Ese martes 17 de julio de 1928, en el restaurante campestre “La Bombilla”, los meseros se movían afanosamente, mientras la concurrencia de políticos guanajuatenses y obregonistas destacados, sentados en una mesa en herradura, encubrían sus especulaciones políticas con los acordes de la orquesta dirigida por el compositor Alfonso Esparsa Oteo.
En el sitial principal departía quien recibía el homenaje de esa reunión, el caudillo vencedor del proceso armado de la revolución mexicana, y candidato reelecto a la presidencia de la República, Álvaro Obregón Salido, quien intercambiaba puntos de vista con el político neoleonés Arón Sáenz, cuando sorpresivamente José León Toral, un fanático religioso dispuesto a cambiar su vida por la del militar sonorense, decidió dejar de fingir ser un caricaturista entretenido en un boceto del expresidente reelecto, para obsequiarle, a quema ropa, un disparo en la cara y más de seis tiros de una pistola Star en el cuerpo del homenajeado, acabando súbitamente con la vida del ex Jefe de Estado[1].
Entre las consecuencias del suceso descrito, se generó una coyuntura que marcó un antes y un después en la manera en que se gestionaba la sucesión presidencial entre la fracción dominante de la élite política, se generó un incentivo que permitió empezar a perfilar la relación bilateral entre México y los Estados Unidos en cuanto a la venta de armas a grupos antagónicos al gobierno mexicano, y se sentaron las condiciones políticas, para que a lo largo de la década inmediata posterior al asesinato, el grupo hegemónico perfilara las bases del presidencialismo mexicano en cuanto a la selección del candidato, la transmisión de poderes, y la relación que guardarían los expresidentes y el presidente en funciones por lo menos desde 1940 hasta 1972.
El sitio del magnicidio se fue a pique comercialmente tras el asesinato, y terminó por convertirse en un parque urbano con un mausoleo al centro, en cuyo interior hay una estatua del general invicto de la revolución mexicana, que daba la bienvenida a los visitantes, y que gracias a una serie de detalles arquitectónicos, recibía una reverencia no intencional por parte de quien entraba, cuando la curiosidad le llevaba a asomarse por una oquedad que permitía ver en el piso inferior el nombre de la batalla en la que Obregón perdió el brazo, y (durante décadas) la mano perdida del sonorense compactada en un frasco.
El monumento en su conjunto era la materialización arquitectónica de muchos rasgos que don Samuel Ramos describe en el “Psicoanálisis del Mexicano”[2], proyectando una serie de negaciones de nuestra violenta realidad, un sentimiento de inferioridad, enmascarado por una innecesaria imitación de formas de civilización europeas (ejemplificada con la clara alusión a la tumba de Napoleón), la proyección de motivos que buscan ubicar algún tipo de superioridad en el personaje homenajeado y su fracción política-militar, y la mitificación de la valentía del sonorense que sacrificó su brazo, y después su vida, por “un proyecto más grande”, cuando quizá, sin regatearle el valor histórico y militar que tiene, algunas de sus decisiones (incluso aquella que lo llevó a perder el brazo) partieron posiblemente de episodios psicóticos, depresiones, complejos, un carácter violento, y supersticiones.
El edificio y su uso inicial, ofrecía una versión ficticia de un país dividido en la realidad de la guerra cristera, unificado artificialmente al momento de la edificación del monumento con el mito de la revolución mexicana, buscando ocultar una autopercepción de menor valía, la evidente falta de apoyo real al caudillo que encarnó al proceso armado de la revolución (evidenciada con las condiciones propias de su muerte), y la distorsión de la realidad. Una realidad que propició su muerte, y generó una desconfianza generalizada en su momento en torno a las investigaciones y los posibles autores intelectuales, a partir de algunos elementos razonables que debieron propiciar líneas de investigación, un proceso de investigación totalmente viciado, y una avalancha de información falsa que, hasta la fecha, rodea al general Obregón, empañando su aportación al desarrollo del país.
