Conforme pasa el tiempo, los años pesan más y el camino andado ha sido largo, pero no ha sido lento, se han ido demasiado rápido. Años que me han permitido ver y vivir la transformación de costumbres, valores, principios y las consecuencias de los cambios. Algunos han sido positivos y otros creo que no. También pienso que estamos llegando a los límites de los que nunca creí que me tocaría ser testigo.

Mi ciudad natal que me permitió crecer en un ambiente familiar de alegría, salud y bienestar, se ha venido abajo en lugar de subir en calidad de vida y justicia social. Durante los últimos cuarenta años nos afectó con gran fuerza la devaluación del peso y el establecimiento de los grupos de poder del narcotráfico. La plaza más atractiva para los negocios sucios y el lavado de dinero. Ciudad fronteriza vecina con la más segura de los Estados Unidos y cuyo crecimiento es impactante y desolador para los juarenses cuando visitamos el Paso Texas, pues mientras siguen progresando, nosotros nos seguimos hundiendo.

Hemos permitido que en ésta generosa ciudad nos roben hasta la dignidad. Gobiernos van y vienen y seguimos sin podernos levantar. Pues es mentira querer aparentar lo que no tenemos y que más se nota que es la inseguridad. Años de feminicidios y le dimos vuelta a la página, construyéndole un monumento a la mujer con la palabra “perdón”. Los postes y bardas con frases como “ni una más” con cruces negras con el fondo color de rosa, siguen siendo parte del pasado que no se ha ido, pero que ya no es significativo para las autoridades.

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Durante el sexenio del terror de Felipe Calderón, nos dimos cuenta los juarenses que estábamos bajo dos fuegos, el de las autoridades corruptas y el del crimen organizado. Los crímenes horrendos que solo vimos en películas, se revelaban ante nosotros a través de las noticias y a veces en la calle como testigos presenciales de ejecuciones durante el día y la noche. También eso nos destrozó internamente porque tuvimos que reforzar nuestras casas y proteger a nuestras familias. Algunos aprovecharon su doble nacionalidad para migrar a El Paso.

Las enfermedades cardiovasculares, así como el cáncer, la diabetes, parálisis cerebrales, tumores y todas las que motiva el estrés vinieron a formar parte de nuestro diario vivir. Los juarenses nos enfermamos más que de costumbre. Tuvimos que ajustar el gasto con todo y medicinas porque en los hospitales públicos las farmacias no surten porque “no hay”. Gracias a la guerra entre narcos y gobierno nos debilitamos los que trabajamos honestamente. Lo peor, es que desde hace años nos acostumbramos a vivir entre polvo, sangre y fuego.

Durante décadas hemos crecido entre la delincuencia. En Ciudad Juárez existen todos los delitos tipificados por el Código Penal Federal y en el del Estado. Se abren decenas de carpetas de investigación todos los días, sin que haya capacidad de la autoridad para investigar cuando menos las más crueles que atentan contra la vida. La trata de personas, la pornografía infantil, el robo de infantes, el secuestro, la extorsión, los ritos satánicos y la violencia familiar nos destacan como una sociedad disfuncional.

Pero a pesar de todo lo que hemos visto y vivido seguimos aquí. Algo existe en el ambiente que nos identifica y nos aferra a ésta bendita tierra fuente de inspiración del desaparecido Divo de Juárez e hijo predilecto Juan Gabriel. Quien por cierto cumple dos años de haber fallecido y que sigue siendo la nota triste y nostálgica que nos une más. Los juarenses seguimos siendo francos, honestos y trabajadores. La mayoría de los criminales son fuereños como diría mi abuelo.

Desde El Paso se divisa el contraste de la pobreza y desolación en los rumbos de la línea que nos divide. Mientras ellos construyen sus dobles y triples pisos de verdaderas autopistas, nosotros seguimos con terracería y pésimo pavimento. Pero dejemos eso, mientras siguen creciendo en riqueza, nosotros seguimos alejándonos de vivir con decoro ante las inminentes devaluaciones originadas desde luego por los pésimos gobiernos que hemos tenido.

El llanto de las niñas y los niños maltratados nos calan y ahora amanecemos con desgarradoras noticias de niños asesinados y sin órganos. Con la corrupción a todo lo que da ante la justificación injustificada de las autoridades federales, estatales y municipales. Buenos para los discursos. Oradores de primer nivel nos endulzan los oídos mientras la realidad es otra. El llanto de las mujeres quedó en el pasado y siguen llorando. Hoy lloran nuestras niñas y niños, pero ya se nos pasará. Tenemos lo que nos merecemos. Debemos perdonar nuestro consentimiento para vivir sin dignidad.

Molinar Apodaca
Héctor Molinar Apodaca
Abogado | [email protected] | + posts

Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.


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