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    enero 12, 2026 | 11:09

    Cuando la música dice no: Café Tacuba frente al poder del streaming.

    Publicado el

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    La noticia apareció a inicios de enero de 2026 y aun así, no sonó como noticia tradicional. Café Tacuba pidió retirar su música de Spotify pero lo que llamó la atención no fue solo el qué sino el cómo. No hubo comunicado frío ni filtración anónima. Rubén Albarrán habló directo, miró a la cámara en un video difundido en redes sociales y explicó que la banda había enviado documentos formales a Universal Music México y Warner Music México, las disqueras que controlan la distribución de su catálogo. No era un gesto improvisado ni una amenaza para negociar mejores condiciones. Era una decisión tomada y asumida públicamente con todo el peso simbólico que implica enfrentarse a una de las plataformas más poderosas del mundo.

    Albarrán dejó claro que no se trataba de un berrinche ni de un problema personal. Lo que estaba en juego, dijo era algo más profundo: la relación entre la música, el dinero y las estructuras que hoy la sostienen. Entre los motivos aparecieron varios niveles de inconformidad. El primero es conocido por casi cualquier músico: el modelo económico del streaming, donde millones de reproducciones apenas se traducen en ingresos reales para quienes crean las canciones. La música circula como nunca antes pero el valor se queda concentrado en pocas manos. A eso se suman razones éticas que incomodan todavía más: la relación de Spotify con inversiones en tecnología militar basada en inteligencia artificial, y su historial de publicidad vinculada a agencias como ICE en Estados Unidos. En el discurso de Albarrán, escuchar música no es un acto neutral, hacerlo dentro de ciertas plataformas implica formar parte de un sistema de decisiones que van mucho más allá del entretenimiento.

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    Para entender por qué esta postura resuena tanto conviene mirar hacia atrás. En los años ochenta el negocio musical funcionaba de otra manera. Vender discos era el centro de todo. Vinilos, casetes y más tarde, CDs sostenían carreras completas. La radio y la televisión amplificaban los lanzamientos, y las giras servían para empujar las ventas. Aunque las disqueras se quedaban con una buena parte del dinero, un álbum exitoso podía darle estabilidad económica a un artista durante años. Ese mundo ya no existe. El streaming sustituyó la idea de propiedad por la del acceso y con ello desarmó el esquema financiero. Hoy para vivir de la música no basta con hacer canciones: hay que tocar en vivo, vender mercancía, licenciar temas, construir comunidad en redes, generar contenido constante y, aun así, cruzar los dedos.

    Paradójicamente, nunca había sido tan fácil llegar al público. Ya no se necesita el visto bueno de una disquera ni sonar en la radio para existir. Subir una canción puede significar estar disponible en todo el planeta en cuestión de horas. Pero esa facilidad tiene un precio alto, la saturación. Hay tanta música circulando que captar la atención se volvió una batalla diaria. Llegar no significa quedarse y mucho menos vivir de ello. El artista contemporáneo no solo compone; también gestiona su imagen, conversa con su audiencia y compite por segundos de atención en un océano de estímulos.

    En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿cuánto gana realmente un artista por estar en Spotify? Las cifras no engañan. Una reproducción genera, en promedio, entre 0.003 y 0.005 dólares antes de repartir ese dinero entre sellos, editoriales y distribuidores. Incluso en plataformas que pagan más, el ingreso sigue siendo mínimo. Para que un músico independiente alcance un ingreso modesto solo con streaming necesita millones de escuchas mensuales. Para la mayoría eso es una quimera. El streaming funciona como vitrina, no como sustento.

    En el centro de todo aparece Daniel Ek, cofundador de Spotify y figura clave en su rumbo. No es un villano de caricatura sino el representante de una lógica empresarial muy clara: crecer, diversificar, invertir. El problema surge cuando parte de esas inversiones personales, realizadas a través de su firma de capital de riesgo se dirigen a Helsing, una empresa que desarrolla inteligencia artificial con aplicaciones militares. No se trata de donaciones ni de decisiones tomadas desde Spotify como empresa, pero la conexión existe y genera incomodidad. Para muchos músicos resulta difícil separar la música que generan del destino final del dinero que produce.

    Por eso la industria musical y distintos activistas han sido especialmente críticos, tanto con Ek como con Spotify. Ven una contradicción entre el discurso cultural de la música y su vínculo con tecnologías de guerra. A esa crítica se suma otra herida abierta: la publicidad de reclutamiento de ICE que Spotify difundió en el pasado. Aunque esas campañas ya no están activas el recuerdo persiste. Para muchos, fue la confirmación de que las plataformas no solo distribuyen canciones, sino también mensajes políticos y estructuras de poder.

    La solicitud de Café Tacuba va más allá de un conflicto contractual. Es un síntoma de época. Coloca sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué estamos financiando cada vez que damos play? Con esto, Albarrán no solo pide bajar canciones; invita a pensar si el acceso ilimitado justifica el silencio frente a los sistemas que hacen posible que la música llegue a nuestros oídos.

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    Elias Ascencio

    Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.

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