Lo que el 8M intenta decirnos

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Cada 8 de marzo, este país vuelve a demostrar qué tan poco entiende el dolor de las mujeres. Se escandaliza rápido por las formas, pero sigue siendo torpe, frío y hasta cobarde para mirar el fondo.

Se habla de las pintas.
De los vidrios.
De los monumentos.
Del caos.
De la incomodidad.

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Y casi nunca se habla con la misma fuerza de lo que está detrás de todo eso.

A mí esa conversación siempre me ha parecido insuficiente. A ratos, hasta injusta. Porque es mucho más sencillo escandalizarse por lo visible que detenerse a pensar en todo lo que una mujer tuvo que callar, soportar o atravesar para llegar a ese punto de rabia.

Hay temas que una no entiende desde la teoría. Los entiende desde otro lugar. Más hondo. Más íntimo. Más difícil de explicar. Un lugar donde la violencia contra las mujeres deja de ser una consigna o una estadística y se convierte en algo que una reconoce, aunque no siempre lo nombre. Algo que se queda en la piel, en la memoria, en la forma de mirar el mundo.

Por eso, cuando veo a tantas mujeres salir a las calles con enojo, no me nace juzgarlas de inmediato. Me nace entender.

Entender que esa rabia no apareció ese día.
Que no nació por generación espontánea.
Que no es un capricho colectivo ni una moda de temporada.

Esa rabia viene de mucho antes.

Viene del silencio.
De la impunidad.
Del abandono.
De la culpa mal puesta.
De las veces en que nadie escuchó.
De las veces en que sí se habló, pero no pasó nada.
De las veces en que el dolor tuvo que aprender a quedarse quieto para poder sobrevivir.

Yo no me identifico con los extremos. Nunca me ha gustado esa lógica que obliga a escoger entre una postura y otra como si la realidad no fuera mucho más compleja. No creo que todo se resuelva desde la estridencia, pero tampoco me parece justo condenar con ligereza la ira de las mujeres en un país que tantas veces les ha fallado.

Porque hay una diferencia enorme entre justificarlo todo y comprender de dónde viene.

Y a mí me parece que eso es justamente lo que muchas veces no estamos haciendo: comprender.

Comprender que antes de una pared rayada hubo una herida.
Que antes del grito hubo silencio.
Que antes de la protesta hubo miedo, vergüenza, impotencia y cansancio acumulado durante años.

Hay algo profundamente injusto en pedirle moderación a quien ha cargado demasiado tiempo con lo que nadie quiso mirar.

No estoy diciendo que la rabia tenga que convertirse en única ruta. Tampoco que toda forma de protesta deba celebrarse sin matices. Lo que digo es algo más elemental y más humano: este tema merece menos juicio rápido y más profundidad. Merece menos superioridad moral y más capacidad de escucha. Merece que dejemos de analizar la protesta como si hubiera nacido sola, desligada de una historia larguísima de violencia, impunidad y omisiones.

Porque ahí está una de las contradicciones más duras de nuestra sociedad: seguimos reaccionando con más rapidez ante una estatua intervenida que ante una mujer rota por dentro.

Eso tendría que avergonzarnos más.

El 8M no tendría que reducirse a una discusión sobre formas. Tendría que obligarnos a mirar el fondo. A preguntarnos por qué hay tantas mujeres enojadas, cansadas y heridas. A preguntarnos qué tipo de país produce ese nivel de dolor y luego se sorprende cuando ese dolor deja de ser silencioso.

No toda rabia es irracional.
No toda furia es capricho.
No todo enojo es extremismo.

A veces la rabia también es memoria.
A veces es una forma de dignidad.
A veces es lo único que queda cuando la justicia no llega.

Yo no escribo esto desde una postura rígida ni desde una comodidad ideológica. Lo escribo desde una convicción profundamente humana: hay dolores que cambian para siempre la manera en que una entiende estas cosas. Dolores que no necesitan explicarse completos para ser reales. Dolores que enseñan a reconocer, casi de inmediato, cuándo una mujer está hablando desde la herida y no desde el espectáculo.

Por eso este 8 de marzo no quiero sumarme ni al juicio fácil ni a la estridencia automática. Prefiero quedarme en un lugar más difícil, pero también más honesto: el de la comprensión. El de la empatía. El de la firmeza serena. El de saber que no todo se resuelve en los extremos, pero que tampoco se puede pedir calma donde lo que ha sobrado durante años es dolor.

Hay heridas que no se ven, pero existen.
Hay memorias que no se cuentan completas, pero pesan.
Hay mujeres que no necesitan decirlo todo para saber perfectamente de qué están hablando.

Y quizá eso también tendría que enseñarnos algo: que antes de juzgar la rabia, habría que tener la decencia de preguntarse de dónde viene.

Mientras sigamos discutiendo con más pasión una pared intervenida que una vida quebrada, seguiremos sin entender lo más importante de esta fecha.

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Marisela R. Sánchez

Analista política y comunicadora, interesada en los cruces entre el poder, la rendición de cuentas y la ciudadanía en Ciudad Juárez.

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