A casi 100 años del asesinato y el manejo simbólico del personaje como parte del discurso mitológico de “La Revolución”, el propio monumento, y su uso como espacio público, son testimonio de una notable evolución positiva que se puede apreciar como un distanciamiento de la autopercepción de don Samuel Ramos.
Hoy en día el brazo fue sacado del monumento y devuelto a los descendientes del Gral. Obregón, el México introvertido posiblemente se rompió o tocó fondo en la década de 1980, y las y los mexicanos podemos proyectarnos globalmente como una sociedad que, si bien aun tiene problemas graves de violencia, tenemos argumentos, conocimientos y condiciones para competir en el concierto de las naciones. No sólo por el hecho de posicionarnos entre las 13 economías más importantes del planeta, sino por la generación de argumentos humanos y tecnológicos que nos podrían permitir desarrollar a nuestro país en distintas áreas con un potencial que hoy nos habilitó para que, a pesar de las condiciones adversas en temas como el futuro de comercio de Norteamérica, aún estemos en posición de negociar positivamente las distintas áreas del TMEC en los próximos 10 años.
Asimismo, nuestras dinámicas de negociación abierta y soterrada, política y económica, con los Estados Unidos de América, los países latinoamericanos, las potencias europeas y la superpotencia china presenta condiciones nunca vistas en nuestra historia. Sin embargo, en ocasiones pareciera que en los momentos decisivos se nos acaba la fuerza, la determinación y nos ganan los nervios o los egos. Entonces, pareciera que perdemos la noción de nuestro contexto e importancia, y nos reenganchamos con las reminiscencias de complejos de inferioridad absurdos, que hacen aparecer discursos de desconfianza de nuestro gobierno hacia nuestros empresarios, exigencias pueriles y estériles a socios culturales, naturales y estratégicos como el reino de España, ideas de negocios estatales fundadas en prejuicios y abandonando el capital humano y tecnológico con el que sí contamos, y reavivamos el aparente alineamiento político con proyectos políticos autocráticos, cuyo anacronismo económico ha privado de la libertad y la vida a millones de latinoamericanos.
Platicando sobre la reciente eliminación de la Selección Nacional con un amigo al que considero un buen conocedor de la naturaleza humana y un ejemplo del esfuerzo y las ganas de competir globalmente, me expresaba que el gran problema de nuestra escuadra era que jugaba a no perder. Quizá ese es el tema general de nuestra generación, si bien pareciera que ya superamos al acomplejado mexicano del siglo XX, que ya no correspondemos al perfil de don Samule Ramos, a pesar de que hoy sabemos que podemos competir, al momento de la decisión en materia deportiva, económica, política o de seguridad decidimos jugar a no perder, con una izquierda en el gobierno que en muchas ocasiones pareciera que en lugar de optar por buscar ganar con la progresividad de derechos y libertades, prefiere escatimar costos y jugar a no perder; una oposición que en lugar de transformarse y acoplarse a las exigencias del México del siglo XXI, opta por cambiar sus lemas, colores pero no figuras e ideas; un empresariado que en lugar de jugársela y abandonar el capitalismo de cuates, sigue buscando esa zona de confort, y una sociedad civil que, en muchos casos, pareciera que se debate entre quemar el cerro o mantenerse en silencio esperando la gracia del poder, pero no se decide a consolidar su capacidad orgánica.
Esperemos que en los próximos años demos ese paso, tan necesario, y con condiciones tan claras, y no sigamos optando por decisiones que nos obligarán a decirle a las futuras generaciones que, a la hora de la verdad, al momento de transformar nuestra realidad política y económica, el pasto estaba crecido, no era penalti, o el árbitro nos jugó la contra.
[1] Mario Ramírez Racaño, El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita, INHERM-UNAM, México, 2014.
[2] Samuel Ramos, El perfil del Hombre y la Cultura en México, Colección Austral, Madrid, 1951, disponible en https://filosofiamexicana.org/wp-content/uploads/2012/11/ramos-samuel-el-perfil-del-hombre-y-la-cultura-en-mc3a9xico.pdf

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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