En política, el futuro casi nunca avisa con estridencia. No llega con discursos ni con anuncios oficiales. Se cuela, más bien, en los silencios, en las tensiones que ya no se esconden y en decisiones que empiezan a sentirse defensivas. Por eso, aunque nadie lo diga abiertamente, el 2027 ya empezó a jugarse. Y Juárez, como tantas otras veces, vuelve a estar en el centro.
Cuando un gobierno comienza a reaccionar más de lo que propone, cuando cada señalamiento se responde como si fuera un ataque y cada observación se asume como persecución, no estamos frente a un complot. Estamos frente al desgaste natural del poder. Gobernar cansa. Y cuando el poder se prolonga, el cansancio se nota.
En los últimos meses, el tono ha cambiado. La agenda pública ya no gira solo en torno a resolver, sino a explicar, justificar y resistir. El poder deja de expandirse y empieza a protegerse. Y cuando eso ocurre, algo se rompe en la relación con la ciudadanía.
Las auditorías, los señalamientos y las observaciones institucionales no deberían sorprender a nadie. Son parte del juego democrático. El problema es cuando el contexto electoral se aproxima y todo se interpreta en clave política. Ahí la rendición de cuentas deja de verse como obligación y empieza a tratarse como amenaza. Y esa confusión suele salir cara.
Lo que hoy pasa en Juárez no es únicamente un tema administrativo. Es un reacomodo político. Las críticas internas, las voces que antes eran prudentes y ahora marcan distancia, no aparecen de la nada. Son señales de un proceso que viven todas las fuerzas que concentran poder: medir daños, repartir costos y empezar a pensar en el día después.
En ese escenario, Juárez corre un riesgo conocido: volver a ser usada como ficha electoral. Ciudad estratégica, frontera clave, municipio emblemático… pero también una ciudad que carga problemas reales, estructurales, que no se resuelven con discursos defensivos ni con narrativas de víctima.
Lo más preocupante no es la crítica en sí. Lo preocupante es la tentación de desacreditarla automáticamente. Cuando exigir cuentas se convierte en traición y preguntar se vuelve sospechoso, el debate público se empobrece y la confianza se erosiona. Y sin confianza, ningún proyecto político tiene futuro.
La paradoja es evidente. Mientras en algunos frentes crece la desconfianza, en otros Juárez demuestra que sí puede avanzar cuando hay voluntad real. El proyecto del Centro de Convenciones lo deja claro: cuando gobierno, iniciativa privada y sociedad civil coinciden, los acuerdos llegan sin pleitos ni estridencias.
Eso deja una pregunta incómoda: si es posible ponerse de acuerdo para construir, ¿por qué cuesta tanto hacerlo para transparentar?
Juárez ya escuchó demasiadas veces el “todo se va a aclarar” que nunca termina de aclararse. Hoy la exigencia es otra. No es grito ni linchamiento. Es cansancio. Es hartazgo. Es una ciudadanía que ya no se conforma con respuestas a medias.
El 2027 todavía no aparece en las boletas, pero ya pesa en las decisiones del presente. Se nota en los silencios selectivos, en los deslindes anticipados y en las tensiones internas que empiezan a aflorar. Negarlo sería ingenuo. Ignorarlo, irresponsable.
Juárez no necesita gobiernos a la defensiva ni discursos que se expliquen solos. Necesita claridad, responsabilidad política y rendición de cuentas reales. Porque en esta ciudad, tarde o temprano, todo sale a la luz. Y lo que se haga —o se evada— hoy, definirá quién llegará con autoridad moral al mañana… y quién no.


