En los últimos meses, El Paso transitó de celebrar una de las mayores inversiones tecnológicas de su historia a debatir sobre agua, energía, infraestructura y regulación. Lo que comenzó como una conversación sobre desarrollo económico y transformación tecnológica en la región se convirtió gradualmente en una discusión sobre los límites y las responsabilidades de la política pública frente a la expansión de la infraestructura asociada a la inteligencia artificial.
Todo inició en octubre de 2025 con el anuncio de la llegada de proyectos de centros de datos vinculados a la nueva ola de inversión en inteligencia artificial; luego, hace poco más de dos meses, se anunció la expansión del proyecto. Al pasar de una inversión de 1 mil 500 a 10 mil millones de dólares, crecieron las preguntas sobre su impacto en el consumo de recursos, la infraestructura energética, los incentivos públicos y los beneficios que generan para la comunidad. El debate alcanzó tal dimensión que el Ayuntamiento comenzó a discutir marcos de política pública y gobernanza específicos para este tipo de infraestructura, algo prácticamente inexistente hace apenas unos años.
Vale la pena observar este proceso desde nuestra región. No porque El Paso ofrezca respuestas definitivas, ni porque su experiencia sea automáticamente transferible a Ciudad Juárez. Lo relevante es que está enfrentando algunos de los desafíos que probablemente acompañarán la siguiente etapa de la competencia económica entre territorios. El caso de El Paso no sólo es una historia sobre tecnología, sino que ayuda a apreciar cómo las ciudades no sólo deben construir capacidades para atraer inversiones, también es necesario gestionar y gobernar nuevas formas de infraestructura estratégica.
La decisión de Meta para invertir en El Paso no fue incidental. Las condiciones que hicieron posible la llegada de una inversión de esta escala comenzaron a construirse mucho antes. Como ocurre con frecuencia en los procesos de desarrollo regional, la decisión de una empresa suele ser el resultado visible de una serie de decisiones menos visibles relacionadas con planeación territorial, infraestructura, coordinación institucional y estrategia económica.
Antes de que existiera un proyecto de centros de datos, El Paso ya había desarrollado parte de las capacidades necesarias para competir por inversiones de gran escala. La ciudad contaba con reservas de suelo destinadas al desarrollo económico; una organización regional especializada en atracción de inversiones como Borderplex Alliance; infraestructura energética capaz de sostener proyectos intensivos en consumo eléctrico; y una estrategia orientada a posicionar a la región como un nodo logístico y tecnológico dentro de Norteamérica. Ninguno de estos elementos garantiza por sí mismo la llegada de inversión, pero su convergencia ayuda a explicar por qué El Paso apareció en el radar de una industria que hoy busca ubicaciones con condiciones muy específicas.
Los centros de datos asociados a la inteligencia artificial responden a una lógica de localización distinta a la de muchas inversiones industriales tradicionales. La prioridad no está en los incentivos fiscales o costos laborales competitivos, sino en el acceso confiable a energía, disponibilidad de suelo para futuras expansiones, conectividad digital y capacidad institucional para coordinar proyectos de gran complejidad técnica. Conforme la inteligencia artificial se convierte en una infraestructura económica estratégica, las ciudades comienzan a competir por atributos diferentes a los que históricamente impulsaron la atracción de manufactura o servicios.
Bajo esta lógica, El Paso ya reunía varias de las condiciones que la industria buscaba. Sin embargo, la llegada de estos proyectos reveló que las capacidades necesarias para atraer inversiones no son necesariamente las mismas que se requieren para gestionar sus impactos. Al aumentar la escala de los proyectos, de manera natural surgieron cuestionamientos sobre el consumo energético, el uso de agua, la expansión de infraestructura y los beneficios públicos asociados a estas inversiones.
Este es uno de los principales puntos a observar: la discusión dejó de centrarse exclusivamente en la inversión y comenzó a enfocarse en la política pública. Las preguntas ya no giran únicamente alrededor del monto invertido o del potencial económico del proyecto, sino sobre la capacidad de la ciudad para administrar sus efectos de largo plazo.
Acertadamente, la respuesta de El Paso no fue cancelar los proyectos ni cerrar la puerta a futuras inversiones. Por el contrario, el debate evolucionó hacia la construcción de instrumentos de gobernanza. Luego de reconocer que este tipo de infraestructura plantea desafíos distintos a los asociados con la manufactura tradicional, la logística o el desarrollo comercial, el Ayuntamiento inició la discusión de marcos específicos para centros de datos.
No sorprende que existan posiciones a favor o en contra de un proyecto en particular, pero resulta interesante el surgimiento de una transición institucional. El desarrollo de capacidades para atraer inversión no es lo mismo que construir capacidades para gobernar infraestructura estratégica vinculada a la economía digital. Son dos funciones relacionadas, pero no necesariamente iguales.
Hace apenas cinco años, difícilmente un gobierno municipal habría discutido cómo regular centros de datos asociados a inteligencia artificial, estimar su demanda energética o evaluar sus implicaciones para la infraestructura regional. Sin embargo, esos son precisamente algunos de los temas que hoy forman parte de la agenda pública en El Paso. La velocidad del cambio tecnológico está obligando a las instituciones a desarrollar capacidades, instrumentos y mecanismos de coordinación para responder a desafíos que, hasta hace poco, simplemente no existían.
Esta capacidad de adaptación no depende de una sola organización. Requiere coordinación entre gobiernos, organismos de promoción económica, proveedores de infraestructura, universidades y sector privado. La capacidad de una región para articular actores, construir consensos y desarrollar nuevas respuestas institucionales puede convertirse en una ventaja competitiva tan relevante como la disponibilidad de suelo, energía o conectividad.
Desde Ciudad Juárez, la experiencia de El Paso resulta interesante no porque ofrezca una receta que deba replicarse, sino porque anticipa algunos de los desafíos que probablemente acompañarán la siguiente etapa de la transformación económica regional. Si la inteligencia artificial está modificando la naturaleza de la infraestructura estratégica, la pregunta no es únicamente qué proyectos llegarán en el futuro. La pregunta es quién está construyendo hoy las capacidades institucionales necesarias para entenderlos, coordinarlos y gobernarlos.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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