¿Y si sí?

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¿Y si sí? Tres palabras bastaron para devolverle a México algo que parecía perdido. No fue un discurso presidencial, tampoco una reforma política ni una campaña institucional. Fue una pregunta nacida entre la afición, repetida en las tribunas, multiplicada en las redes sociales y abrazada por millones de personas que, por un instante, dejaron de preguntarse si la Selección Mexicana podía ganar un partido y comenzaron a preguntarse si el país todavía era capaz de creer en sí mismo.

Después de la Revolución Mexicana, el gran desafío del país no era únicamente reconstruir sus instituciones; era reconstruir su identidad. Había que convencer a millones de personas de que, pese a las diferencias regionales, culturales y económicas, existía algo llamado México. Aquel proyecto nacional encontró en la educación, en el arte y en la cultura sus principales herramientas. José Vasconcelos comprendió que una nación no podía sostenerse solamente sobre leyes o gobiernos, sino sobre símbolos capaces de despertar pertenencia. Con el tiempo aparecieron el charro, el mariachi, el sombrero, la china poblana, los murales y un conjunto de imágenes que terminaron por convertirse en el rostro con el que México se presentó ante el mundo. No fueron símbolos espontáneos; fueron construcciones culturales que terminaron convirtiéndose en arquetipos nacionales. Hoy seguimos reconociéndonos en ellos, aunque muchas veces ignoremos quiénes ayudaron a consolidarlos.

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Pero las naciones no permanecen inmóviles. Los símbolos cambian porque también cambian las generaciones. El México de hoy ya no encuentra necesariamente su reflejo en el caballo o en la hacienda. Su nuevo arquetipo viste de verde. Lleva una máscara de luchador en el rostro y una camiseta de la Selección Mexicana sobre los hombros. Es la mezcla de dos de las expresiones populares más poderosas del país: la lucha libre, con toda su teatralidad, su imaginación y su capacidad para construir héroes; y el futbol, capaz de movilizar millones de personas alrededor de una ilusión compartida. Quizá por eso el Mundial ha provocado algo que parecía imposible: devolvernos, aunque sea por unos días, la posibilidad de sentirnos parte de un mismo relato.

Porque hace mucho tiempo dejamos de compartir historias felices. La violencia fue ocupando lentamente ese espacio. Todavía recuerdo cuando, siendo niño, escuchar la noticia de unos hombres decapitados vinculados al narcotráfico era motivo de escándalo nacional. Parecía imposible que semejante nivel de crueldad pudiera instalarse en nuestro país. Sin embargo, aquello que entonces parecía excepcional terminó convirtiéndose en rutina.

Después llegaron Uruapan, las cabezas arrojadas en un centro nocturno y una escalada de violencia que dejó de sorprendernos. Las desapariciones, los secuestros, la extorsión, los homicidios dolosos, los feminicidios, el reclutamiento forzado, la trata de personas, la violencia contra periodistas, el desplazamiento interno y la impunidad dejaron de ocupar el lugar de la excepción para convertirse en parte del paisaje cotidiano. Lo verdaderamente alarmante no fue únicamente el crecimiento de esos delitos, sino nuestra capacidad para acostumbrarnos a ellos.

Al mismo tiempo ocurrió otra transformación silenciosa. La polarización política comenzó a dividir familias, amistades y comunidades. Dejamos de discutir ideas para comenzar a clasificar personas. Conservadores contra progresistas. Pobres contra ricos. Pueblo contra adversarios. El proyecto de nación que alguna vez buscó integrar terminó siendo sustituido por un discurso que, muchas veces, encontró mayor rentabilidad en la confrontación que en la reconciliación.

Y entonces ocurrió algo inesperado. Bastaron tres partidos de futbol para recordarnos que todavía existe un sentimiento capaz de colocarse por encima de cualquier diferencia. Bastó una pregunta, aparentemente sencilla, para resumir un anhelo colectivo: “¿Y si sí?”

¿Y si sí podemos volver a sentir orgullo de ser mexicanos?

La FIFA podrá proteger legítimamente sus marcas, perseguir la mercancía pirata o intentar controlar la explotación comercial del Mundial. Las camisetas originales seguirán costando varios miles de pesos y millones de personas seguirán comprando versiones mucho más económicas en los mercados populares. Pero ninguna institución puede registrar como marca el entusiasmo de un pueblo.

Porque la verdadera “ola verde” no cabe en un logotipo ni se vende en una tienda oficial. Lo que hoy estamos viendo en las calles no es únicamente una afición futbolística. Es una necesidad colectiva de encontrarnos nuevamente. Durante unos días dejaron de importar los colores partidistas. La lluvia no vació las plazas. Las diferencias económicas quedaron suspendidas. Los extranjeros dejaron de ser visitantes para convertirse en compañeros de celebración. Hasta Colombia apareció, espontáneamente, como un pueblo hermano en redes sociales, demostrando que la identidad no se fortalece aislándose, sino compartiéndose.

Tal vez ahí reside la mayor lección de este Mundial. Durante años nos convencieron de que la sociedad mexicana estaba condenada a dividirse permanentemente. Sin embargo, bastó una pelota, una camiseta verde y una ilusión compartida para demostrar que debajo de todas esas fracturas sigue existiendo algo mucho más fuerte.

Quizá la identidad nacional nunca desapareció. Tal vez simplemente estaba esperando un motivo para volver a salir a las calles. Y si esa pregunta que hoy recorre el país logra sobrevivir cuando termine el Mundial; si ese sentimiento de comunidad permanece cuando se apaguen los estadios; si aprendemos a reconocernos otra vez como ciudadanos antes que como adversarios, entonces la mayor victoria de México no habrá ocurrido en una cancha, ¡habrá ocurrido en nosotros! Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, la respuesta será sencilla:

Sí. Sí era posible.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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