Hablar de violencia contra las mujeres suele llevarnos, casi de manera automática al golpe, a la denuncia, a la nota roja. Es comprensible: ahí es donde el daño es visible. Sin embargo, después de escuchar y conversar con la directora del Instituto Municipal de las Mujeres de Ciudad Juárez, Elvira Urrutia queda claro que la violencia más extendida no siempre deja marcas en el cuerpo, pero sí huellas profundas en la vida cotidiana.
En Ciudad Juárez, las cifras de violencia familiar encabezan las denuncias a nivel nacional. Ese dato, por sí solo, debería obligarnos a mirar más allá del titular. Porque detrás de cada carpeta de investigación hay historias que comenzaron mucho mucho antes de que alguien decidiera denunciar.
Comenzaron con palabras, con silencios, con controles normalizados, con prácticas que aprendimos a tolerar sin cuestionarlas.
La entrevista dejó algo muy claro: la violencia no aparece de golpe se construye y muchas veces lo hace en pequeñas “islas” dentro de la familia, del trabajo, de la convivencia diaria.
Desde comentarios que minimizan, decisiones impuestas, humillaciones disfrazadas de broma, miedos que se callan para evitar conflictos. Todo eso forma parte de lo que el violentómetro coloca desde su primer renglón y que, por costumbre, seguimos restándole importancia.
Reconocer esto implica un ejercicio incómodo pero necesario: aceptar que cualquiera puede ser víctima, pero también que cualquiera puede ejercer violencia sin nombrarla así, no desde la maldad, sino desde lo aprendido , desde lo que se repite, desde lo que se normaliza.
Parte de la solución no está solo en las instituciones aunque su trabajo es indispensable, también está en nosotros.
Dejemos de aceptar prácticas que dañan, aunque “así se hayan hecho siempre”. Aprendamos a identificar cuando algo no está bien y en detenernos antes de cruzar líneas que luego parecen invisibles y sin retorno.
Nombrar la violencia cotidiana no es exagerar, es prevenir, cuestionarla no es confrontar, es responsabilizarnos.
Porque mientras sigamos creyendo que la violencia comienza solo cuando hay golpes, seguiremos llegando tarde.
Denunciar sigue siendo fundamental, no permitir, también, hablar, pedir ayuda y acudir a las instancias correspondientes no es una falla personal, es una decisión de cuidado y de protección.
Pero ese paso se fortalece cuando antes hacemos algo igual de importante: autoevaluarnos dentro del núcleo familiar, revisar cómo hablamos, cómo resolvemos conflictos, cómo ejercemos el poder y cómo ponemos límites.
Solo si somos capaces de identificar y corregir la violencia en lo más cercano en casa, en la pareja, en la crianza podremos exigir coherencia y cambios hacia afuera.
La transformación no inicia en el último renglón del violentómetro, sino en el primero. Entender que la violencia comienza cuando decidimos callar, permitir y repetir aquello que nos ha lastimado. Cuando decidimos dejar que la costumbre nos destruya.


