Juárez; una generación que aprendió a tocar antes que a confiar
Hubo un tiempo, no necesariamente mejor en todo, pero sí distinto, en que un beso representaba una frontera. Antes estaban la conversación, las miradas, la espera, la conquista, la incertidumbre y aquel nerviosismo que convertía el primer contacto en acontecimiento.
Hoy parece haberse invertido la secuencia; podemos conocer el cuerpo de alguien antes de conocer sus miedos; dormir juntos antes de saber qué espera el otro de nosotros; compartir desnudez antes que vulnerabilidad.
Paradójicamente, para muchas personas resulta menos amenazante desnudarse físicamente que hacerlo emocionalmente.
Esa quizá sea una de las contradicciones más profundas de nuestra época; nunca tuvimos tantas posibilidades de conectarnos y, sin embargo, la Organización Mundial de la Salud calcula que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad; entre adolescentes, la proporción llega a 21%.
Ciudad Juárez ofrece elementos particularmente inquietantes para discutirlo. Una investigación de El Colegio de Chihuahua, realizada con 764 estudiantes de 19 secundarias de la ciudad, encontró que la edad promedio de inicio de la actividad sexual reportada fue de 13 años.
Pero el dato verdaderamente perturbador no es solamente la edad; 37.7% dijo haberse sentido preparado para iniciar su vida sexual, mientras 35.5% respondió que simplemente “se dejó llevar”.
Además, 101 de los 764 estudiantes encuestados dijeron haber sido obligados a mantener relaciones sexuales contra su voluntad; 15% reportó violencia en el noviazgo; 38% acoso erótico o sexual mediante redes sociales y 49% haber recibido mensajes de contenido sexual o erótico.
No estamos hablando de una caricatura conservadora sobre “jóvenes promiscuos”, sino de una muestra local que exhibe sexualización temprana, presión, violencia y enormes dificultades para establecer límites.
Por eso sería intelectualmente pobre concluir que el problema de Juárez es simplemente que “se perdió la virginidad”.
La virginidad nunca ha sido una unidad científica para medir la dignidad de una persona. Tampoco necesitamos recuperar una sociedad en la que la vergüenza recayera especialmente sobre las mujeres, donde el miedo al embarazo o al qué dirán funcionara como sistema de control.
Pero tampoco deberíamos confundir liberación sexual con madurez emocional.
El pudor, entendido sanamente, no significa sentir vergüenza por el cuerpo; significa reconocer que no todo tiene que ser público, inmediato ni accesible; que existe una intimidad que merece protección.
Y el cortejo no tendría que regresar como protocolo machista de flores y permisos, sino como algo mucho más moderno y necesario; tiempo para descubrir quién es la persona antes de entregarle las partes más vulnerables de uno mismo.
Juárez tiene además números que obligan a mirar las consecuencias reales de nuestras relaciones.
En 2024 se registraron en el municipio 6,537 matrimonios y 3,689 divorcios; 56.4 divorcios por cada 100 matrimonios registrados ese año.
La cifra no significa que 56 de cada 100 parejas casadas ese año se divorciaran, sería estadísticamente incorrecto afirmarlo, pero sí revela la intensidad con la que conviven formación y disolución de vínculos en la frontera.
En el Hospital de la Mujer de Ciudad Juárez, durante 2025 se reportaron 726 eventos obstétricos entre adolescentes de 19 años o menos; 650 terminaron en nacimientos y representaron 14.7% de los 4,405 nacimientos atendidos en esa institución durante el año.
Nada de esto demuestra que el sexo casual sea la causa del divorcio o del embarazo adolescente; sí demuestra que hablar de sexualidad sin hablar simultáneamente de responsabilidad, consentimiento, proyecto de vida y vínculos resulta peligrosamente incompleto.
La psicología tampoco permite afirmaciones simplistas.
Una revisión sistemática de 71 estudios cuantitativos sobre experiencias sexuales casuales encontró resultados complejos; muchas personas describieron experiencias positivas y el sexo casual no produce inevitablemente daño emocional.
Pero los estudios que observaron cambios a lo largo del tiempo encontraron con frecuencia deterioros de corto plazo en indicadores emocionales; además, los resultados negativos fueron más probables cuando había alcohol, insatisfacción sexual, desconocimiento de la pareja o cuando la experiencia no correspondía con lo que realmente quería la persona. Otra investigación tampoco encontró diferencias significativas de bienestar psicológico entre jóvenes con parejas casuales y comprometidas.
La conclusión científica, entonces, es mucho más interesante que cualquier sermón; el problema no es el sexo por sí mismo; importa desde dónde, con quién, por qué y para qué se vive.
¿Entonces qué hemos perdido
Quizá no el romanticismo, sino la capacidad de tolerar el proceso.
Cortejar significa esperar.
Conocer implica invertir tiempo.
Enamorarse supone aceptar incertidumbre.
Comprometerse exige renunciar a otras posibilidades.
Perdonar requiere ego.
Construir intimidad obliga a hablar de inseguridades, familia, dinero, fidelidad, futuro, heridas y expectativas.
El sexo puede ocurrir en una noche; una relación necesita meses y años.
En una cultura que nos acostumbró al clic, al scroll, a cambiar de canción en tres segundos y a descartar lo que deja de estimularnos, resulta tentador trasladar la misma lógica a las personas; si algo incomoda, deslizamos; si algo exige demasiado, sustituimos; si comienza a doler, desaparecemos.
El riesgo es convertir el mercado afectivo en un catálogo infinito de cuerpos disponibles y personas desechables.
Y ahí aparece la falta de compromiso, que es mucho más seria socialmente que la ausencia de matrimonio.
Comprometerse no significa necesariamente casarse.
Significa hacerse responsable del efecto que uno produce en otra persona.
Significa decir qué queremos antes de involucrarla, respetar un “no”, sostener la palabra dada, hablar cuando los sentimientos cambian y no desaparecer cuando aparece el conflicto.
Una sociedad con poco compromiso produce relaciones más frágiles, pero también individuos entrenados para protegerse de la vulnerabilidad; “no quiero nada serio”, “vamos viendo”, “sin etiquetas”, “no te prometo nada”.
Algunas veces esas expresiones son acuerdos honestos entre adultos; otras son sofisticadas cláusulas de exención emocional; quiero tu cuerpo, tu compañía y tu afecto, pero no quiero responder por ninguno de ellos.
Por eso la pregunta correcta no debería ser únicamente “¿en qué momento pasamos de los besos al sexo?”.
Deberíamos preguntarnos en qué momento empezamos a creer que sentir profundamente era más peligroso que desnudarnos.
En qué momento llamar al día siguiente comenzó a parecer desesperación, expresar interés se confundió con debilidad y querer construir algo estable se convirtió casi en motivo de vergüenza.
Juárez no necesita regresar a la culpa sexual del pasado; necesita avanzar hacia algo bastante más difícil; educación sexual acompañada de educación emocional.
Enseñar anticoncepción, consentimiento y prevención de infecciones es indispensable, pero también enseñar autoestima, límites, empatía, manejo del rechazo, resolución de conflictos y responsabilidad afectiva.
El verdadero progreso no consiste en regresar a la “virtud virginal”, sino en recuperar una virtud mucho más escasa; la capacidad de vincularnos sin utilizarnos.
Porque quizá el beso nunca dejó de existir.
Lo que estamos perdiendo es aquello que lo hacía importante; la expectativa de que después del beso todavía habría alguien ahí.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


