Una frontera compartida, dos trayectorias económicas distintas.
El Paso y Ciudad Juárez comparten una frontera, una historia de integración económica y un sistema industrial que conecta empresas, trabajadores y mercados a ambos lados del río Bravo. Sin embargo, sus economías muestran trayectorias distintas. ¿Qué explica que dos ciudades tan estrechamente vinculadas se comporten de manera tan diferente?
El Paso del Norte Economic Indicator Review, publicado por el Hunt Institute en septiembre de 2026 (consultar el informe), ofrece un punto de partida. Entre julio de 2025 y julio de 2026, El Paso generó 7,900 empleos no agrícolas, un crecimiento de 2.2%. En el mismo periodo, Ciudad Juárez perdió 13,676 puestos, una caída de 2.8%. La divergencia fue todavía más pronunciada en la manufactura: mientras El Paso sumó 900 empleos, Juárez perdió 14,260, equivalentes a una disminución de 4.7%.
Las cifras no demuestran que los empleos perdidos en Juárez se hayan trasladado a El Paso. Sí muestran que la integración transfronteriza no produce automáticamente resultados económicos similares.
La primera diferencia está en la composición de sus economías. Ciudad Juárez mantiene una fuerte especialización manufacturera y una exposición considerable a las decisiones de las empresas que organizan sus cadenas globales de producción. El Paso, por su parte, cuenta con una estructura económica diferente. Durante el periodo analizado, el comercio y el transporte también contribuyeron a su crecimiento laboral, junto con la construcción y los servicios.
Esta diferencia importa porque las economías no reaccionan de la misma manera ante una desaceleración industrial. Una ciudad más expuesta a las fluctuaciones de la manufactura puede experimentar ajustes laborales más intensos cuando cambian los pedidos, las estrategias corporativas o la organización de la producción. Juárez ya vivió una sacudida de esta naturaleza en 2008, cuando la crisis económica estadounidense, particularmente la de la industria automotriz, provocó recortes, paros técnicos y cierres de plantas. En junio de aquel año, La Jornada reportó la pérdida de 18,500 empleos maquiladores en los seis meses previos. La historia no se repite necesariamente, pero recuerda la vulnerabilidad de una economía fuertemente vinculada a las decisiones productivas tomadas fuera de su territorio.
La composición sectorial, sin embargo, es apenas una parte de la explicación.
La segunda diferencia tiene que ver con las funciones que desempeña cada territorio dentro de la economía regional. La proximidad geográfica permite compartir infraestructura, mercados y flujos de personas y mercancías, pero no significa que ambas ciudades concentren las mismas actividades ni capturen la misma proporción del valor generado.
En las cadenas globales de valor, producir no es lo mismo que controlar el diseño, la tecnología, la ingeniería o las decisiones estratégicas. Una región puede convertirse en un nodo indispensable de manufactura sin desarrollar, al mismo ritmo, capacidades locales de innovación y aprendizaje tecnológico.
Esta es una de las preguntas que Juárez necesita responder. ¿Hasta qué punto su experiencia manufacturera se ha traducido en proveedores locales más sofisticados, conocimiento acumulado, innovación y empleos de mayor productividad? La pérdida reciente de puestos de trabajo no responde por sí sola estas preguntas, pero obliga a plantearlas.
También importa la capacidad de adaptación de cada economía. La disponibilidad de talento especializado, la articulación entre universidades y empresas, la infraestructura y la diversificación productiva pueden influir en la manera en que una región enfrenta los cambios tecnológicos y comerciales. No hay evidencia suficiente para atribuir la divergencia actual a uno de estos factores en particular, pero sí razones para examinarlos como parte del diagnóstico.
Por eso, la discusión sobre el futuro de Juárez no debería reducirse a recuperar empleos o atraer nuevas inversiones. Ambas cosas son importantes, pero insuficientes si la estructura productiva permanece expuesta a las mismas vulnerabilidades. La ciudad necesita aprovechar su experiencia industrial para avanzar hacia actividades de mayor complejidad: ingeniería, automatización, diseño, desarrollo de proveedores y servicios tecnológicos. También necesita fortalecer la formación de talento y los vínculos entre empresas e instituciones educativas para que el aprendizaje generado en las plantas se convierta en una capacidad del territorio.
Juárez tiene razones para mirar su futuro con optimismo, pero no para confiar en la inercia. Su experiencia manufacturera, su posición fronteriza y su integración con la economía norteamericana constituyen activos importantes para dar el siguiente salto. Si logra convertir esas ventajas en capacidades tecnológicas propias, proveedores más sofisticados, talento especializado y una economía local más diversificada, podrá aspirar a algo más que recuperar empleos: construir una base productiva capaz de generar mayor valor, mejores salarios y oportunidades más duraderas. El desafío no es parecerse a El Paso, sino transformar su integración con Estados Unidos en una ventaja productiva que también se traduzca en desarrollo para quienes viven en Juárez.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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