Este domingo celebramos el Día del Padre en un país donde la realidad familiar presenta enormes desafíos. De acuerdo con datos recientes del INEGI, alrededor del 10.6% de las madres mexicanas se identifican como madres solteras, mientras que millones de mujeres enfrentan la crianza de sus hijos sin el acompañamiento permanente de una pareja. Sin duda, se trata de una realidad que debe preocuparnos y ocuparnos a todos. La ausencia paterna tiene consecuencias sociales, económicas y emocionales que como sociedad debemos trabajar para revertir.
Sin embargo, cuando se habla de paternidad, gran parte de la conversación pública se concentra en los padres ausentes. Se habla poco de aquellos hombres que sí están presentes, que participan activamente en la crianza, que acompañan a sus hijos en cada etapa de su desarrollo y que han transformado, generación tras generación, el significado de ser padre.
Y es precisamente ahí donde existe una historia que todavía nos falta descubrir y contar.
Durante décadas, el papel del padre estuvo asociado principalmente con la provisión económica. Hoy, afortunadamente, observamos una evolución importante. Cada vez son más los hombres que entienden que la paternidad implica mucho más que llevar el sustento al hogar. Implica acompañar, escuchar, educar, cuidar, poner límites, abrazar y compartir responsabilidades.
No es casualidad que diversos países hayan impulsado legislaciones para fortalecer la participación de los padres desde el nacimiento de sus hijos. En México, la Ley Federal del Trabajo reconoce actualmente un permiso de paternidad de cinco días laborales con goce de sueldo para los trabajadores que se convierten en padres. Además, en los últimos años se han impulsado reformas para ampliar este derecho, precisamente bajo la premisa de que la crianza debe ser una responsabilidad compartida entre hombres y mujeres.
Porque la realidad es sencilla: los hombres comparten con las mujeres la enorme tarea de criar a los hijos. Su presencia importa. Su ejemplo importa. Su involucramiento tiene efectos positivos en el desarrollo emocional, académico y social de los niños.
Yo puedo compartir una experiencia personal. Mis padres siempre compartieron sus responsabilidades con mis hermanos y conmigo. Cada uno tenía sus propios dones y virtudes. Ambos sabían en qué materias de la escuela podían ayudarnos mejor, cuáles eran nuestras fortalezas y cuáles nuestros retos. Muy a su estilo y acorde a la época que les tocó vivir, mi papá supo ser un padre presente.
Hoy, desde mi propia experiencia como madre, ha sido increíble observar la paternidad de mi esposo. Ver cómo participa activamente en la educación de nuestros hijos, cómo combina el cariño con la firmeza, cómo se involucra en las tareas cotidianas y cómo construye una relación cercana con ellos. Son ejemplos que quizá no aparecen en las estadísticas, pero que están presentes en miles de hogares mexicanos.
Por eso considero que estas historias son las que debemos visibilizar y promover. Muchas veces el bombardeo constante de cifras negativas sobre la paternidad nos impide reconocer los avances que sí están ocurriendo. Y cuando dejamos de reconocerlos, también dejamos de promoverlos.
Necesitamos más políticas públicas que fortalezcan la participación de los padres. Necesitamos talleres de crianza dirigidos también a los hombres. Necesitamos centros de trabajo que comprendan la importancia de la corresponsabilidad familiar. Necesitamos escuelas que involucren activamente a madres y padres por igual. Y necesitamos comunidades que valoren el papel positivo que miles de hombres desempeñan diariamente en sus hogares.
El sociólogo mexicano Fernando Pliego sostenía en su libro Estructuras de Familia que todas aquellas prácticas o actividades que promuevan a la familia y fortalezcan su convivencia deberían ser consideradas la mejor inversión que puede realizar un gobierno. Su argumento era simple pero poderoso: resulta mucho más eficiente fortalecer a las familias que intentar remediar posteriormente las consecuencias de la desintegración familiar, la violencia o los problemas sociales derivados de la falta de cohesión comunitaria.
La reflexión sigue siendo vigente. Cuando promovemos una paternidad responsable y presente, no solamente beneficiamos a una familia en particular; fortalecemos el tejido social completo. Formamos ciudadanos con mayores herramientas emocionales, construimos comunidades más fuertes y prevenimos muchos de los problemas que después intentamos resolver mediante costosas políticas públicas.
La paternidad es, en muchos sentidos, una vocación. Una tarea que se aprende todos los días y que exige compromiso, paciencia y amor. Por ello debemos promoverla desde todos los espacios posibles: desde el gobierno, desde las escuelas, desde los centros de trabajo y desde la comunidad en general.
Quizá ha llegado el momento de equilibrar la conversación. Sin dejar de reconocer los desafíos que existen, también debemos hablar de los padres que sí están presentes, de los que educan, acompañan y construyen. Porque cuando visibilizamos los buenos ejemplos, también abrimos la puerta para que más hombres descubran el enorme valor y la trascendencia de ejercer plenamente la paternidad.
Y estoy convencida de que, como sociedad, los resultados positivos de esa apuesta apenas estamos comenzando a descubrirlos.

Marisela Terrazas
Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.
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