Crisis bilaterales y tiempos políticos

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Desde algunas perspectivas científicas resulta irrelevante la concepción del pasado y el futuro en sí mismos. Lo importante, lo que nos preocupa, y el verdadero motivo por el que los seres humanos hemos establecido los parámetros de “pasado y futuro”, se centra en el llamado “incremento del desorden”, o la tendencia a que las cosas empeoren[1]. En esta tendencia, la humanidad ha instituido, consciente o inconscientemente, una manera de auto referirse a partir del manejo o la administración de recursos encaminados a sobrellevar, e intentar redefinir esa “tendencia a empeorar”, misma que además podríamos caracterizar por tener picos o coyunturas a las que hemos denominado “crisis”.

En este contexto, una crisis generalmente sirve para acelerar procesos de cambios y transformaciones de paradigmas en el pensamiento, toda vez que modifican nuestras perspectivas, moldean nuestras decisiones, ponen a prueba nuestras acciones, y retan nuestras capacidades.

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Así, podemos apreciar que en toda crisis destacan al menos dos elementos que las hacen muy interesantes para quienes las observamos e intentamos entenderlas, especialmente en cuanto a las crisis políticas se refiere.

Por un lado, está el manejo del tiempo que, como suele comentar Marcelo Ebrard, “es todo en política”. Es decir, en política, la administración del tiempo, como recurso, representa la posibilidad de gestionar el uso de otros elementos de poder, dosificar nuestra presencia, ausencia y atención, o desplegar nuestras capacidades, para poder adelantar eventos en “el desorden”, construyendo el espacio que se requiere para aprovechar el segundo elemento de interés, que es la propia crisis.

En esta línea de pensamiento, John F. Kennedy (al reflexionar sobre la crisis del sistema educativo estadounidense derivada de la segregación racial), alguna vez recordó que “Cuando se escribe en chino, la palabra crisis se compone de dos caracteres, uno que representa el peligro y el otro la oportunidad”[2].

Consecuentemente podemos afirmar que las crisis políticas en general, y las crisis de los gobiernos en particular, implican la posibilidad de potenciar riesgos y oportunidades a partir del “manejo del tiempo” que las y los actores políticos pueden desplegar. En este mismo sentido, podemos entender que la habilidad del político puede apreciarse como mayor o menor, en función de su capacidad de respuesta, pues como sugiere el historiador Arthur M. Schlesinger, “el político que espera demasiado para estar seguro de sus actos corre el riesgo de perder la oportunidad de dominar el curso de los acontecimientos”[3].

Sin duda alguna, el gobierno que encabeza nuestra presidenta, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, hoy está en medio de una crisis en el marco de nuestra relación bilateral con la potencia armada más importante del mundo, con un liderazgo realista, y bajo un contexto de la lucha binacional contra la delincuencia organizada.

Como podía esperarse, para esta fecha ya muchas plumas han escrito interminables columnas cargadas de especulaciones, chismes, algunas con información confiable, y otras con apreciaciones cargadas de filias o fobias, por lo que este espacio no se sumará más en ese sentido. Sin embargo, sí se aprecia pertinente observar que uno de los reflejos del manejo político ante coyunturas y crisis, desde la perspectiva de quienes han sido titulares del Poder Ejecutivo Federal en México, está en los movimientos de las distintas titularidades en los gabinetes presidenciales.

Al respecto Miguel De la Madrid Hurtado planteó al menos 12 cambios durante su sexenio, sólo tres de ellos se podrían entender en la lógica de un establecimiento velado de responsabilidades, tras los primeros momentos de la crisis del terremoto de 1985. No obstante, es inquietante observar que no registró cambios en las áreas que pudiesen haber estado vinculadas como responsables institucionales en el caso de la crisis del asesinato de “KiKi Camarena”.

Por su parte, Carlos Salinas de Gortari realizó alrededor de 26 cambios en su gabinete. Por lo menos seis movimientos fueron en las áreas del gabinete con alguna responsabilidad institucional sobre las dos crisis más importantes de su sexenio – la muerte de su candidato y la aparición del famoso movimiento indígena de carácter guerrillero detonado en tierras chiapanecas-, como una suerte de sanción de incapacidades o negligencias, desde el poder presidencial.

Posteriormente, Ernesto Zedillo Ponce De León instruyó un mínimo de 24 modificaciones en su gabinete durante todo el sexenio. Entre estas, nueve se vinculan a la reacción con motivo de la crisis económica. Aquí es importante señalar que, en el punto más tenso en la relación bilateral, justo después del operativo “Casa Blanca”, dado a conocer el 18 de mayo de 1998, no se registraron cambios.

