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febrero 23, 2026 | 8:32

México conquista el espacio… de poquito en poquito

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México volvió a mirar al cielo. El reciente lanzamiento del nanosatélite Gxiba-1, desarrollado por estudiantes y científicos de la UPAEP, es motivo de celebración. No todos los días un país impulsa talento propio hacia el espacio. Pero más allá del entusiasmo mediático, conviene preguntarnos: ¿qué significa realmente que México lance un nuevo satélite? ¿Es un avance estructural o apenas un gesto simbólico en un mundo cada vez más orbital?

Un satélite nuevo para México representa, en principio, soberanía tecnológica. Implica capacidad de diseño, integración de sistemas, control terrestre y operación en órbita. Significa formar ingenieros, desarrollar software especializado, dominar telecomunicaciones y participar en una industria estratégica. En un país con profundas desigualdades digitales, un satélite también puede significar conectividad para comunidades rurales, monitoreo de huracanes, vigilancia ambiental y apoyo en desastres naturales.

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El objetivo de lanzar un satélite varía según su tipo. En el caso de los grandes satélites de comunicaciones del sistema Mexsat, como Morelos 3 o Bicentenario, la meta ha sido garantizar comunicaciones estratégicas para el gobierno y ampliar cobertura en zonas remotas. En el caso de nanosatélites universitarios como Gxiba-1, el objetivo es más formativo y experimental: probar tecnología, capacitar talento y dar los primeros pasos en una cadena de valor espacial propia.

Actualmente, México tiene alrededor de siete satélites asociados al país en órbita —entre gubernamentales, comerciales y académicos— una cifra modesta frente al escenario global. Algunos siguen activos; otros ya cumplieron su ciclo. Porque los satélites, como todo sistema tecnológico, tienen fecha de caducidad.

México ya ha tenido satélites dados de baja. Los históricos Morelos I y Morelos II, pioneros en 1985, terminaron su vida útil hace décadas. Lo mismo ocurrió con Solidaridad I y Solidaridad II. Incluso el satélite Centenario se perdió en un fallo de lanzamiento. Cuando un satélite se retira, generalmente se desplaza a una “órbita cementerio”, se desactiva y permanece como objeto inerte. No desaparece: se convierte en parte del creciente problema de basura espacial.

Y aquí es donde el contexto global nos obliga a dimensionar nuestra posición. Hoy orbitan más de 9,000 satélites activos alrededor de la Tierra. Si contamos objetos inactivos y fragmentos, el número supera los 30,000. El país con más satélites operativos es Estados Unidos, impulsado principalmente por la constelación Starlink de SpaceX. Solo esa red supera ampliamente la suma total de satélites de la mayoría de las naciones. China ocupa el segundo lugar con varios cientos en órbita. La diferencia es abismal.

En ese panorama, México no compite: observa desde la periferia. Nuestro número de satélites es pequeño, nuestra producción es esporádica y dependemos de lanzadores extranjeros para colocar cualquier artefacto en órbita. No tenemos cohete propio, no contamos con una constelación nacional robusta, y la inversión en infraestructura espacial es limitada y fragmentada.

La crítica no debe opacar los logros, pero sí contextualizarlos. Celebrar un nanosatélite es válido; convertirlo en narrativa de potencia espacial es ingenuo. La baja producción satelital mexicana refleja una política científica intermitente, presupuestos variables y ausencia de visión de largo plazo. Mientras otros países construyen ecosistemas completos —fabricación, lanzamiento, datos, aplicaciones— México aún se mueve por proyectos aislados.

El espacio ya no es un lujo futurista; es infraestructura crítica. Agricultura de precisión, banca, transporte, seguridad nacional, telecomunicaciones y monitoreo climático dependen cada vez más de activos orbitales. Quedarse rezagado no es solo perder prestigio: es depender estratégicamente de otros.

Un nuevo satélite mexicano debería ser el inicio de una política sostenida, no un evento aislado para la foto oficial. Necesitamos continuidad, inversión en investigación, colaboración público-privada y una estrategia nacional clara. Porque lanzar un satélite no es el objetivo final: es apenas el despegue.

México puede mirar al cielo con orgullo, pero también con realismo. La órbita es cada vez más competitiva, más poblada y más estratégica. Si queremos ocupar un lugar relevante, no basta con celebrar lanzamientos ocasionales. Hay que construir una visión espacial permanente. Solo entonces dejaremos de ser espectadores del nuevo orden orbital para convertirnos en actores con verdadera autonomía tecnológica.

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Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.

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