Mientras en muchas universidades del mundo la investigación científica continúa empujando los límites de lo posible, recientemente una institución académica internacional dio a conocer un avance relevante: el desarrollo y estudio de un nuevo edulcorante con propiedades que podrían transformar la relación entre dulzor y salud. No se trata de una ocurrencia comercial ni de una moda de laboratorio, sino del resultado de años de investigación sobre alternativas al azúcar tradicional, una sustancia que, aunque culturalmente normalizada, se ha convertido en uno de los principales detonantes de crisis de salud pública a nivel global.
Este tipo de investigaciones no surgen en el vacío. Responden a una realidad alarmante: el consumo excesivo de azúcar está directamente relacionado con enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión y diversos padecimientos cardiovasculares. México es un caso paradigmático (y preocupante) dentro de este panorama. Nuestro país se encuentra de manera recurrente entre los primeros lugares mundiales en obesidad, tanto infantil como adulta, y las enfermedades asociadas al consumo de azúcares refinados representan una de las principales causas de muerte y gasto público en salud.
En este contexto aparece el nuevo edulcorante estudiado por la universidad extranjera (la tagatosa), una molécula que promete mantener el sabor dulce sin los efectos metabólicos devastadores del azúcar común. Entre sus principales beneficios se encuentra su bajo índice glucémico, su mínima respuesta insulinémica y su menor aporte calórico. A diferencia del azúcar de mesa (sacarosa), la tagatosa no genera picos bruscos de glucosa en sangre y, en cantidades moderadas, puede incluso actuar como prebiótico. En términos simples: sabe casi igual, pero el cuerpo la procesa de forma radicalmente distinta.
Esto nos obliga a hacer una distinción clave que muchas veces se diluye en el discurso público: azúcar no es lo mismo que edulcorante. El azúcar es una sustancia calórica, altamente adictiva y metabólicamente agresiva cuando se consume en exceso. Los edulcorantes, por su parte, pueden ser naturales o artificiales, calóricos o no calóricos, y tienen efectos muy distintos entre sí. En México, los más utilizados y vendidos incluyen el aspartame, la sucralosa, el acesulfame K, la stevia y, en menor medida, el jarabe de agave. Cada uno presenta ventajas y controversias, desde posibles efectos secundarios hasta debates sobre su impacto a largo plazo en el metabolismo y la microbiota intestinal.
La investigación sobre la tagatosa se llevó a cabo en una universidad con infraestructura científica sólida, financiamiento constante y una clara vinculación entre ciencia, industria y políticas públicas, el Departamento de Ingeniería Química y Biológica de la Universidad de Tufts EE. UU., liderado por el profesor Nik Nair, junto con su equipo de investigación. Y aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué está haciendo México en este mismo terreno? Si bien existen esfuerzos aislados y valiosos en universidades públicas y centros de investigación, la realidad es que no estamos produciendo conocimiento al ritmo ni a la escala que nuestra crisis sanitaria exige.
Las políticas públicas mexicanas en torno al azúcar han sido, en el mejor de los casos, reactivas. El impuesto a las bebidas azucaradas, el etiquetado frontal y algunas campañas de concientización han tenido efectos positivos limitados, pero no estructurales. El consumo sigue siendo alto, la educación nutricional es deficiente y la investigación científica nacional en alternativas reales al azúcar es escasa y poco visible.
El sistema de salud mexicano, ya de por sí sobrecargado, enfrenta un futuro cada vez más complejo si no se replantea de manera profunda la relación entre alimentación, prevención y ciencia. Tratar las consecuencias del consumo excesivo de azúcar resulta infinitamente más caro que invertir en investigación, innovación y educación alimentaria. Sin embargo, seguimos apostando más al tratamiento que a la prevención, más al parche que a la transformación.
La conclusión es incómoda, pero ineludible: México no puede seguir postergando su evolución en materia de salud pública, y esa evolución pasa (forzosamente) por invertir en investigación científica propia. No se trata solo de cambiar hábitos individuales ni de colocar sellos negros en los empaques; se trata de asumir que el modelo actual ha fracasado. Somos uno de los países con mayores índices de obesidad y mortalidad asociada al consumo excesivo de azúcar, y aun así seguimos destinando más recursos a atender las consecuencias que a comprender y transformar las causas. Mientras otras naciones apuestan por la ciencia, la innovación y la universidad como motores de cambio, México permanece atrapado en políticas paliativas, cortoplacistas y electoralmente cómodas. Invertir en investigación no es un gasto: es una obligación ética y estratégica. No hacerlo equivale a aceptar, con plena conciencia, que la enfermedad siga siendo el precio de nuestra inacción.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


