Hay líneas que no deberían cruzarse nunca, por Ley pero sobretodo por ética.
Lo ocurrido recientemente en Ciudad Juárez, donde estudiantes de nivel medio superior fueron convocados a un evento que terminó teniendo tintes políticos, no es un hecho menor. Es una clara seña de cómo, poco a poco, lo institucional empieza a confundirse con lo partidista, sobretodo cuando se avecinan tiempos electorales.
De acuerdo con las denuncias ante los medios de comunicación del alcalde de la ciudad, jóvenes de preparatoria principalmente del Colegio de Bachilleres fueron llamados bajo un argumento académico o preventivo, para terminar en un espacio donde la figura del alcalde de la capital, Marco Bonilla tuvo protagonismo, por cierto uno de los personajes con intenciones de postularse para Gobernador.
Al final según versiones de los jóvenes ahí presentes no se les habló del tema que supuestamente motivaba el evento, lo que quedó claro es que ese evento no es participación. Eso es utilización.
Porque cuando un estudiante acude a un evento convocado desde una institución educativa, no lo hace como ciudadano libre: lo hace desde la confianza en la autoridad que lo formó.
Confianza que no puede convertirse en herramienta política.
El problema no es que un funcionario hable con jóvenes. Eso es necesario.
El problema es cuando se borra la línea entre informar y posicionarse.
Cuando se utilizan estructuras educativas, recursos públicos o convocatorias institucionales para construir imagen, aparte de la norma electoral, se rompe la neutralidad del Estado.
Y hay algo aún más preocupante en todo esto; La insistencia en llenar espacios con jóvenes que, en muchos casos, ni siquiera tienen edad para votar, no habla de participación ciudadana. Habla de otra cosa.
Habla de una política que empieza a confundir presencia con respaldo.
De una urgencia por mostrar músculo, aunque ese músculo no represente todavía una decisión libre en las urnas.
Es claro que cuando se recurre a estudiantes para proyectar fuerza, lo que se exhibe no es convocatoria… es necesidad, que apoyada de estructuras institucionales, deja de ser estrategia y empieza a parecer desesperación.
No es nuevo, de hecho este tipo de actos se vuelve común es la víspera de elecciones. Solo llamo la atención como le cambiaron la forma.
Antes se hablaba de acarreo en camiones. Hoy hablamos de convocatorias disfrazadas de talleres. Antes eran plazas públicas. Hoy son auditorios escolares.
El fondo, sin embargo, es el mismo: usar a las personas como medio, no como fin.
Pero cuando eso ocurre con jóvenes, el daño es mayor. No solo se les involucra en dinámicas políticas que no eligieron plenamente, sino que se les enseña —de manera silenciosa— que el poder puede usar cualquier espacio para posicionarse.
Y ese es el peor aprendizaje posible.
La política debe formar ciudadanía, no aprovecharse de ella.
Debe inspirar, no inducir, convocar desde la libertad, no desde la estructura.
Si normalizamos que las aulas se conviertan en plataformas políticas, entonces dejamos de educar para la democracia… y empezamos a entrenar para la obediencia.
Cierro mi reflexión diciendo que; la diferencia entre convocar y utilizar no está en el discurso… está en la intención.

Karina Villegas
Activista social, licenciada en Administración de Empresas por el ITCJ y emprendedora con enfoque humano. Cree firmemente en que la participación ciudadana transforma realidades. Desde cada espacio que ocupa, impulsa causas que fortalecen la voz colectiva y la construcción de comunidad con visión solidaria y acción constante.
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