a quienes financiaban la operación? ¿Se siguió la ruta del dinero? ¿Se ejecutarán nuevas órdenes de aprehensión? Si esas respuestas no llegan, el operativo habrá producido un gran impacto mediático, pero difícilmente podrá considerarse un golpe estratégico contra la delincuencia organizada.

La verdadera eficacia de un Estado no se mide por las toneladas de droga exhibidas frente a las cámaras, sino por su capacidad para desmantelar organizaciones completas, capturar a sus dirigentes, destruir sus estructuras financieras, procesar judicialmente a sus integrantes y recuperar los territorios que hoy permanecen bajo el control criminal. Los decomisos son importantes, pero representan apenas un medio, no el objetivo final.

Ojalá este aseguramiento marque el inicio de una investigación mucho más profunda y no el final de una estrategia de comunicación.

Porque cuando la propaganda comienza a sustituir a la inteligencia, los verdaderos triunfos dejan de medirse por el daño causado al crimen organizado y empiezan a medirse por el rendimiento político de una fotografía.

ADN Fernando Schutte
Fernando Schütte Elguero

Empresario inmobiliario, maestro, escritor, y activista en seguridad pública. Destacado en desarrollo de infraestructura y literatura.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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