Cuando cambiaron las reglas y nadie escribió las nuevas

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Durante muchos años he escrito sobre política, seguridad pública, gobernanza, democracia y Estado de Derecho. Son temas que siguen ocupando buena parte de mi atención y de mi trabajo. Sin embargo, en tiempos de profunda polarización, incertidumbre y confusión social, resulta imposible ignorar que algunos de los cambios más profundos de nuestra época no están ocurriendo en los gobiernos, los partidos políticos o las instituciones, sino dentro de los hogares, las familias y las relaciones humanas.

Por ello, hoy me permito una reflexión distinta. No sobre el poder, sino sobre las personas. No sobre la política, sino sobre los cambios culturales que están transformando la forma en que hombres y mujeres se relacionan entre sí y con sus hijos. Quizá porque muchas veces los conflictos que observamos en la vida pública tienen su origen en transformaciones mucho más profundas que comienzan en la vida cotidiana.

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Durante buena parte de la historia reciente existió un acuerdo social no escrito entre hombres y mujeres. No era perfecto ni siempre justo, pero resultaba comprensible para la mayoría. El hombre asumía principalmente la responsabilidad económica del hogar y la mujer concentraba gran parte de la crianza y el cuidado de los hijos. Ese modelo tuvo ventajas, limitaciones y sacrificios para ambos.

Sin embargo, en pocas décadas la sociedad cambió con rapidez. La incorporación masiva de la mujer a la educación superior, al mercado laboral y a puestos de liderazgo transformó las relaciones familiares. La igualdad jurídica avanzó y la independencia económica femenina se volvió una realidad para millones de personas. Las antiguas reglas comenzaron a desaparecer.

Lo que no cambió al mismo ritmo fueron las costumbres, las expectativas y las emociones.

Uno de los efectos menos discutidos aparece en la relación entre padres e hijos. Durante generaciones, muchos hombres dedicaron gran parte de su vida a sostener económicamente a sus familias. Salían temprano, regresaban tarde y sacrificaban tiempo personal para pagar escuelas, alimentos, vivienda, vacaciones y todo aquello que permitía a sus hijos crecer en mejores condiciones.

Mientras tanto, era frecuente que la madre acompañara a los hijos en cumpleaños, excursiones, festivales escolares, vacaciones y momentos cotidianos que terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables.

Años después, los hijos suelen recordar con especial cariño a quien estuvo presente en esos momentos. Es natural. Pero a menudo el esfuerzo del padre que hizo posibles esas experiencias recibe menos reconocimiento emocional.

Surge así una paradoja: quien estuvo presente recibe el afecto; quien permitió esa presencia suele quedar en segundo plano.

No se trata de culpar a nadie. Los recuerdos se construyen desde la experiencia vivida. Pero vale la pena preguntarse cuántos padres llegaron a la vejez sintiendo distancia emocional de hijos por quienes trabajaron durante décadas. Ese desapego no siempre nace de la falta de amor, sino del papel que la propia sociedad les asignó.

Otro ámbito donde las reglas parecen no haber terminado de actualizarse es el de la paternidad. Durante décadas se asumió que el interés superior de los hijos estaba naturalmente vinculado a la madre. Aquella idea tenía sentido en una época en que la mayoría de las mujeres permanecían en el hogar y la mayoría de los hombres pasaban la mayor parte del día trabajando fuera de él.

Pero la realidad actual es mucho más compleja. Existen madres que desarrollan exitosas carreras profesionales y pasan largas jornadas fuera de casa, del mismo modo que existen padres profundamente involucrados en la crianza cotidiana de sus hijos. Sin embargo, en ocasiones las instituciones, los jueces e incluso la opinión pública continúan observando estos conflictos a través de categorías heredadas de otro tiempo.

La pregunta ya no debería ser si un niño debe estar con su madre o con su padre por razón de género. La pregunta debería ser quién está realmente en mejores condiciones para ofrecer tiempo, estabilidad, afecto y acompañamiento. La igualdad exige que los derechos de los padres y las madres sean evaluados bajo los mismos criterios.

