Segunda entrega
En la columna anterior hablábamos de una transformación que lleva siglos ocurriendo frente a nuestros ojos: el trabajo humano cambia cada vez que cambia la tecnología. Del taller a la fábrica, de la máquina a la computadora y de Internet a la inteligencia artificial, cada salto tecnológico ha modificado la relación entre conocimiento, experiencia y valor. También dejamos una pregunta abierta: ¿cuánto vale realmente un oficio y cuánto vale un título universitario? La pregunta no es menor porque durante mucho tiempo construimos una especie de jerarquía social alrededor del trabajo. Había quien aprendía un oficio y quien estudiaba una carrera; uno trabajaba principalmente con las manos y el otro con la cabeza; uno cobraba por hacer y el otro por saber. Sin embargo, la realidad nunca fue tan sencilla y quizá ha llegado el momento de reconocerlo.
Un buen oficial no llega a ser bueno de un día para otro. Aprende mirando, preguntando, repitiendo y equivocándose. Su conocimiento aparece lentamente, acumulado en cientos o miles de decisiones pequeñas que terminan convirtiéndose en experiencia. El albañil aprende a leer una pared, el impresor aprende a leer una máquina, el encuadernador aprende a leer el papel, el carpintero aprende a escuchar la madera y el mecánico aprende a reconocer una falla incluso antes de desmontar una pieza. Hay algo en ese conocimiento que difícilmente puede explicarse por completo en un manual, porque está construido en el contacto con la materia, con la herramienta y con el error. El oficio es una forma de inteligencia y quizá, durante demasiado tiempo hemos cometido el error de confundir el trabajo manual con un trabajo intelectualmente menor.
El profesionista recorre otro camino. Pasa por una institución, estudia una disciplina, aprende conceptos, métodos y lenguajes especializados y obtiene, después de varios años, una certificación que acredita esa formación. Pero también descubre, cuando llega al mundo laboral, algo que ninguna universidad puede enseñar completamente: que la realidad no viene con instrucciones. Un título puede abrir una puerta, pero no garantiza que quien la cruza sepa resolver lo que encontrará detrás. Un abogado puede conocer la ley y no saber defender un caso; un diseñador puede conocer los programas y no saber construir una comunicación eficaz; un arquitecto puede dominar el dibujo y no saber resolver los problemas de una obra. La universidad proporciona herramientas intelectuales, pero la profesión, igual que el oficio, termina de construirse en la práctica.
Ahí aparece una diferencia fundamental. El oficial demuestra buena parte de su competencia mediante el resultado de su trabajo. Si una instalación funciona, si un mueble está bien construido, si un libro está correctamente encuadernado, si una pared quedó bien levantada, el trabajo habla por sí mismo. El profesionista, en cambio, puede vender algo menos visible: diagnóstico, planeación, diseño, estrategia, conocimiento especializado y responsabilidad. El arquitecto no vende solamente planos; el abogado no vende solamente documentos; el médico no vende solamente una consulta; el diseñador no debería vender solamente archivos. Venden la capacidad de resolver un problema y asumir las consecuencias de una decisión. Por eso tampoco cobran necesariamente de la misma manera. El oficial puede cobrar por jornada, por pieza, por metro cuadrado, por reparación o por obra terminada; el profesionista puede cobrar un salario, honorarios, una consulta, una iguala o un proyecto. Uno suele hacer visible su trabajo en una unidad concreta; el otro muchas veces cobra por algo que no podemos tocar: conocimiento, criterio y responsabilidad.
Pero aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Durante décadas convencimos a una generación tras otra de que estudiar una carrera universitaria era prácticamente el camino obligado hacia una mejor vida económica. El título se convirtió en una especie de pasaporte laboral y, en muchos casos, también en un símbolo de estatus. El problema es que producimos cada vez más profesionistas sin que necesariamente creáramos la misma cantidad de empleos capaces de remunerar esa formación. El título universitario dejó de ser una rareza y se convirtió en un requisito frecuente para acceder a puestos que, en ocasiones, ni siquiera demandan el nivel de conocimiento que supuestamente acredita. Cuando algo que antes distinguía a una persona se vuelve común, pierde parte de su capacidad para diferenciarla.
