El Mundial ya comenzó, los estadios están llenos, millones de personas siguen los partidos desde todos los rincones del planeta y América del Norte se presenta ante el mundo como una región capaz de organizar el evento deportivo más grande de la historia.
México, Estados Unidos y Canadá están demostrando algo que va mucho más allá del fútbol: la capacidad de coordinar infraestructura, transporte, seguridad, conectividad aérea, telecomunicaciones y logística para movilizar a millones de personas entre tres países….no es poca cosa, el Mundial de 2026 es el mayor ejercicio de integración regional que ha visto el planeta en décadas y justamente por eso resulta imposible ignorar la gran contradicción, mientras el balón rueda, el futuro económico del bloque enfrenta uno de sus momentos más delicados.
Mientras los aficionados cruzan fronteras para asistir a los partidos, los gobiernos negocian diferencias en materia energética, agrícola, industrial y comercial. Mientras la FIFA celebra la unión de América del Norte, los equipos negociadores discuten reglas de origen, contenido regional, acceso a mercados y mecanismos de solución de controversias.
Por un lado, el Mundial, por otro, la incertidumbre, y ambas cosas están ocurriendo exactamente al mismo tiempo. El bloque formado por México, Estados Unidos y Canadá continúa siendo una de las regiones económicas más importantes del planeta. El comercio entre los tres países supera los 1.8 billones de dólares anuales y representa una de las mayores concentraciones de actividad económica del mundo.
Junto con Europa y los BRICS, América del Norte sigue siendo uno de los polos que definen la economía global. Si somos capaces de coordinar un Mundial de esta magnitud, ¿por qué seguimos siendo incapaces de facilitar verdaderamente el comercio regional?
Porque para quien produce, exporta e invierte, la realidad es muy distinta a la narrativa oficial. Las mercancías siguen enfrentando inspecciones duplicadas, los cruces fronterizos continúan generando costos multimillonarios, los procesos aduanales siguen consumiendo tiempo, dinero y competitividad, la regulación sigue creciendo más rápido que la productividad y cada nuevo requisito termina convirtiéndose en un costo adicional para la industria.
Mientras tanto, los únicos actores que nunca parecen perder son los mismos de siempre, los gobiernos cobran impuestos, derechos y aranceles, los intermediarios cobran por facilitar trámites, los operadores logísticos cobran por resolver ineficiencias, los agentes aduanales cobran por navegar una complejidad regulatoria que muchas veces el propio sistema genera; los únicos que siguen absorbiendo los costos son quienes producen.
El Mundial está demostrando algo que los industriales sabemos desde hace años, la integración de América del Norte funciona, las cadenas de suministro funcionan, la infraestructura funciona, la relación económica funciona; lo que no funciona es la burocracia. Y si la revisión del T-MEC termina concentrándose únicamente en disputas políticas, migratorias o electorales, estaremos desperdiciando una oportunidad histórica, porque el verdadero debate no debería ser solamente cómo mantener el tratado, la discusión debería ser cómo hacerlo más competitivo.
México necesita llegar a esta revisión con una política industrial seria, necesita productividad, necesita financiamiento, necesita innovación, necesita desarrollo tecnológico, necesita impulsar al industrial mexicano con la misma intensidad con la que busca atraer inversión extranjera y necesita, sobre todo, una agenda específica para la frontera.
La frontera norte no puede seguir siendo vista únicamente como una línea divisoria, es el principal laboratorio económico de América del Norte, es donde se genera buena parte del comercio regional, es donde las cadenas de suministro se vuelven realidad, es donde diariamente se pone a prueba la integración que tanto se presume en los discursos. Si existe una región que merece reglas especiales de facilitación comercial, digitalización de trámites, movilidad laboral estratégica y reducción de barreras regulatorias, es precisamente la franja fronteriza.
El Mundial está dejando cifras impresionantes, se proyectan más de 6.5 millones de asistentes, alrededor de 2.6 millones de visitantes internacionales y una derrama económica cercana a los 9 mil millones de dólares en Norteamérica durante el torneo. FIFA incluso prevé romper el récord histórico de asistencia para una Copa del Mundo; pero el verdadero legado no debería medirse en boletos vendidos.
Debería medirse en la capacidad de convertir esta demostración de integración en una estrategia permanente de crecimiento económico, porque cuando termine el Mundial y se apaguen las luces de los estadios, la verdadera competencia comenzará. No será contra Argentina, no será contra Francia, mo será contra Brasil. Será contra Europa, contra China, contra India y contra los BRICS.
Y en ese torneo no ganará quien tenga más aficionados, ganará quien tenga menos burocracia, mayor productividad, más innovación y una mejor política industrial. El Mundial nos está recordando lo que somos capaces de hacer juntos; la revisión del T-MEC definirá si tenemos la inteligencia para aprovecharlo.

Thor Salayandia
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.
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