No era transformación: era concentración

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_Al obradorismo no lo está desnudando la oposición._ -*Lo están desnudando los suyos.*

Y eso pesa más.

Porque una cosa es que un adversario acuse excesos, abusos o simulaciones. Otra muy distinta es que la radiografía del poder venga desde dentro, desde alguien que estuvo sentado en la mesa donde se tomaban decisiones, donde se repartían encargos, donde se construía la narrativa y donde se decidía quién servía y quién sobraba.

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Eso es lo verdaderamente incómodo de Ni venganza ni perdón: que no retrata solamente una ruptura personal. Retrata la degradación de un proyecto que llegó al poder prometiendo limpiar la vida pública y terminó devorado por varias de las mismas prácticas que dijo venir a erradicar.

No es poca cosa.

Durante años se nos vendió la idea de una transformación histórica. Una sacudida moral. Una regeneración del país. Una ruptura con la vieja política. Pero cuando uno mira el fondo del retrato que empieza a emerger, lo que aparece no es una nueva cultura democrática. Aparece lo de siempre: poder concentrado, lealtades ciegas, operadores intocables, control del discurso y castigo para el que se mueve de la línea.

O dicho de forma más brutal:
no desmontaron el viejo régimen; lo reocuparon.

Con otros códigos.
Con otro lenguaje.
Con otra liturgia.
Pero con la misma obsesión de siempre: controlar, disciplinar, blindar al líder y aplastar cualquier disidencia interna antes de que se convierta en problema político.

La frase que resume esa lógica es demoledora: 90 por ciento lealtad, 10 por ciento capacidad.

Si ese fue el criterio real de operación, entonces que nadie se atreva a seguir hablando de transformación institucional. Eso no es transformación. Eso es facción. Eso es caudillismo con marketing moral. Eso es usar el poder no para construir Estado, sino para construir obediencia.

Y cuando la obediencia vale más que la capacidad, el resultado tarde o temprano se pudre.

Se pudre la administración.
Se pudre la conversación pública.
Se pudre la toma de decisiones.
Se pudre el vínculo entre gobierno y realidad.

Porque un gobierno que premia la lealtad por encima del mérito no se vuelve más fuerte. Se vuelve más torpe. Más cerrado. Más frágil frente a la verdad. Más dependiente de su propia propaganda.

Ahí entra otro de los grandes venenos del sexenio: la conversión de la comunicación pública en aparato de control. No para informar. No para rendir cuentas. No para explicar decisiones. Sino para proteger al presidente, administrar la narrativa, fabricar enemigos y convertir cualquier crítica en ataque político.

Ese fue uno de los grandes fraudes del obradorismo: hacer pasar propaganda por pedagogía, confrontación por valentía y control narrativo por verdad pública.

Y sí, funcionó durante mucho tiempo.

Funcionó porque había carisma.
Funcionó porque había agravio social acumulado.
Funcionó porque había un país harto de corrupción y de cinismo.
Funcionó porque muchísima gente quiso creer.

Pero una cosa es ganar con legitimidad y otra gobernar con altura. Y ahí fue donde el proyecto empezó a exhibir sus costuras: demasiada épica para tan poca autocrítica; demasiada concentración para tan poca institucionalidad; demasiado discurso moral para un ejercicio del poder cada vez más parecido al de siempre.

Porque ese es el fondo del asunto: el obradorismo convirtió la crítica interna en traición.

Y cuando un movimiento político entra en esa etapa, ya empezó a descomponerse.

Se encierra.
Se reduce.
Se radicaliza.
Se vuelve incapaz de corregirse.
Empieza a confundir lealtad con verdad.
Y termina creyendo que cuidar al líder es más importante que corregir el rumbo.

En ese tipo de estructuras, el que duda estorba.
El que cuestiona incomoda.
El que discrepa sobra.
Y el que sale, paga.

Por eso este libro importa políticamente, más allá de las cuentas personales que claramente también carga. Porque deja ver que detrás del discurso redentor había una maquinaria mucho más vieja de lo que se admitía: una lógica de círculo, de control, de operación interna, de venganzas envueltas en causa pública y de poder ejercido desde la fidelidad, no desde la institución.

Eso explica muchas cosas.
Explica por qué la militarización avanzó sin pudor pese a promesas en sentido contrario.
Explica por qué se llenó el gobierno de perfiles cuya mayor virtud era la cercanía.
Explica por qué la comunicación dejó de servir para transparentar y empezó a servir para intimidar.
Explica por qué el presidente, rodeado cada vez por menos voces reales, terminó encerrado en un ecosistema donde disentir era casi pecado político.

Y aquí hay una lección que México no quiere aprender nunca: los proyectos que se dicen moralmente superiores suelen ser los que más rápido se sienten autorizados para aplastar los contrapesos.

Porque creen que su causa justifica el método.
Porque creen que su legitimidad los absuelve.
Porque creen que, por venir del “lado correcto de la historia”, ya no necesitan límites.

Ahí es donde empieza la caída.

No cuando se equivoca una política pública.
No cuando estalla un pleito interno.
No cuando un excolaborador publica su versión.

La caída empieza cuando el poder deja de tolerar la crítica y empieza a necesitar obediencia emocional para sobrevivir.

Eso fue, en buena medida, el obradorismo en el poder: un proyecto que hablaba en nombre del pueblo, pero que internamente operaba con la lógica de un grupo cerrado. Un movimiento que presumía transformación, pero que fue reproduciendo reflejos autoritarios, cerco narrativo y una peligrosa alergia a la discrepancia.

Y entonces la pregunta ya no es si Scherer tiene o no sus propios intereses al contar esta historia. Claro que los tiene. Todo actor de poder los tiene. La pregunta importante es otra: ¿por qué un proyecto que prometió cambiar la historia de México terminó necesitando las mismas miserias del poder para sostenerse?

Ahí está la herida.
Ahí está la contradicción.
Ahí está la verdadera nota.

Porque al final no fue la oposición la que mejor retrató los límites de la llamada transformación.
Fueron sus propias entrañas.

Y cuando un movimiento empieza a ser desmentido por los que lo construyeron, lo que está en crisis no es solo su imagen.
Es su verdad.

La tragedia del obradorismo no es haber fallado. Todos los gobiernos fallan.
La tragedia es haber prometido una transformación moral y terminar administrando el poder con obediencia, miedo y control del relato.

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Marisela R. Sánchez

Analista política y comunicadora, interesada en los cruces entre el poder, la rendición de cuentas y la ciudadanía en Ciudad Juárez.

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