El orgullo de pertenecer

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En política existe una pregunta que parece sencilla, pero pocas veces admite una respuesta profunda: ¿qué hace verdaderamente grande a un partido?

La respuesta inmediata suele encontrarse en las elecciones. En los votos obtenidos. En los gobiernos conquistados. En la fuerza parlamentaria. Todo eso importa, desde luego, porque la democracia también se expresa en las urnas.

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Pero ninguna institución permanece durante décadas únicamente por sus resultados electorales.

Lo que la sostiene es algo mucho más difícil de construir: una cultura política.

Esa ha sido, quizá, una de las contribuciones más valiosas del Partido Acción Nacional.

En Ciudad Juárez, el panismo nunca fue solamente una opción en la boleta. Desde sus primeras décadas encontró una ciudad acostumbrada a organizarse, a participar y a entender que la vida pública también se construye desde las familias, las empresas, las universidades, las asociaciones civiles y las organizaciones ciudadanas. En ese entorno fue creciendo una generación de mujeres y hombres convencidos de que la política debía estar al servicio de la persona y del bien común.

No es casualidad que una figura como Luis H. Álvarez haya surgido precisamente desde esta frontera. Su trayectoria representa una época en la que hacer política significaba defender principios con la misma firmeza con la que hoy se defienden resultados. Aquella generación comprendió que la democracia no se fortalece únicamente cuando se gobierna, sino también cuando existen ciudadanos capaces de exigir instituciones fuertes, respeto a la ley y auténtica participación cívica.

Esa herencia sigue estando vigente.

Con el paso de los años, Acción Nacional dejó de ser únicamente una fuerza de oposición para convertirse también en una fuerza de gobierno. Ese cambio modificó las responsabilidades, pero no la esencia. Gobernar exige eficacia, capacidad de diálogo y resultados; sin embargo, ninguna de esas tareas puede sostenerse si antes no existe una comunidad política formada sobre convicciones.

Ahí reside una diferencia que vale la pena recordar.

Hay partidos que preparan campañas.

Hay partidos que preparan candidatos.

Y hay partidos que preparan ciudadanos.

Cuando una organización entiende la formación como parte de su identidad, la política deja de depender de una elección o de un liderazgo circunstancial. Se convierte en una escuela de participación donde las ideas, los valores y el compromiso sobreviven al paso del tiempo.

Vivimos una época marcada por la inmediatez. Las redes sociales producen opiniones veloces y liderazgos efímeros. Todo parece durar lo mismo que el siguiente ciclo informativo. En ese contexto, formar personas puede parecer una tarea silenciosa, incluso casi invisible. Sin embargo, sigue siendo la inversión más importante que cualquier partido puede hacer.

Porque las instituciones no trascienden por la fuerza de sus discursos.

Trascienden por la calidad de las personas que forman.

Ese es, probablemente, el mayor desafío del PAN hacia adelante. Más allá de encontrar perfiles para una elección, debe seguir construyendo liderazgos con preparación, sentido institucional, conocimiento de la ciudad y vocación de servicio. Liderazgos capaces de escuchar antes de convencer, de dialogar antes de confrontar y de formar nuevos cuadros antes que construir proyectos personales.

Juárez no necesita una política de apariciones esporádicas.

Necesita una política de presencia permanente.

Necesita mujeres y hombres cuya autoridad provenga de su trayectoria, de su preparación y de su compromiso con la comunidad.

Quienes creemos en los principios de Acción Nacional encontramos razones para sentir orgullo de pertenecer a esta historia. No porque sea una historia terminada ni porque esté exenta de errores. Al contrario. Precisamente porque ha sabido evolucionar sin renunciar a aquello que le dio origen: la convicción de que la democracia comienza con ciudadanos libres, responsables y comprometidos con el bien común.

Las elecciones pasarán.

Los gobiernos cambiarán.

Las coyunturas siempre serán pasajeras.

Lo que verdaderamente permanece es la formación de personas capaces de servir a su comunidad. Y mientras el PAN conserve esa vocación, conservará también la razón más importante para mirar hacia el futuro con confianza.

Y ese, quizá, sea el verdadero significado de pertenecer.

ADN Raul Garcia Ruiz
Raúl García Ruiz

Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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