Con la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, México volvió a ocupar un lugar privilegiado en la conversación global. Más allá del espectáculo deportivo, de las ceremonias y de la expectativa futbolística, el evento nos deja una reflexión más profunda: en una época dominada por algoritmos, pantallas y realidades digitales, seguimos necesitando experiencias capaces de reunirnos alrededor de una emoción compartida.
Vivimos en un mundo hiperconectado y, paradójicamente, cada vez más fragmentado. Las redes sociales prometieron acercarnos, pero con frecuencia terminan encerrándonos en burbujas ideológicas, informativas y emocionales. La tecnología ha multiplicado nuestra capacidad para comunicarnos, aunque no necesariamente para encontrarnos. Por eso resulta tan significativo observar cómo millones de personas pueden detenerse por un instante para mirar en la misma dirección.
El fútbol posee esa capacidad singular. Durante unas horas desaparecen las diferencias sociales, económicas y políticas que suelen dividirnos. El empresario y el obrero, el estudiante y el jubilado, la persona que vive en una gran ciudad y quien habita una comunidad rural encuentran un lenguaje común. No se trata únicamente de un deporte. Se trata de un ritual contemporáneo que nos recuerda que seguimos formando parte de algo más grande que nosotros mismos.
Quizá por eso la inauguración de este Mundial ha despertado tanto entusiasmo. En tiempos marcados por la incertidumbre económica, la violencia y la polarización política, la celebración colectiva adquiere un valor especial. No porque resuelva nuestros problemas, sino porque nos recuerda que aún conservamos la capacidad de compartir esperanza.
Resulta revelador que, mientras la inteligencia artificial avanza a una velocidad vertiginosa y transforma prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida, los momentos que más nos conmueven sigan siendo profundamente humanos. Ningún algoritmo puede reproducir por completo el abrazo espontáneo entre desconocidos después de un gol, la emoción de una familia reunida frente a una pantalla o la ilusión de una niña que observa por primera vez una Copa del Mundo.
La tecnología puede procesar información, predecir patrones y generar contenidos cada vez más sofisticados. Pero la alegría compartida, el sentido de pertenencia y la emoción colectiva siguen perteneciendo al territorio de la experiencia humana. Y quizás ahí resida una de las lecciones más valiosas de este Mundial.
México tiene enormes desafíos por delante. Seguimos enfrentando problemas de seguridad, desigualdad y desconfianza institucional. Sin embargo, eventos como este nos recuerdan que una sociedad no se sostiene únicamente sobre indicadores económicos o debates políticos. También necesita símbolos, encuentros y momentos capaces de fortalecer el tejido comunitario.
Cuando dentro de algunos años recordemos este Mundial, probablemente olvidaremos muchos resultados y estadísticas. Lo que permanecerá será la experiencia de haber celebrado juntos. Porque al final, más allá de cualquier marcador, la verdadera victoria ocurre cuando una sociedad encuentra motivos para reunirse, reconocerse y volver a creer en sí misma.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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