Durante más de tres décadas, Norteamérica organizó su integración económica alrededor de la idea de producir donde fuera más eficiente. Esa lógica convirtió a la frontera entre México y Estados Unidos en uno de los corredores manufactureros más dinámicos del mundo y Ciudad Juárez se consolidó como un nodo estratégico de esa integración. Su mayor ventaja, además de la geografía misma, fue su capacidad para ensamblar con rapidez, calidad y costos competitivos para el mercado estadounidense.
Esa premisa ya no es del todo válida. La revisión del T-MEC, los nuevos aranceles, la política industrial de Estados Unidos y la competencia tecnológica con China suelen analizarse como temas independientes. En realidad, forman parte de un proceso de reorganización del poder industrial de Norteamérica, lo que significa una transformación más profunda. En esta nueva etapa la integración económica se organiza alrededor del control de capacidades.
En este modelo económico, el poder ya no depende únicamente de producir más o exportar más, sino de controlar las capacidades que permiten decidir cómo evolucionan las cadenas de valor: la investigación aplicada, la ingeniería, el diseño de productos, el desarrollo de software industrial, la propiedad intelectual, los estándares tecnológicos y la coordinación de redes globales de producción.
Estados Unidos ha entendido que esas capacidades son tan importantes para su competitividad como para su seguridad nacional. Por ello, su interés no gira exclusivamente en torno a recuperar empleos manufactureros o reducir dependencias externas. Un objetivo más profundo es asegurar que las funciones críticas para el desarrollo de tecnologías estratégicas permanezcan dentro de un espacio económico sobre el cual pueda ejercer influencia y coordinación.
Frente a ese escenario, sería un error que Chihuahua interpretara el momento únicamente como una nueva competencia por atraer inversiones o construir más parques industriales. Esa estrategia fue suficiente cuando la ventaja competitiva se medía por costos y proximidad geográfica. Lo relevante es responder, ¿qué papel puede desempeñar un territorio como Chihuahua dentro de una Norteamérica que busca concentrar capacidades estratégicas? Lo que necesita es fortalecer su relevancia en los segmentos estratégicos donde su ecosistema industrial ofrece capacidades difíciles de sustituir.
La respuesta difícilmente pasa por competir con Silicon Valley en innovación digital, con Boston en investigación biomédica o con Austin en capital de riesgo. Pero tampoco implica resignarse a permanecer en los segmentos de menor valor agregado. Existe un espacio donde Chihuahua posee una ventaja que es difícil de replicar: la industrialización del conocimiento.
En realidad, las grandes innovaciones no transforman la economía al salir de un laboratorio, sino cuando alguien logra convertirlas en millones de productos confiables, seguros y competitivos. Ese proceso exige ingeniería de manufactura, automatización, validación de procesos, integración de proveedores, escalamiento industrial y una capacidad permanente para resolver problemas complejos en tiempo real. Este tipo de conocimiento no es accesorio, sino uno de los activos más valiosos de cualquier ecosistema manufacturero avanzado.
La frontera ha acumulado durante décadas una experiencia extraordinaria en convertir ideas en producción. Esa capacidad se compone en este momento de miles de ingenieros, técnicos, proveedores y plantas industriales; representa una ventaja que pocas regiones del continente poseen con la misma profundidad. Sin embargo, esa ventaja tampoco está garantizada.
Las funciones de mayor valor permanecen donde existen capacidades que las hacen más eficientes, más rápidas y más difíciles de sustituir. Por eso, el desafío para Chihuahua no es sólo atraer nuevas empresas. El enfoque es convertirse en un territorio indispensable para la nueva estrategia industrial de Norteamérica, donde las tecnologías estratégicas no sólo se fabriquen, sino donde puedan validarse, escalarse e integrarse con mayor rapidez que en cualquier otro lugar. Esta ambición exige cambiar también nuestra forma de entender la competitividad.
Durante décadas medimos el éxito de la frontera por el número de plantas, el volumen de exportaciones o la inversión extranjera recibida. Pero estos indicadores ya no son suficientes para explicar el lugar que una región ocupa dentro de la nueva geografía del poder industrial. Si el nuevo activo estratégico son las capacidades, la pregunta es, ¿cómo se construyen, se comparten y se multiplican esas capacidades dentro de un territorio?
En otras palabras, ¿cómo logramos que el conocimiento circule con la misma eficiencia con la que hoy cruzan las mercancías nuestros puentes internacionales? Esa puede ser, más que cualquier arancel o tratado comercial, la discusión que definirá el futuro de la frontera.
Convertirse en un territorio indispensable no depende únicamente de la infraestructura, la inversión o el talento. Depende de la capacidad de articular un ecosistema donde el conocimiento circule, se combine y genere nuevas capacidades. Ese será el tema de la siguiente columna.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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