La semana pasada, Enrique Quintana planteó en una de sus columnas para El Financiero una pregunta que debería preocuparnos: ¿por qué México no crece al mismo ritmo que sus exportaciones? Durante años, incluso hoy, celebramos récords históricos de comercio exterior, pero esos logros no siempre se reflejan en un crecimiento equivalente de la economía. Una parte de la explicación es conocida: una proporción importante del valor de lo que exportamos se genera fuera del país; fabricamos más, pero no necesariamente capturamos más valor.
Hace algunos años, mientras investigaba la incorporación de empresas locales a las cadenas globales de valor, tuve una conversación con Jesús A. Mesta que hoy vuelve a cobrar sentido. Insistía en que Chihuahua había dejado de ser únicamente un territorio de maquilación. Empresas como Soisa Aircraft Interiors demostraban que era posible pasar del ensamblaje a incorporar actividades de ingeniería, validación, diseño de procesos y manufactura avanzada alrededor de un mismo producto. La diferencia ya no estaba únicamente en producir, sino aprender a producir mejor y agregar valor.
En las dos entregas anteriores sostuve que Norteamérica está reorganizando sus capacidades industriales y que la competitividad dependerá cada vez más de los problemas tecnológicos que una región sea capaz de resolver. Pero esa idea deja una pregunta pendiente: ¿cómo desarrolla una región esas capacidades?
El impulso natural es hablar de inversión, infraestructura, incentivos fiscales y formación de talento. Todos son primordiales. Sin embargo, el activo menos visible que explica por qué algunas regiones evolucionan más rápido que otras es la forma en que generan, comparten y aprovechan el conocimiento.
Una parte de ese proceso ocurre de manera natural cuando un ingeniero cambia de empresa y lleva consigo experiencia acumulada; cuando un proveedor trabaja con distintos clientes, adapta procesos y desarrolla nuevas capacidades; cuando una universidad colabora con la industria y sus profesores y estudiantes adquieren conocimientos que antes no existían. Todo ello fortalece gradualmente al ecosistema.
Sin embargo, estos mecanismos tienen un límite. Son procesos fragmentados que responden a necesidades particulares y, en su gran mayoría sólo podrán generar innovaciones incrementales. Es normal observar cómo una mejora desarrollada dentro de una planta puede aumentar su productividad sin transformar al resto del ecosistema, o un proyecto universitario puede convertirse en una valiosa experiencia académica y, aun así, no llegar nunca al mercado. Incluso el aprendizaje derivado de la movilidad laboral suele permanecer acotado por el papel que cada actor desempeña dentro de la cadena global de valor.
Las regiones que logran dar un salto cualitativo no esperan que el conocimiento circule por inercia. Por el contrario, construyen mecanismos deliberados para que las empresas, las universidades, los centros tecnológicos, los proveedores y las instituciones trabajen sobre problemas compartidos con objetivos explícitos para generar, compartir y transformar ese conocimiento en nuevas capacidades productivas. Las interacciones son intencionales e intencionadas. En otras palabras, organizan el aprendizaje.
Esa diferencia parece sutil, pero cambia por completo la trayectoria de un territorio. La innovación deja de depender de esfuerzos aislados y comienza a convertirse en una capacidad colectiva. El conocimiento deja de pertenecer exclusivamente a cada organización y empieza a formar parte del patrimonio competitivo de toda la región.
Ahí radica, probablemente, el siguiente desafío para Chihuahua. La región ya cuenta con empresas globales, talento especializado, universidades, centros de investigación y una larga experiencia manufacturera. El reto ya no consiste únicamente en fortalecer cada uno de esos actores por separado, sino en construir un ecosistema donde la generación, circulación y aprovechamiento del conocimiento respondan a una estrategia compartida de desarrollo.
Durante décadas medimos nuestro éxito por el número de plantas, los empleos creados o las exportaciones alcanzadas. Quizá ha llegado el momento de incorporar otro indicador: la capacidad que tiene una región para aprender colectivamente.
Las regiones que liderarán la siguiente etapa industrial no serán necesariamente las que produzcan más, sino aquellas que sean capaces de organizar mejor el aprendizaje colectivo y convertir ese conocimiento en innovación, nuevas empresas y mayor valor agregado para su territorio.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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