Cada año pasa lo mismo. Llega el 8 de marzo, miles de mujeres salen a las calles y, casi al mismo tiempo, aparece un fenómeno muy curioso: una epidemia de analistas de redes sociales. Gente que el resto del año no habla de violencia, ni de desaparecidas, ni de desigualdad… pero que ese día despierta con un doctorado imaginario en feminismo, orden público y moral ciudadana.
Es casi una tradición nacional. Tan puntual como la marcha misma.
Porque mientras miles de mujeres caminamos juntas, alguien desde la comodidad de su sillón está listo para dictar sentencia sobre cómo deberíamos protestar, cómo deberíamos comportarnos o incluso cómo deberíamos sentir.
Y no falla. Cada año se repite.
Pero la realidad de una marcha del 8M no se entiende desde un video de treinta segundos en Facebook ni desde un meme compartido con indignación selectiva. La realidad de una marcha se siente caminando.
Se siente cuando empiezas a ver llegar a mujeres de todas las edades.
Se siente cuando ves a una niña tomada de la mano de su mamá.
Se siente cuando una adolescente grita consignas con una voz que mezcla coraje y esperanza.
Se siente cuando una señora mayor camina despacio, pero no se queda atrás.
Y sobre todo se siente cuando empiezas a ver los carteles.
Ahí es donde la marcha deja de ser una noticia y se convierte en algo profundamente humano.
Carteles con nombres.
Con fotos.
Con fechas.
“Nos falta una.”
“Vivas se las llevaron, vivas las queremos.”
En ese momento entiendes que muchas de las que caminan no lo hacen solo por convicción política o por activismo. Caminan por alguien que ya no está.
Y ahí cambia todo.
Porque una marcha del 8M también es un espacio de duelo compartido. Un lugar donde una madre que perdió a su hija ya no está sola. Donde una hermana encuentra eco para su rabia. Donde una amiga puede gritar el nombre de quien ya no puede hacerlo.
Caminamos juntas, sí. Pero también cargamos historiaspesadas.
Quien ha estado ahí lo sabe.
Entre consignas también hay abrazos.
Entre gritos también hay lágrimas.
Entre pancartas también hay manos que se toman sin conocerse.
La sororidad no es un concepto bonito para poner en un discurso. En la marcha se vuelve algo real. Se vuelve agua compartida, protector solar prestado, una desconocida que te dice “¿estás bien?” cuando ve que te quedaste atrás.
Nos cuidamos entre nosotras.
Nos acompañamos.
Nos escuchamos.
Y en medio de todo eso también hay coraje. Mucho.
Porque la memoria duele.
Duele recordar que México sigue siendo un país donde miles de mujeres desaparecen cada año. Duele saber que muchas denuncias nunca llegan a nada. Duele escuchar historias que podrían ser la de cualquiera de nosotras.
Por eso se grita.
Se grita fuerte.
Se grita con rabia.
Se grita con el corazón.
No por moda. No porque alguien nos manipule. Se grita porque hay cosas que ya no debe seguir en el silencio.
Sin embargo, cada año alguien decide que el problema no es la violencia que vivimos, sino la forma en que protestamos.
De pronto aparecen los expertos del teclado.
Los que preguntan por qué marchamos si “ya tenemos derechos”.
Los que dicen que así “no se logra nada”.
Los que reducen todo a un video de diez segundos donde alguien rompió algo.
Como si la historia de las mujeres pudiera resumirse en un clip viral.
La realidad es más compleja. Mucho más.
La marcha incomoda porque recuerda algo que muchos prefieren ignorar: que todavía hay deudas enormes con las mujeres en este país.
Y no se trata de una guerra entre hombres y mujeres, como a veces intentan simplificarlo. Se trata de exigir que lo que ya está escrito en las leyes pueda vivirse en la realidad.
Derecho a vivir sin miedo.
Derecho a caminar seguras.
Derecho a decidir sobre nuestras vidas.
Derechos que existen… pero que todavía no todas podemos ejercer con libertad.
Por eso marchamos.
Marchamos para recordar.
Marchamos para acompañar.
Marchamos para decir que no vamos a olvidar.
Y sí, también marchamos para incomodar.
Porque la historia nos ha enseñado algo muy claro: los cambios importantes rara vez nacen desde la comodidad.
Nacen cuando alguien se atreve a levantar la voz.
Cada 8 de marzo la ciudad se llena de morado, de consignas, de historias y de memoria. Y aunque algunos prefieran reducirlo a polémicas de redes sociales, quienes hemos caminado ahí sabemos que la marcha es mucho más que eso.
Es un recordatorio colectivo de que seguimos aquí.
De que seguimos luchando.
Y de que, aunque a algunos les incomode todos los años, las mujeres no vamos a dejar de salir a la calle para exigir un país donde vivir no sea un acto de valentía.
Porque si algo ha quedado claro, es que la incomodidad de una marcha dura unas horas.
Pero la injusticia que la provoca lleva décadas.
Y esa, aunque a muchos les cueste admitirlo, es la verdadera conversación que todavía tenemos pendiente.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


