Hay hechos que en cualquier país funcional serían escándalo de Estado. En México, en cambio, se diluyen entre comunicados, silencios y versiones contradictorias. Lo ocurrido recientemente con Aureliano Guzmán Loera (hermano de Joaquín Guzmán Loera) es uno de esos casos que desafían la lógica institucional.
Un operativo con participación del Ejército mexicano, fuerzas federales e incluso bajo el contexto de cooperación con agencias estadounidenses, logra capturar a piezas clave de su estructura… pero no al objetivo central. El resultado: detenidos relevantes, armamento asegurado, un golpe táctico… y, sin embargo, el capo escapa. Otra vez. Diversos reportes apuntan a la detención de integrantes cercanos a “El Guano”: operadores logísticos, células de seguridad, mandos intermedios. Es decir, se golpeó la periferia inmediata del objetivo.
En cualquier doctrina de captura de alto valor, eso implica que el cerco estaba avanzado. Y sin embargo, el objetivo no aparece. Esto abre tres hipótesis operativas, ninguna cómoda. Primera hipótesis: filtración. La más recurrente en México. El objetivo fue alertado con antelación suficiente para evadir el punto de contacto. No implica necesariamente traición abierta (basta una cadena vulnerable municipal, estatal o incluso federal para comprometer toda la operación). La historia reciente está llena de casos donde el factor sorpresa se pierde antes de ejecutarse. Y sin sorpresa, no hay captura.
Segunda hipótesis: error táctico. Fallas en inteligencia en tiempo real, mala lectura del terreno o simplemente un desfase entre la información y la ejecución (el objetivo estaba… pero ya no cuando llegaron). Este tipo de errores ocurre incluso en ejércitos altamente profesionalizados, pero aquí el problema es la recurrencia. Tercera hipótesis: neutralización no declarada. En operaciones de alto riesgo (especialmente en zonas rurales o serranas), no siempre hay condiciones para capturar. Puede haber enfrentamientos, bajas, dispersión de cuerpos o imposibilidad de recuperación inmediata. En ese escenario, existe una posibilidad: que el objetivo haya sido abatido, pero sin confirmación oficial. ¿Por qué no se diría?
Porque declarar la muerte de un objetivo sin cuerpo genera un problema mayor (credibilidad) y hacerlo sin pruebas sólidas abre flancos políticos, legales y diplomáticos (más aún si hubo presión o participación de inteligencia extranjera). También existe otra variante más delicada: que sí se sepa, pero no convenga decirlo (en el ajedrez del crimen organizado, la ambigüedad también es poder). Más allá de cuál hipótesis sea correcta, el problema de fondo es otro: el gobierno mexicano vuelve a mostrar que puede golpear, pero no cerrar. Se capturan piezas, se asegura armamento, se comunica éxito parcial, pero el objetivo estratégico (la cabeza) se mantiene fuera del alcance o fuera de la narrativa. Y eso tiene consecuencias.
Cada operación inconclusa erosiona la percepción de control. Cada fuga (real o percibida) fortalece el mito del poder criminal. Cada silencio institucional abre espacio a versiones alternativas, muchas de ellas más creíbles que la oficial. Lo que queda no es sólo la duda sobre “El Guano”. Es la confirmación de un patrón: en México, incluso cuando el gobierno parece tener la ventaja táctica, algo ocurre en el último momento. Algo falla, algo se filtra… o algo no se cuenta. Y en seguridad, lo que no se explica, se interpreta (y casi siempre, se interpreta en contra del gobierno).

Fernando Schütte Elguero
Empresario inmobiliario, maestro, escritor, y activista en seguridad pública. Destacado en desarrollo de infraestructura y literatura.
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