Vivimos en una época paradójica: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan agotados por hacerlo. La promesa digital fue eficiencia, conexión, libertad. Pero algo se ha ido desplazando silenciosamente en nuestra experiencia cotidiana: la sensación de estar siempre disponibles, siempre actualizados, siempre visibles. A ese malestar difuso lo hemos empezado a llamar cansancio digital. No es una moda lingüística; es una experiencia compartida.
El cansancio digital no se reduce a ojos irritados después de horas frente a la pantalla. Es una fatiga más profunda, una saturación de estímulos que no se detiene cuando apagamos el dispositivo porque, en realidad, casi nunca lo apagamos. Despertamos con el teléfono en la mano y nos dormimos bajo la luz azul que interrumpe nuestros ritmos biológicos. Entre una notificación y otra, nuestra atención se fragmenta en pequeñas porciones que rara vez logran reunirse. La concentración sostenida (esa capacidad de sumergirse en una tarea, en un libro, en una conversación) se vuelve un lujo.
El filósofo Byung-Chul Han ha descrito nuestra época como la “sociedad del cansancio”: ya no somos sujetos sometidos por la prohibición, sino individuos que se autoexigen rendimiento permanente. La tecnología no nos obliga; nos seduce. Cada aplicación promete optimizar nuestro tiempo, pero termina ocupándolo. Cada red social ofrece conexión, pero exige presencia constante. No trabajamos solamente en la oficina; trabajamos en nuestra imagen, en nuestra productividad, en nuestra respuesta inmediata.
En ese contexto, el fenómeno de la llamada “fatiga Zoom”, asociada al uso intensivo de plataformas como Zoom Video Communications durante la pandemia, fue apenas la punta del iceberg. Descubrimos que mirar durante horas una cuadrícula de rostros en pantalla produce un agotamiento particular: la tensión de sostener la mirada, la vigilancia del propio gesto, la ausencia de lenguaje corporal completo. Lo que parecía una solución perfecta a la distancia reveló también los límites de nuestra capacidad de atención mediada.
Pero el problema no se limita al trabajo remoto. La lógica de plataformas como TikTok o Instagram ha consolidado una economía del microestímulo. Videos breves, desplazamiento infinito, recompensas inmediatas. Nuestro cerebro se acostumbra a la gratificación rápida y pierde tolerancia a la demora. Intentar leer diez páginas seguidas se convierte en una pequeña batalla contra el impulso de revisar el teléfono. La distracción ya no es un accidente; es un modelo de negocio.
El clímax de este proceso no es una explosión dramática, sino una acumulación silenciosa. Un día descubrimos que estamos cansados sin haber hecho algo físicamente extenuante. Nos sentimos saturados después de una jornada de correos, mensajes y reuniones virtuales. Tenemos la impresión de haber estado ocupados todo el día y, al mismo tiempo, de no haber hecho nada sustancial. Es el agotamiento de la dispersión.
Frente a esta experiencia colectiva, comienzan a surgir respuestas. No es casual que el vinilo regrese a las salas de estar, que las cámaras instantáneas recuperen popularidad o que las libretas físicas se vendan como objetos casi terapéuticos. No se trata de nostalgia ingenua, sino de una búsqueda de fricción. Lo analógico introduce pausas: hay que colocar la aguja sobre el disco, esperar el revelado de la fotografía, escribir con la lentitud de la tinta. En un entorno de inmediatez constante, la demora se vuelve un acto de resistencia.
También las marcas han percibido este cambio. Algunas empiezan a hablar de bienestar digital, de respeto por la atención del usuario, de experiencias fuera de línea. Paradójicamente, el propio sistema que alimentó la hiperconectividad ahora intenta capitalizar el deseo de desconexión. El riesgo es convertir el descanso en otro producto, la pausa en otra estrategia de mercado. Sin embargo, más allá de la instrumentalización comercial, la inquietud es real: algo en nuestra relación con la tecnología necesita ser recalibrado.
El cansancio digital no implica que debamos renunciar a lo tecnológico. Sería ingenuo imaginar un regreso pleno a un mundo sin pantallas. La cuestión no es apagar el siglo XXI, sino aprender a habitarlo con mayor conciencia. Tal vez el desafío sea recuperar la soberanía sobre nuestra atención, decidir cuándo conectarnos y cuándo retirarnos, establecer límites que no dependan exclusivamente de algoritmos diseñados para prolongar nuestra permanencia.
En el desenlace de esta historia aún en curso, no hay una solución mágica. Hay, más bien, pequeñas decisiones cotidianas: silenciar notificaciones, reservar espacios sin dispositivos, leer en papel, conversar sin interrupciones. Son gestos modestos, pero significativos. En una cultura que nos empuja a estar siempre disponibles, elegir la desconexión momentánea puede ser un acto profundamente afirmativo.
Quizá el verdadero problema no sea la tecnología en sí, sino la forma en que hemos permitido que colonice cada rincón de nuestra experiencia. El cansancio digital es una señal, no un enemigo. Nos recuerda que la atención es finita, que el cuerpo tiene límites y que la presencia (esa capacidad de estar realmente en un lugar y en un momento) no puede comprimirse indefinidamente en una pantalla. Si aprendemos a escuchar ese aviso, tal vez descubramos que la desconexión no es una pérdida, sino una forma de recuperar algo que nunca debimos ceder: nuestro propio tiempo.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


