Un psicópata político no es un diagnóstico clínico ni un insulto. Es una categoría de comportamiento en el ejercicio del poder. Se trata de un liderazgo que carece de empatía real, que no experimenta culpa por el daño que causa y que utiliza las emociones colectivas —el miedo, el enojo, la esperanza— como herramientas de control. No gobierna para resolver; gobierna para dominar el relato.
Hay líderes que no gobiernan: ocupan el espacio emocional de un país. No buscan resultados, buscan permanencia. No administran soluciones, administran sentimientos. Hablan todos los días, durante horas si es necesario, no para rendir cuentas, sino para adiestrar la percepción pública y convertir su versión de la realidad en la única posible.
No llegan como autoritarios; llegan como salvadores morales. No se presentan como poder, sino como pueblo encarnado. Desde ahí, todo se justifica. Porque cuando alguien se asume como la voz única de la gente, cualquier crítica deja de ser legítima y se transforma en traición. Disentir deja de ser un derecho y pasa a ser una sospecha.
El psicópata político no siente empatía; la simula y la instrumentaliza. Observa el dolor social con frialdad quirúrgica, identifica agravios históricos y los repite hasta volverlos consigna. No le interesa cerrar heridas, le conviene mantenerlas abiertas. Una sociedad enojada es más fácil de conducir que una sociedad informada.
Este tipo de liderazgo necesita enemigos para sobrevivir. Siempre los hay: instituciones, jueces, periodistas, expertos, organismos autónomos, ciudadanos críticos. No importa quién sea el señalado; importa que alguien cargue con la culpa. El mundo se divide en leales y adversarios. No hay matices, no hay diálogo, no hay autocrítica. Solo obediencia emocional.
Cuando el fracaso aparece —porque siempre aparece— jamás es propio. La responsabilidad se diluye en el pasado, en conspiraciones, en fuerzas abstractas. El presente no se evalúa: se victimiza. Gobernar se vuelve un ejercicio permanente de justificación y el poder, un monólogo sin réplica.
La ley deja de ser límite y se convierte en estorbo. Las instituciones dejan de ser contrapeso y pasan a ser “enemigas del cambio”. La democracia no se cancela de golpe; se vacía lentamente, entre aplausos, consignas y discursos interminables. El daño no siempre se mide en cifras, sino en desgaste: ciudadanos cansados, divididos y cada vez más silenciosos.
Y no, esto no ocurre porque la gente sea ignorante. Ocurre porque el hartazgo nubla el juicio y la desesperación abre la puerta a quien promete dignidad mientras gobierna desde la frialdad. El psicópata político no necesita amar al pueblo; le basta con representarlo retóricamente.
Porque el problema no es ese tipo de líder.
El problema es la costumbre.
La costumbre de escuchar sin cuestionar.
La costumbre de justificar lo injustificable.
La costumbre de llamar carácter a la crueldad y estrategia a la mentira.
Un país no se somete cuando le quitan la voz; se somete cuando aprende a repetir. Y el día en que dejamos de exigir empatía, límites y verdad, no perdemos un gobierno: perdemos el derecho a llamarnos ciudadanos y convertimos solo en audiencia.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