Iniciando el presente siglo, Vicente Fox Quezada llevó a cabo alrededor de 22 ajustes en su gabinete, tres movimientos fueron atribuibles a las consecuencias del deceso del secretario Ramón Martín Huerta, y 10 se inscribieron en el marco del conflicto por el desafuero y la inestable elección presidencial de 2006. En ese sexenio, los cambios en la representación de México ante el Consejo de Seguridad de la ONU (no contabilizado como parte del gabinete, pues no lo era) y en la Secretaría de Relaciones Exteriores, bajo ciertas consideraciones, también podrían apreciarse como una sanción del presidente a su equipo, al no poder transmitir o leer la importancia del cambio de temas prioritarios en la agenda bilateral.

Con respecto a Felipe Calderón Hinojosa se cuentan 26 cambios en su gabinete, entre estos, cuatro movimientos fueron forzados por crisis de seguridad, y una licencia que, aunque oficialmente se argumentaron otros motivos, se puede atribuir a la crisis derivada de la difusión de la investigación del Congreso de los Estados Unidos sobre el operativo Gunrunner, popularmente conocido como Rápido y Furioso.

En cuanto a Enrique Peña Nieto, su administración sumó 24 modificaciones en el gabinete. Entre estas, dos licencias se pueden atribuir a la crisis de seguridad.

El caso de Andrés Manuel López Obrador se registran 22 cambios en su gabinete. Entre estos, si se atribuyen méritos de crisis política a un escándalo mediático, al menos 4 podrían calificar como algún tipo de ajuste derivado de una crisis política. Cabe mencionar que, en el peor momento de la relación bilateral, quizá ubicable durante la detención del general en retiro Salvador Cienfuegos, no se registraron cambios en las áreas responsables de la gestión de ese conflicto.

Sin lugar a duda, el nivel de conflicto implícito en la presente crisis política bilateral, caracterizada por los señalamientos en EEUU sobre la participación de funcionarios mexicanos en estructuras delincuenciales, no ha sido enfrentado por ningún otro presidente, al menos desde el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena en territorio nacional.

Así, podemos sostener que ni la operación Casa Blanca de 1998, ni la falta de empatía del presidente Fox para entender los cambios de prioridades en EEUU tras los atentados del 9/11, ni el operativo “Fast and Furious”, tampoco la restricción en la cooperación bilateral contra la delincuencia a una “ventanilla única”, durante la presidencia de Peña Nieto, o la detención de un exsecretario de Defensa de nuestro país en territorio estadounidense, representan un reto para aprovechar oportunidades, o evitar riesgos, como el que actualmente parece que empezamos a experimentar.

Asimismo, es importante considerar que tal vez, como en ningún otro caso previo, el tiempo inevitablemente nos traerá riesgos y oportunidades que puede dificultar o mejorar las condiciones para enfrentar esta crisis, si consideramos por poner algunos ejemplos: la elección de medio término en los EEUU y sus posibles consecuencias, el avance del calendario electoral en nuestro país, o los cambios en los escenarios internacionales, regionales y bilaterales con respecto a temas económicos, humanitarios e incluso bélicos.

Consecuentemente podremos apreciar algún tipo de parámetro para observar la dificultad del conflicto político actual de la relación bilateral, y sus efectos en nuestra política interna, quizá a unos años después de que termine o disminuyan las diferencias entre las perspectivas de ambos gobiernos sobre el abordaje que se debe dar al combate al narcotráfico. Cualquier otra cosa que se pueda decir pertenece al terreno de las especulaciones.

Por lo pronto, para nuestra presidenta sólo queda darle el apoyo que como mexicanas y mexicanos debemos a nuestras instituciones, y recordarle que, en el manejo de esta crisis, tal vez le sea útil aplicar lo que dice el soneto de Renato Leduc, convertido en una popular canción: “sabia virtud de conocer el tiempo, a tiempo amar…y desatarse a tiempo”.

Fuente Bibliogáfica


[1] Véase “La dirección del tiempo” en Stephen W Hawking, La teoría del todo, Debolsillo, México, 2007

[2] Remarks of Senator John F. Kennedy, Convocation of the United Negro College Found, Indianapolis, Indiana, April 12, 1959. Disponible en https://www.jfklibrary.org/archives/other-resources/john-f-kennedy-speeches/indianapolis-in-19590412

[3] Denis Jeambar, Elogio de la traición, Gedisa, Barcelona, 2008, P.23

Raen Sanchez
Raen Sánchez Torres

Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.

Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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