¿Y México? China ya reconfigura el conocimiento

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China está rediseñando qué tipo de conocimiento considera necesario para el futuro. No se trata de una reforma educativa menor ni de ajustes administrativos aislados, sino de una transformación profunda que revela cómo un Estado decide qué saberes deben sobrevivir y cuáles pueden volverse prescindibles. En apariencia, la noticia puede parecer alarmante: universidades que cierran carreras, programas que desaparecen, disciplinas que se fusionan. Pero detrás de estos movimientos no hay improvisación, sino una lógica precisa que obliga a replantear el sentido mismo de la educación contemporánea.

Sí hay recortes, y no son aislados. Diversas universidades han comenzado a eliminar o reducir programas en áreas como humanidades, artes y algunas ciencias sociales. Estas decisiones no responden únicamente a la baja demanda estudiantil, sino a una política más amplia de alineación entre educación y desarrollo nacional. La universidad deja de ser un espacio autónomo de producción de conocimiento y se convierte en una extensión estratégica del proyecto estatal. Lo que no contribuye directamente a ese proyecto comienza a perder legitimidad.

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Sin embargo, sería un error simplificar el fenómeno diciendo que “la inteligencia artificial está reemplazando carreras”. La narrativa de sustitución tecnológica es atractiva, pero superficial. China no está eliminando disciplinas porque las máquinas puedan hacer lo mismo, sino porque esas disciplinas, en su forma actual, ya no son consideradas estratégicas. Es una diferencia crucial. No se trata de incapacidad humana frente a la máquina, sino de una redefinición del valor del conocimiento en función de su utilidad.

Y aquí aparece el criterio central: la utilidad estratégica. El conocimiento que se privilegia es aquel que contribuye al desarrollo tecnológico, a la innovación productiva y a la soberanía nacional. La educación deja de organizarse en torno a la formación integral del individuo y se orienta hacia la construcción de capacidades específicas que respondan a necesidades concretas del Estado. Saber ya no es comprender el mundo, sino intervenir en él de manera eficaz.

En contraste, lo que crece lo hace de manera acelerada. Carreras vinculadas a la inteligencia artificial, la robótica, la ciencia de datos, los semiconductores y la biotecnología no sólo se expanden, sino que se convierten en ejes prioritarios. Se incrementan matrículas, se abren nuevos programas y se canalizan recursos hacia estas áreas. El mensaje es claro: el futuro no se piensa desde la contemplación, sino desde la producción tecnológica.

Entonces, ¿la inteligencia artificial está sustituyendo profesiones? La respuesta es más matizada. No las sustituye directamente, pero sí transforma radicalmente su naturaleza. Las profesiones dejan de centrarse en la ejecución para desplazarse hacia la supervisión, la gestión y la integración de sistemas automatizados. El traductor ya no traduce como antes; el diseñador ya no diseña desde cero; el fotógrafo ya no depende exclusivamente de la captura de lo real. Todos operan en diálogo —o en tensión— con sistemas que producen, sugieren y optimizan.

Aquí se encuentra lo verdaderamente radical. No estamos sólo ante un cambio en el mercado laboral, sino ante una transformación en la producción simbólica. Si las imágenes, los textos y los diseños pueden ser generados por sistemas, entonces el papel del sujeto creador se redefine. Ya no es necesariamente quien produce, sino quien selecciona, dirige o legitima. La creación se desplaza hacia la curaduría de posibilidades generadas por máquinas. Este cambio no es técnico, es ontológico.

La lectura crítica de este proceso es inevitable. Si el criterio dominante es la utilidad, ¿qué ocurre con el pensamiento crítico? ¿Qué lugar queda para disciplinas cuyo valor no es inmediato ni cuantificable? Existe el riesgo de que la educación se convierta en un sistema de entrenamiento orientado exclusivamente a la eficiencia, dejando de lado su dimensión formativa, reflexiva y humanista. La pregunta no es menor: ¿puede una sociedad sostenerse únicamente sobre conocimientos útiles en términos económicos y tecnológicos?

China está reorganizando el conocimiento bajo una lógica de utilidad tecnológica, económica y estratégica. Y la pregunta que emerge, inevitablemente, es si México y su gobierno tienen esto en mente. ¿Existe una visión clara sobre qué conocimientos necesitamos como país? ¿Se está pensando en términos de soberanía tecnológica o seguimos operando desde la dependencia? Adoptar tecnologías no es lo mismo que producirlas, y formar usuarios no equivale a formar creadores de sistemas. En un mundo donde el conocimiento define el poder, no decidir qué tipo de conocimiento fomentar es, en sí mismo, una forma de renuncia.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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