Esta semana decidí escribir sobre un tema que considero urgente y que, conforme pasan los meses, cobra mayor relevancia de cara a las elecciones de 2027. La discusión que hoy debemos tener como ciudadanos no puede seguir girando únicamente alrededor de cuál partido político nos gusta más o cuál nos decepcionó menos. La verdadera conversación debe centrarse en algo mucho más importante: la necesidad de construir una oposición fuerte que funcione como un auténtico contrapeso al poder.
No se trata del PRI. No se trata del PAN. Mucho menos de los intereses particulares de las dirigencias partidistas. Se trata de México.
En los últimos años hemos visto cómo el desánimo hacia la participación política ha crecido de manera preocupante. Muchas personas argumentan que “todos los partidos son iguales” o que “ya no vale la pena votar”. Esa frustración es comprensible después de décadas de errores, corrupción y promesas incumplidas. Sin embargo, convertir esa decepción en apatía solamente beneficia a quienes hoy concentran el poder.
Una democracia necesita equilibrios. Necesita competencia política. Necesita instituciones fuertes y ciudadanos participativos. Cuando una sola fuerza política acumula demasiado poder y desaparecen los contrapesos, los riesgos para las libertades y las instituciones aumentan considerablemente.
El gobierno que llegó prometiendo resolver prácticamente todos los problemas del país a través de programas sociales hoy enfrenta una realidad mucho más compleja. Los apoyos sociales pueden representar un alivio para miles de familias y cumplir una función importante dentro de la política pública, pero por sí solos no generan crecimiento económico, no sustituyen la inversión productiva y tampoco resuelven los problemas estructurales que enfrenta México.
Hoy observamos señales preocupantes en distintos frentes. La incertidumbre sobre el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) representa un riesgo importante para la estabilidad económica y la atracción de inversiones. Si las condiciones comerciales se deterioran, millones de empleos podrían verse afectados, particularmente en los estados fronterizos cuya economía depende en gran medida de la industria manufacturera y de exportación.
A ello se suma una economía que enfrenta presiones constantes, una inflación que continúa afectando el poder adquisitivo de las familias y un ambiente de incertidumbre para quienes desean emprender, invertir o generar nuevos empleos.
Y si hablamos de otros temas fundamentales, el panorama tampoco resulta alentador. La seguridad pública continúa siendo uno de los mayores pendientes nacionales. El sistema de salud sigue enfrentando carencias que afectan directamente a millones de pacientes que batallan para conseguir medicamentos o recibir atención oportuna. La educación tampoco atraviesa su mejor momento, como reflejan diversas evaluaciones nacionales e internacionales que muestran rezagos importantes en el aprendizaje de niñas, niños y jóvenes.
A ello se suma la profunda preocupación que ha generado el debilitamiento de diversos organismos autónomos y los cambios recientes en el Poder Judicial, que han abierto un intenso debate sobre la independencia de las instituciones y el equilibrio entre los poderes del Estado.
Frente a este escenario, la respuesta no puede ser la resignación.
Es precisamente aquí donde la oposición debe entenderse como un movimiento mucho más amplio que los partidos políticos. Una oposición sólida también está integrada por líderes comunitarios, empresarios, académicos, jóvenes, organizaciones de la sociedad civil, comunidades religiosas, profesionistas, trabajadores y ciudadanos comprometidos con el futuro del país.
La participación ciudadana no debería depender de una credencial partidista. Defender la democracia, exigir resultados, fiscalizar al gobierno y participar en la vida pública son responsabilidades que corresponden a todos.
Con frecuencia me preguntan sobre mi afiliación partidista. La respuesta siempre ha sido clara: mis convicciones políticas son firmes y procuro actuar con congruencia. Pero precisamente por esa convicción también creo que México necesita mucho más que partidos fuertes; necesita ciudadanos fuertes.
Hoy contamos con una ventaja que generaciones anteriores no tuvieron. Vivimos en una época donde la información está al alcance de prácticamente cualquier persona. Podemos consultar indicadores económicos, comparar estadísticas, revisar presupuestos públicos, verificar declaraciones de los políticos y contrastar distintas fuentes antes de formar una opinión. Ya no dependemos únicamente de los discursos oficiales o de la propaganda.
Eso implica también una mayor responsabilidad. Informarnos, analizar, cuestionar y participar ya no son opciones reservadas para especialistas. Son herramientas ciudadanas indispensables para cuidar nuestra democracia.
No debemos esperar a que inicien las campañas para comenzar a involucrarnos. El 2027 está mucho más cerca de lo que parece. Las decisiones que tomemos desde ahora influirán en el rumbo que tomará el país durante los próximos años.
Hoy vivimos la emoción del Mundial, seguimos cada partido, analizamos alineaciones, debatimos estrategias y soñamos con ver triunfar a nuestra selección. Ojalá esa misma pasión pudiera trasladarse a nuestra responsabilidad como ciudadanos. Que también nos entusiasme construir un mejor país, defender nuestras instituciones, proteger nuestras libertades y exigir gobiernos que rindan cuenta
Porque al final, esto nunca ha sido una competencia entre el PRI y el PAN. Tampoco se trata de quién obtiene más posiciones políticas.
Se trata del futuro de nuestras familias, de las empresas que generan millones de empleos, de las oportunidades para nuestros jóvenes y del México que queremos dejar a las próximas generaciones.
Todavía estamos a tiempo de participar. Todavía estamos a tiempo de construir los contrapesos que toda democracia necesita. Pero el reloj ya comenzó a correr.

Marisela Terrazas
Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.
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