Algo parecido ocurre con la caballerosidad. Muchos hombres fueron educados para abrir puertas, pagar la cuenta, proteger físicamente a las mujeres de su entorno y asumir ciertas responsabilidades económicas. No necesariamente porque se considerara a las mujeres inferiores, sino porque así se entendían el respeto y la cortesía.

Hoy, una sociedad más igualitaria plantea preguntas legítimas. Si hombres y mujeres tienen los mismos derechos y oportunidades, ¿deben mantenerse esas obligaciones tradicionales? ¿Debe seguir existiendo la expectativa de que el hombre pague la primera cita o sea el principal proveedor económico? ¿Debe seguir sintiéndose obligado a asumir gastos extraordinarios por simple costumbre mientras ambos cuentan con capacidades económicas semejantes?

No hay respuestas universales, pero la discusión es necesaria.

También han cambiado profundamente las reglas del cortejo. Durante generaciones se esperaba que fuera el hombre quien tomara la iniciativa, se acercara, invitara a salir, expresara interés y asumiera el riesgo del rechazo. Formaba parte del aprendizaje masculino.

Hoy las relaciones entre hombres y mujeres se desarrollan en un contexto mucho más complejo. La mayor autonomía femenina ha generado nuevas formas de interacción, pero también cierta incertidumbre respecto de las conductas que antes parecían claramente definidas. Muchos hombres fueron educados para dar el primer paso y hoy encuentran dificultades para interpretar cuáles son los límites aceptables de esa iniciativa.

La consecuencia no siempre es el conflicto, sino la incertidumbre. Las reglas antiguas desaparecieron, pero las nuevas aún no terminan de consolidarse. Mientras algunas mujeres consideran natural que exista una iniciativa masculina, otras esperan una interacción completamente distinta. En medio de ambas expectativas, no pocos hombres se sienten inseguros respecto de conductas que durante generaciones fueron consideradas normales.

La misma incertidumbre aparece en la definición del papel masculino dentro de la familia y de la sociedad. Durante siglos, el hombre fue educado para ser proveedor, protector y sostén económico. Hoy, cuando la independencia económica femenina constituye uno de los mayores avances sociales de nuestro tiempo, surge una pregunta que rara vez se formula abiertamente: si el hombre ya no es definido principalmente por su capacidad para proveer, ¿cómo redefine su identidad?

No se trata de una pérdida de privilegios, sino de una transformación profunda de la forma en que muchos hombres entienden su utilidad, su responsabilidad y su lugar dentro de la familia y de la comunidad.

Por otra parte, los cambios culturales también han generado nuevas exigencias para las mujeres, que hoy enfrentan simultáneamente presiones profesionales, familiares y personales que generaciones anteriores no conocieron con la misma intensidad.

El problema no es la igualdad. Esta ha ampliado libertades y oportunidades para millones de personas. El desafío es que las leyes cambiaron más rápido que las costumbres. Se redefinieron derechos, pero no siempre quedaron claras las responsabilidades y expectativas que organizan la convivencia cotidiana.

Quizá por eso hombres y mujeres se encuentran a menudo entre dos mundos: uno que ya desapareció y otro que aún no termina de construirse.

Quizá por ello la soledad masculina se ha convertido en un fenómeno cada vez más visible. No pocos hombres llegan a la vejez después de una vida de trabajo, obligaciones y responsabilidades para descubrir que construyeron patrimonio, estabilidad y oportunidades para los demás, pero no necesariamente vínculos afectivos tan sólidos como los que imaginaron.

Algunos dedicaron décadas enteras a cumplir con aquello que la sociedad esperaba de ellos. Y cuando las reglas cambiaron, descubrieron que nadie había explicado cuáles eran las nuevas.

La verdadera igualdad no consiste en intercambiar privilegios ni acumular agravios históricos. Consiste en construir relaciones donde derechos y obligaciones sean comprendidos y asumidos por ambas partes.

Porque cuando las reglas antiguas desaparecen y las nuevas nunca se escriben, no surge la igualdad. Surge la incertidumbre.

ADN Fernando Schutte
Fernando Schütte Elguero

Empresario inmobiliario, maestro, escritor, y activista en seguridad pública. Destacado en desarrollo de infraestructura y literatura.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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