Hace unos días apareció en los titulares una noticia que parecía extraída de una novela de ciencia ficción: científicos del Gran Colisionador de Hadrones habían encontrado una partícula que, según algunos medios, “no debería existir”. La frase era irresistible. En una época en la que casi todo parece predecible, una partícula rebelde aparecía para recordarnos que el universo aún guarda secretos. Sin embargo, más allá del titular espectacular, la noticia abre preguntas más interesantes que la propia partícula. ¿Quién la descubrió? ¿Dónde ocurrió? ¿Quién financia una investigación capaz de observar lo infinitamente pequeño mientras el mundo parece concentrado en los conflictos de lo infinitamente grande?
El hallazgo fue realizado por equipos internacionales de científicos que trabajan en el Gran Colisionador de Hadrones, conocido como LHC por sus siglas en inglés. Miles de investigadores de distintas nacionalidades participan en sus experimentos. No se trata del triunfo de una bandera, sino del resultado de una comunidad científica global que comparte conocimientos, recursos y décadas de trabajo. El LHC se encuentra en la frontera entre Suiza y Francia. Es un anillo subterráneo de veintisiete kilómetros de circunferencia donde partículas subatómicas son aceleradas hasta velocidades cercanas a la de la luz para después hacerlas colisionar. Dicho de manera simple: los científicos provocan choques controlados para observar qué ocurre cuando la materia es llevada a condiciones extremas, semejantes a las que existieron instantes después del nacimiento del universo.
Pero aquí aparece una de las cuestiones más fascinantes de esta historia. El Gran Colisionador de Hadrones no pertenece a una empresa tecnológica ni a un multimillonario. Tampoco es propiedad exclusiva de una nación. Es operado por el CERN, una organización internacional creada en 1954 por varios países europeos con el propósito de impulsar la investigación científica después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Quizá esa sea la primera lección que solemos olvidar: el mayor laboratorio de física del planeta nació de la cooperación y no de la competencia.
Desde su puesta en funcionamiento en 2008, el LHC ha realizado descubrimientos fundamentales. El más conocido fue la confirmación experimental del bosón de Higgs en 2012, una pieza clave para comprender por qué las partículas poseen masa. También ha permitido estudiar nuevas partículas, explorar las condiciones del universo primitivo y buscar indicios de fenómenos que podrían obligarnos a replantear las teorías físicas actuales.
Sin embargo, el verdadero clímax de esta historia no está en una partícula extraña. Está en la paradoja que representa su existencia. Vivimos en una época marcada por guerras, crisis climáticas, polarización política y desigualdades crecientes. Mientras algunos gobiernos destinan miles de millones de dólares a la fabricación de armamento cada vez más sofisticado, otros miles de millones son invertidos en intentar comprender cómo está construido el universo. Ambos esfuerzos requieren tecnología, inteligencia y recursos. La diferencia es que uno busca perfeccionar nuestra capacidad de destruir y el otro nuestra capacidad de comprender.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de qué nos sirve descubrir una partícula en medio de un mundo en conflicto? La respuesta más inmediata parecería ser: de nada. Ningún descubrimiento subatómico detendrá una guerra mañana ni reducirá por sí mismo la pobreza. Pero esa respuesta sería demasiado simple.
La ciencia fundamental tiene un valor que trasciende la utilidad inmediata. Muchas de las tecnologías que hoy utilizamos nacieron de investigaciones que en su momento parecían inútiles. La propia World Wide Web fue desarrollada en el CERN para facilitar el intercambio de información entre científicos. Nadie imaginó entonces que transformaría la vida cotidiana de miles de millones de personas. Más importante aún es el significado simbólico. En una época donde las naciones vuelven a levantar fronteras físicas e ideológicas, el Gran Colisionador de Hadrones demuestra que la cooperación internacional sigue siendo posible. Mientras los discursos políticos construyen enemigos, los laboratorios construyen preguntas compartidas.
Quizá por eso la noticia de una partícula que no debería existir resulta tan poderosa. No porque desafíe únicamente a la física, sino porque desafía nuestra manera de mirar el presente. Nos recuerda que todavía existen espacios donde la humanidad trabaja junta para entender el mundo en lugar de disputárselo.
Y tal vez ahí radique el verdadero descubrimiento. No en una partícula escondida en las profundidades de la materia, sino en la posibilidad de que el conocimiento siga siendo un territorio común. Porque en tiempos de guerra, comprender el universo puede parecer un lujo. Sin embargo, es precisamente en tiempos de guerra cuando más necesitamos razones para recordar que pertenecemos al mismo universo.
Tal vez la pregunta no sea si una partícula imposible cambiará el destino de la humanidad, sino quién tendrá la capacidad de comprenderla primero. A lo largo de la historia, el poder mundial no ha pertenecido únicamente a quienes poseen más territorio o más armas, sino a quienes han logrado dominar las tecnologías que transforman su tiempo. Hoy, mientras los titulares hablan de guerras, fronteras y conflictos, una batalla mucho más silenciosa se libra en laboratorios, centros de investigación y universidades. Allí se define quién producirá el conocimiento, quién desarrollará las próximas tecnologías y quién marcará el rumbo del siglo XXI. Por eso, cada descubrimiento en el Gran Colisionador de Hadrones trasciende el ámbito de la física: es una muestra de que el verdadero poder contemporáneo no reside únicamente en la capacidad de destruir, sino en la capacidad de comprender. Y en un mundo donde el conocimiento se ha convertido en el recurso estratégico más valioso, ignorar la ciencia puede resultar mucho más costoso que financiarla.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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