Esto no significa que la universidad haya perdido su valor. Sería absurdo sostenerlo. Significa que el título, por sí solo, ya no alcanza. Y mientras algunos profesionistas compiten entre cientos de personas que poseen la misma credencial, ciertos oficios enfrentan una situación diferente. Un buen electricista, un buen plomero, un buen mecánico, un buen carpintero, un buen impresor o un buen encuadernador pueden cobrar cantidades importantes cuando su experiencia escasea y la demanda permanece. No se trata de romantizar el oficio: muchos de estos trabajos son pesados, físicamente exigentes y, en ocasiones, peligrosos. Tampoco se trata de despreciar al profesionista: existen carreras saturadas, salarios bajos y personas que invirtieron años y dinero en una formación que no encontró una recompensa económica proporcional. Se trata de reconocer que el mercado laboral no paga los años que alguien tardó en aprender algo; paga el valor que ese conocimiento tiene en determinadas circunstancias.
Y aquí está, quizá, la parte más incómoda de la discusión. Durante mucho tiempo una persona podía justificar un precio diciendo: “me tomó muchos años aprender a hacer esto”. Era un argumento perfectamente válido porque detrás de esos años había experiencia, errores, práctica y conocimiento acumulado. Pero ahora una herramienta puede reducir radicalmente el tiempo necesario para adquirir determinadas capacidades. La inteligencia artificial está entrando precisamente en ese terreno. Una persona sin formación universitaria puede pedirle a una herramienta que le explique una disciplina, que proponga soluciones, genere alternativas, corrija errores y produzca materiales. Puede escribir un texto, generar una imagen, elaborar una presentación, traducir un documento o incluso producir código sin haber pasado necesariamente por una carrera profesional. Eso no significa que se haya convertido automáticamente en profesionista, de la misma manera que comprar una cámara no convierte a nadie en fotógrafo. Pero sí significa que una parte de las barreras de entrada al conocimiento está comenzando a desaparecer.
Y cuando desaparecen las barreras de entrada, cambia el precio. Esa es la verdadera discusión que deberíamos tener sobre la inteligencia artificial y el trabajo. No si la máquina va a reemplazar mañana a todos los trabajadores, sino qué actividades dejarán de tener el mismo valor cuando puedan realizarse con mayor rapidez y menor costo. Si una persona puede producir en una hora lo que antes requería varios días de trabajo profesional, el mercado necesariamente comenzará a preguntarse por qué debe pagar lo mismo. Y entonces la diferencia ya no estará solamente entre quien estudió una carrera y quien no lo hizo, sino entre quien sabe utilizar una herramienta y quien sabe evaluar lo que esa herramienta produce.
Tal vez estamos entrando en una época en la que el mercado dejará de pagar simplemente por saber hacer algo y comenzará a pagar por saber qué hacer, qué no hacer y por qué hacerlo. Ahí aparece nuevamente el valor del oficio y de la profesión, porque tanto el oficial experimentado como el profesionista competente tienen algo que la herramienta todavía no garantiza: criterio. El primero lo construyó con las manos, el segundo con el estudio y la experiencia. El tercero, el trabajador aumentado por inteligencia artificial, tendrá que construirlo de otra manera.
Y esa será la verdadera discusión de la tercera entrega: qué ocurre cuando una persona que quizá nunca pisó una universidad tiene a su alcance una herramienta capaz de multiplicar sus capacidades, mientras un profesionista descubre que aquello que estudió durante años puede ser producido parcialmente por una máquina. Entonces ya no bastará preguntar cuánto vale un oficio o cuánto vale un título. Tendremos que preguntarnos algo mucho más incómodo: ¿cuánto vale una persona cuando una máquina puede hacer una parte de lo que aprendió durante años?

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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