Hoy se cumple un aniversario más de uno de los asesinatos de mayor impacto en el sistema político mexicano. Una tragedia que destrozó emocionalmente a una familia, dislocó el predominio de un grupo político, y fracturó profundamente la imagen, unidad y sentido de pertenencia en el partido político que dominó la mayor parte del siglo XX mexicano.
Al extinguirse la vida de Luis Donaldo Colosio Murrieta se desató una tormenta de especulaciones que pulverizó la popularidad del presidente (quien definitivamente era el más perjudicado políticamente con la pérdida de su pupilo), y abrió una coyuntura política que, entre otras cosas, detonó las carreras de algunos colosistas; acentuó innecesariamente el recelo y la desconfianza a las instituciones gubernamentales, y definió la manera en que muchos percibimos a esa generación de la clase política, al observar, por televisión, el desarrollo de ese drama rebosante en imágenes conmovedoras desde la detonación del revolver Taurus, en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana, Baja California, hasta la inhumación del candidato sonorense en lo que posteriormente sería un sencillo mausoleo de Magdalena de Quino, Sonora.
Por supuesto, en el imaginario político de las generaciones que nacieron después del año 2000, Colosio sólo representa alguna referencia perdida entre las calles, puentes, bibliotecas, hospitales o deportivos de sus comunidades; un popular joven cantautor; una promesa política para Nuevo León; un ardid inteligible del presidente del PRI para intentar bloquear a un septuagenario rival político, o una conspiración perdida entre los 3 mil 480 resultados que ofrece Google al escribir la frase “asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta”.
Debajo de toda esa polvareda de sospechas, mentiras, teorías conspiratorias, y medias verdades que confunden los hechos políticos objetivos, Colosio fue una persona surgida de la cultura del esfuerzo, que logró formar una familia, no sé si mejor que la tuya o la mía, pero una familia como tantas en México. A quien el presidente de la república -su mentor político- posicionó meticulosamente durante cinco años en diversos cargos para construir la imagen del candidato ideal del neoliberalismo priista. Un tecnócrata con un discurso de sensibilidad social, empatía y experiencia política sólida, moldeada con errores y aciertos en una marcha forzada desde la residencia presidencial. Con él se rompía la idea de que los neoliberales no tenían oficio político, ni el carisma aceptable para los viejos priistas de esa época. Era la mejor apuesta para reunificar al PRI que se había dividido desde la irrupción tecnocrática en el poder presidencial una década atrás.
Sus redes abarcaban vínculos en todos los ámbitos de la vida pública del país, desde destacados juristas como Ignacio Burgoa Orihuela, hasta artistas de la talla de Carmen Parra, pasando por deportistas, científicos o destacados militantes priistas. Estaba montado en caballo de hacienda, en una época en la que no había mayor poder que el poder presidencial, ni mejor promesa política que tener una candidatura presidencial del PRI, el partido que había gobernado este país desde 1929.
Consecuentemente no había forma de imaginar que el ritmo político que definía los destinos de México cambiaría abruptamente al son de una deficiente grabación de “La Culebra”, interpretada por la banda “Machos”, en una mueca sarcástica de la historia, haciendo referencia indirecta de aquella otra tragedia que en 1928, cambió el curso político de México, con la muerte de Álvaro Obregón, otro sonorense ejecutado pero al ritmo de “El limoncito”, interpretado por la Orquesta Típica Lerdo de Tejada, suceso que propició precisamente el nacimiento del PRI, entonces con las siglas PNR.
Reflexionar sobre el aniversario de hoy es pertinente porque hay condiciones para que nos perfilemos nuevamente a una etapa de partido hegemónico, con el segundo mandato de una oferta política que, como la neoliberal entre 1982 y 1994, ha trastocado una gran cantidad de intereses, truncado trayectorias y ha dispersado grupos políticos que, si bien su poder ha disminuido, su capacidad de desestabilización sigue latente.
En medio de este contexto hay una polarización, que ha propiciado el aumento de posiciones radicales y la consecuente exaltación en el debate público. Misma que podría llegar a enmarcar la posibilidad de que alguna mente fácilmente manipulable, exaltada, frustrada, violenta y con iniciativa, que esté dispuesta a intercambiar su libertad o existencia a cambio de arrebatar la vida de alguna persona pública cercana al poder, decida pasar a la historia a costa de la estabilidad política del país.
Así sucedió en los Estados Unidos de America con Charles J Guiteau contra James Garfield (1881) y Shiran Shiran contra Robert Kennedy (1968), o los fallidos intentos de Giusseppe Zangara contra Franklin D. Roosvelt (1933) y John Hinckley contra Ronald Reagan (1981). Asimismo, en México con Daniel Flores contra Pascual Ortiz Rubio (1930), Antonio De la Lama contra Manuel Ávila Camacho (1944), y Mario Aburto contra Luis Donaldo Colosio (1994).
Estamos a muy buen tiempo de despresurizar el debate público, regresar a la voluntad de construir, no necesariamente con la otredad, pero sí con la legitimidad que da el diálogo, el respeto por el adversario, y la integración, al menos simbólica de algunas posturas que no necesariamente surjan de nuestro propio discurso. No desde la candidez, sino desde la madurez y la practicidad, conscientes que la vida pública es un ecosistema fundado en la Ley del Péndulo, en el que el carnicero de hoy, puede ser la presa de mañana, y que las pifias propias y ajenas enrarecen por igual el ambiente político para todos, no solo para nuestros oponentes.
Ojalá y como ha dicho una de las victimas directas de esta tragedia, el Senador Luis Donaldo Colosio Riojas, demos como país una vuelta a la página en ese episodio. Diría el que escribe, una vuelta que refleje el aprendizaje y abandone las posiciones maximalistas, ultras y revanchistas, que poco abonan a avanzar en el camino colectivo a una democracia liberal vigorosa.

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


