Cada septiembre, México se llena de banderas, música y colores. Durante una noche gritamos con orgullo el nombre de nuestros héroes, recordamos nuestra historia y celebramos la fortuna de pertenecer a este país.
Pero después llega la mañana.
Las plazas se vacían, las banderas comienzan a guardarse y la vida continúa. Regresamos al trabajo, a la escuela, al tráfico, a las calles dañadas y a los problemas que no desaparecen con los fuegos artificiales.
Es entonces cuando comienza el verdadero patriotismo.
No cuestiono nuestras celebraciones. También disfruto la música, la comida y ese momento en que miles de voces se unen para gritar: “¡Viva México!”. Las tradiciones fortalecen nuestra identidad y nos recuerdan que formamos parte de una historia mucho más grande que nosotros.
Lo que cuestiono es que, en ocasiones, confundimos celebrar a México con comprometernos con México.
Amar al país no consiste solamente en emocionarnos frente a una bandera. También significa preguntarnos qué hacemos el resto del año para construir una mejor comunidad.
El patriotismo se demuestra cuando respetamos la ley, cuidamos los espacios públicos, cumplimos nuestra palabra y ayudamos a quien lo necesita. Está presente cuando hacemos nuestro trabajo con responsabilidad, pagamos justamente, no ofrecemos una mordida y tampoco la aceptamos.
También se demuestra cuando participamos.
Durante demasiado tiempo nos enseñaron que los asuntos públicos pertenecían exclusivamente a los políticos. Como si la ciudadanía terminara el día de la elección y después solo nos correspondiera observar, quejarnos o esperar.
Pero un país no se construye únicamente desde las oficinas de gobierno.
México también se construye desde el salón de clases donde un maestro decide no rendirse con un alumno; desde el negocio que conserva empleos en tiempos difíciles; desde la familia que educa con valores; desde la colonia que se organiza para recuperar un parque, y desde cada ciudadano que decide no permanecer indiferente.
Eso no significa liberar al gobierno de su responsabilidad.
Al contrario. Querer a México también implica exigir autoridades honestas, capaces y cercanas. Significa vigilar el uso del dinero público, cuestionar las decisiones equivocadas y negarnos a aceptar que la corrupción, la inseguridad o los malos servicios son parte inevitable de nuestra realidad.
No hay patriotismo en guardar silencio para proteger a un partido o a un gobernante.
La lealtad a México debe estar por encima de cualquier color político. Cuando una autoridad hace bien su trabajo, debemos reconocerlo. Cuando falla, debemos señalarlo. Y cuando utiliza los símbolos nacionales para ocultar resultados insuficientes, debemos recordar que gobernar exige mucho más que pronunciar discursos emocionantes.
Desde Ciudad Juárez, esta reflexión adquiere un significado especial.
Quienes vivimos en la frontera sabemos que la identidad mexicana no depende de la distancia respecto del centro del país. Aquí México se vive todos los días: en la comida, en la música, en nuestras familias y en la manera en que recibimos a quienes llegan buscando una oportunidad.
Juárez es profundamente mexicana, pero también necesita ser tratada como una prioridad nacional y no solamente recordada cuando conviene hablar de migración, comercio o seguridad.
Nuestra ciudad contribuye, trabaja y sostiene una parte importante de la economía del país. Por eso, también merece infraestructura, atención y decisiones públicas a la altura de lo que representa.
Exigirlo no nos hace menos patriotas. Nos hace ciudadanos conscientes de que amar a México incluye defender a nuestra comunidad.
El país que deseamos no se construirá únicamente desde Palacio Nacional, desde el Congreso ni desde los gobiernos estatales o municipales. Se construirá cuando las instituciones cumplan con su responsabilidad y cuando nosotros asumamos la nuestra.
México necesita menos espectadores y más ciudadanos.
Ciudadanos que no se conformen, que participen, que se informen y que comprendan que la democracia no se limita a votar. Ciudadanos capaces de criticar sin destruir, dialogar sin renunciar a sus convicciones y colaborar incluso con quienes piensan diferente.
Los héroes que recordamos en septiembre no lucharon para que repitiéramos sus nombres una vez al año. Lucharon por la posibilidad de construir una nación libre y digna. Honrarlos implica preguntarnos qué estamos haciendo con esa posibilidad.
Ya pasó el Grito. Las luces se apagarán y las banderas volverán poco a poco a sus cajones.
Pero México permanecerá.
Permanecerá en nuestras decisiones, en la manera en que tratamos a los demás y en lo que hacemos por nuestra ciudad cuando nadie nos está observando.
Porque amar a México no consiste solamente en gritar su nombre una noche al año.
Consiste en trabajar todos los días para construir un país digno de ese orgullo.

Josué Urrutia
Especialista en estrategia política y asuntos públicos. Su experiencia abarca comunicación institucional, vinculación con distintos sectores y coordinación de proyectos en el ámbito gubernamental, partidista y de la sociedad civil.
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