179 años de irresponsabilidad y autocomplacencia.

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Corría el verano de 1846, por sobearbia, falta de autocrítica, autopercepción de infalibilidad, traiciones, indisciplina, y falta de unidad en nuestro ejército, nuestro país había sido incapaz de desplegar una defensa eficaz, las fuerzas estadounidenses habían barrido con nuestras tropas en cada una de las batallas sucedidas en el centro del país, y las circunstancias hacían apreciar cada vez más lejos la posibilidad de dar un giro a la situación.

Ya en el Valle de México, la entrada natural por el oriente de la capital ofrecía una vulnerabilidad plena para las tropas invasoras, debido a las características del terreno, y las fortificaciones en un punto del oriente denominado el Peñón, circunstancia que apreció rápidamente el Gral. Winfield Scott, lo que lo llevó a bordear la capital por el sur hasta posicionarse en el pueblo de Tlalpan.

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Consecuentemente el Gral. Santa Anna, había dispuesto la defensa del sur del Valle de México en dos puntos. Uno era el pueblo de San Ángel, donde estaría él y otro en la Hacienda de San Antonio, bajo el mando del Gral. Bravo, de manera tal que se obstruirían las dos únicas salidas que tendrían los estadounidenses, debido a un inmenso pedregal que se extendía por casi 13 kilómetros, y los lagos del sur. Asimismo, ambos puntos estaban relativamente bien comunicados, de manera que se podrían apoyar mutuamente, dependiendo de las decisiones del comando estadounidense, planteando una muy buena opción para las fuerzas mexicanas, considerando las características de los terrenos y de las fuerzas que integraban las defensas en ambos sitios.

Las razones del planteamiento táctico habían sido mencionadas entre el mando mexicano, pero la vanidad de uno de los subalternos del presidente empezó a fracturar la disciplina. El 17 de agosto tuvieron un desencuentro, pues Valencia sostenía que el planteamiento de Santa Anna no era ideal y que su mando era titubeante, y contradictorio, por lo que exigía que se movilizara a todas las defensas hacia un pueblo que se llamaba San Jerónimo, con la finalidad de rodear el pedregal e ir al encuentro directo contra las fuerzas invasoras.

Valencia no se disciplinó, siguió su corazonada en lugar de rebatir las razones tácticas de su rival, que era nada más y nada menos que el presidente Santa Anna, y avanzó, hacia un poblado que se llama Contreras, por una vereda entre “lomeríos y barrancos desiguales y caprichosos” en dirección de “una pequeña y empinada loma llamada Pelón Cauauhitla”[1], en medio de lo que se conoce como Lomas de Padierna. Esto ocupando sólo momentáneamente una sólida fortificación ubicada en el delta de un río, entre el pedregal y la loma, denominada Anzaldo, misma que se desalojó en los primeros momentos de la batalla, desperdiciándola como cobertura de la retaguardia de las tropas de Valencia; sin considerar proteger una vía de retirada o resguardo en el bosque de San Jerónimo, y quizá sin saber que el Gral. Scott ya había ocupado un cerro cercano, en medio del pedregal, que se llama Zacatepetl, que domina toda la zona, y desde donde se podían observar con claridad los movimientos de las tropas de Valencia.

En este orden de cosas, el 19 de agosto de 1847, Valencia entró en contacto con el enemigo, vulnerando sus propias posiciones, y quedando a dos fuegos, y aunque algunos elementos de las tropas santanaistas se acercaron a menos de 100 metros, las barrancas y la dinámica del combate comprometía su supervivencia, por lo que quedaron únicamente como testigos que al inclinarse la batalla se retiraron sin disparar un tiro. Como don Guillermo Prieto recordaría, tras observar los sucesos desde la Hacienda de San Antonio: “A aquello de las tres de la tarde el fuego en Padierna hundía al mundo; nosotros estábamos en la azotea.

Veíamos los esfuerzos heroicos de Valencia.

-Caramba-decían unos- ¿Qué no verán a esos yankees que se van escurriendo por San Jerónimo, y ya mero lo cercan?

¿Y aquello que blanquea no es la fuerza del general Pérez? ¿Pues porqué permanece inmóvil?…cuando después de un vivo fuego ente el humo espeso, vimos avanzar a los yankees al ranchito de Padierna…allí…vimos patentemente…alzarse un grupo, bajar a estrujones nuestra bandera y después desplegarse lenta y en toda su extensión la bandera americana”[2]. La batalla terminó, los culpables de la derrota no fueron ni Valencia, ni Pérez, ni la soberbia, falta de unidad e indisciplina y falta de visión de una generación. Los culpables en el imaginario colectivo sólo fueron dos: Scott y Santa Anna.

A 179 años de estos terribles acontecimientos, afortunadamente la relación bilateral ha evolucionado muchísimo, hasta construir una región profundamente integrada en términos culturales y comerciales, en la que ambas naciones nos hemos convertido en socios con gran dependencia mutua. Sin embargo, a pesar de esa grata realidad, como en cualquier relación, al momento de negociar tendemos a presentar lo que no necesariamente es nuestra cara más amable, y encontramos el mejor momento para plantear con énfasis las áreas de oportunidad que ambas partes pueden apreciar, buscando naturalmente que esos planteamientos influyan en los resultados de las negociaciones.

Lamentablemente entre quienes tienen la responsabilidad política de conducir las negociaciones se puede apreciar que aquellas características del carácter que nublaron las posibilidades de defensa hace casi dos siglos, se mantienen hoy en día. Esto, de tal manera que en lugar de apoyar a los negociadores y al gobierno, algunos actores políticos del partido en el gobierno siguen huyendo de responsabilidades, plantean poca o nula autocrítica, con soberbia se asumen como encarnación de nuestra soberanía buscando eludir explicaciones que dentro y fuera de nuestro territorio se les exige, ante indicios de posibles conductas que podrían rayar en la ilegalidad.

Asimismo, quienes respaldan desde medios de comunicación a dichos actores políticos, no tienen el menor empacho en atribuir a gobiernos extranjeros la culpa del desprestigio generado por la falta de transparencia de algunos connacionales señalados por la posibilidad de verse relacionados con actividades ilegales que dañan a ambas naciones.

Es tiempo de ponernos a hacer nuestra tarea como sociedad, ver qué nos falta por hacer para evitar que dentro o afuera se nos observen omisiones o acciones. Ojalá y para el centenario de la batalla de Contreras o Lomas de Padierna, podamos observar que el voto para el congreso ha mostrado a una sociedad viva y crítica, y que la racionalidad política ha llevado a las élites de todos los partidos a aclarar los señalamientos que se les hacen, dentro y fuera del país, a sus militantes más prominentes, y en su caso que las instituciones de nuestra república sean capaces de judicializar lo que se tenga que judicializar, sin importar el poder político que hayan tenido o tengan las personas señaladas. Eso necesariamente facilitará la labor negociadora del equipo de la Secretaría de Economía, mejorará las opciones de colaboración que ha desplegado eficientemente la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, y sin duda, aumentará el margen de maniobra que tenga la Presidenta de la República, para impulsar el desarrollo de nuestro país, a través de la prosperidad y la integración económica de la región de Norteamérica.


[1] Heriberto Frías, Episodios Militares Mexicanos, Porrúa, México, 1987.
[2] Guillermo Prieto, “Mi Guerra del 47 Memorias de zapatilla”, en La Patria como Oficio, Fondo de Cultura Económica, México, 2009.

Raen Sanchez
Raen Sánchez Torres

Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.

Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


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