Pancho Villa, ni un ángel ni un demonio

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Hoy se cumplen 103 años del homicidio del Gral. Francisco Villa, quien fue ejecutado mientras conducía su automóvil por las calles de Parral, Chihuahua, buscando regresar a su residencia en la Hacienda de Canutillo, en medio de una emboscada que coronó el final de una vida llena de contradicciones, actos heroicos, injusticias, sacrificios, abusos, sueños y violencia.

La vida y muerte de Villa, Doroteo Arango, o “El Centauro del Norte”, ha sido uno de los pretextos más emblemáticos del uso político de la historia. Entre las manifestaciones político-históricas en torno a este ícono de nuestro pasado común, cualquier persona podrá encontrar expresiones de fanatismo, idolatría, rencor, prejuicios e ignorancia, así como la falta de memoria ante la revisión de la aportación social del personaje en México.

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En este contexto, la gente deja de lado el mérito que implicó encabezar la fuerza armada irregular más importante en la historia de América Latina, o su aportación a la caída de dos dictaduras, para entregarse a relatos delirantemente violentos que hoy encuadrarían en actividades ilícitas como tráfico de armas, feminicidio, extorsión, secuestro, robo, etc. o bien se suman a los cursis desplantes con los que Pedro Armendaris moldeó el imaginario colectivo en torno al guerrillero y general revolucionario.

El hecho es que el extremismo de ambas posturas, lejos de integrar un concepto útil para fortalecer nuestro sentido de pertenencia a la nación mexicana, o la proyección de nuevas metas colectivas, terminan por eclipsar al personaje, su impacto, y distorsionar las aportaciones de su generación.

Desafortunadamente esas caprichosas posturas para recordar o reinterpretar la realidad, parecieran tomar, por momentos, el juicio de la gente sobre los nuevos caudillos, nuestras instituciones y nuestro tiempo, dispersando nuestra participación política entre los polos que aman o repudian a la persona que ocupa la difícil responsabilidad de dirigir al gobierno de la república.

Consecuentemente nuestra vida pública parece disputarse entre los personajes más perversos y las personas tomadoras de decisiones más incompetentes, desdibujando una valoración más realista sobre la cual podamos emprender nuestros nuevos derroteros como sociedad.

De este modo, y en esta lógica, tanto en la oposición como en el oficialismo se llegan a desplegar lucubraciones que no solo desacreditan o justifican cualquier decisión de la jefa de estado y de gobierno, sino que retira la responsabilidad a la propia ciudadana o ciudadano sobre sus decisiones financieras, familiares, electorales etc.

Derivado de lo anterior, cada extremo alimenta una ficción de si mismos y una ficción de los motivos, perfiles, reacciones y objetivos de sus contrapartes y psicológicamente termina por justificar actos de irresponsabilidad o abuso desde la propia realidad individual. En ese trance, llegamos a tener las lamentables escenas en las que los tomadores de decisiones optan por perder la dimensión de la ficción que cotidianamente construyen y se entregan a justificar los errores o decisiones no afortunadas, llegando incluso a sermonear a la ciudadanía que exige su legitimo derecho a la transparencia en la información pública, como sucedió con la pareja presidencial en el contexto del caso de la “Casa Blanca” a mediados de la década pasada, o bien el muy desafortunado regaño que la prensa consignó por parte de nuestra Jefa de Estado a un funcionario público al que le “instruía” no cumplir las normas, esas normas que emanan de las leyes y la constitución que se juró respetar y hacer respetar.

Esperemos que, pasada la fiebre mundialista, la prensa, la sociedad y la propia clase política, entremos a una dinámica de contención mutua, a partir del escrutinio público, que nos permita mejorar, moderar y cambiar nuestros modos y medios de ejercer nuestros derechos, responsabilidades en la vida pública, así como las de nuestros representantes.

 

Raen Sánchez Torres

 

 

 

Raen Sanchez
Raen Sánchez Torres

Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.

Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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