Benemérito

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La Llorona / Beirut (2009)
“No man ever could steal her heart.” 

Oaxaca tiene una relación peculiar con la memoria: no la guarda en estatuas, la guarda en canciones.

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Benito Juárez también viene de ese mismo lugar donde la historia rara vez es simple, con el tiempo lo convertimos en bronce, en lema escolar, en figura incuestionable, pero los personajes que terminan convertidos en mito suelen ser más incómodos cuando se les devuelve a la historia.

Y Juárez, como Oaxaca, siempre fue más complejo de lo que admite la estampita.

 

Juárez no fue un santo. Tampoco fue el monstruo autoritario que algunos improvisados quieren vender ahora con el rigor intelectual de un meme mal hecho. Fue algo bastante más incómodo: un político de poder, un hombre de Estado, un constructor de la República en un país roto por guerras, bancarrota, invasiones y facciones dispuestas a despedazarse por el control del futuro.

Defendió la República, empujó la separación entre Iglesia y Estado, resistió la intervención francesa y fue pieza central en la consolidación del Estado laico, todo eso es cierto, lo que ya no es cierto, o al menos no del todo, es esa versión de catecismo que lo presenta como una especie de conciencia moral andante, puro principio republicano sin cálculo, sin dureza y sin voluntad de mando; Juárez no gobernó en un salón de clases; gobernó en medio de un incendio, por así decirlo y en medio del incendio no se actúa como apóstol, sino como alguien dispuesto a conservar el poder porque cree que perderlo sería perder el país.

La Reforma, además, no fue la ocurrencia genial de un solo hombre, fue la ruptura brutal entre dos modelos de nación: uno clerical, corporativo, heredero del orden colonial; y otro liberal, civil, centralizador y empeñado en que la autoridad del Estado estuviera por encima de fueros, privilegios y poderes intermedios. En ese choque, Juárez fue decisivo y también fue inflexible, consolidó la República, sí, pero profundizó la polarización y dejó una enseñanza política que México no abandonaría fácilmente: que en nombre de la ley, del orden y de la modernización también se concentra poder.

Y ahí aparece el carnal Porfirio Díaz, porque una de las grandes trampas de la historia oficial es presentarlos como si fueran la luz y la sombra, el republicano puro frente al dictador puro, cuando en realidad entre ambos hay más vasos comunicantes de los que conviene admitir. Díaz termina enalteciendo a Juárez porque entiende perfectamente su utilidad: lo convierte en símbolo nacional, lo vuelve “Benemérito de las Américas”, lo mete al panteón y, desde ahí, lo usa, no para continuar limpiamente su legado, sino para legitimarse, como quien hereda la casa, le pone un retrato solemne al padre fundador en la sala y luego administra la propiedad a su conveniencia.

No deja de ser irónico: el hombre que se levanta con la bandera de la no reelección contra Juárez termina perfeccionando el hábito de eternizarse en el poder. México tiene un talento especial para convertir la contradicción en sistema y ahora hasta en historia oficial…

Pero la comparación no se agota en la hipocresía política. Juárez y Díaz comparten rasgos más de fondo de lo que suele admitirse, ambos creen en un poder central fuerte, ambos subordinan resistencias locales al proyecto nacional, ambos entienden el orden como condición indispensable para gobernar, ambos desconfían de los cuerpos intermedios cuando obstaculizan al Estado, ambos, cada uno a su modo, participan de una modernización desde arriba, donde la nación se construye más como disciplina que como diálogo, la diferencia es que Juárez lo hace en clave republicana y de guerra; Díaz, en clave administrativa, oligárquica y de larga duración; uno funda el andamiaje y el otro lo convierte en maquinaria.

Por eso también conviene no romantizar el origen indígena de Juárez como si eso bastara para volverlo defensor automático de los pueblos indígenas, no funciona así, Juárez, como otros liberales de su tiempo, apostó por la ciudadanía individual, la propiedad privada y el debilitamiento de formas corporativas y comunales que, en muchos casos, sostenían autonomías locales, fue un modernizador, sí, pero no un protector de la diversidad indígena en el sentido en que hoy querríamos entenderlo y Porfirio, en esto, no corrigió esa lógica: la profundizó bajo un orden todavía más excluyente.

También está el problema de la permanencia en el poder, ese tema que a los devotos del civismo les da urticaria, si bien Juárez llegó a la presidencia por vía constitucional, no democrática, jamás lo eligieron al puesto y su continuidad prolongada y la reelección de 1871 desgastaron su legitimidad y alimentaron una fractura dentro del liberalismo; de ahí surge La Noria, de ahí emerge Díaz como opositor al continuismo y de ahí nace una de las grandes ironías mexicanas: el hombre que denuncia la concentración del poder acaba construyendo el régimen más prolongado de concentración del poder en el México del siglo XIX.

Así que no, el porfirismo no cae del cielo como un accidente exótico ni como una traición pura a la República juarista, tiene algo de continuidad, algo de deformación y mucho de aprovechamiento. Díaz toma elementos del Estado que Juárez ayudó a consolidar, como la centralización, legalidad como instrumento de autoridad, primacía del orden nacional y los lleva a un grado mucho más eficiente, más autoritario y más conveniente para las élites, lo que con Juárez era urgencia histórica, con Díaz se vuelve política pública.

Y ahí sí aparece otra idea incómoda: si bien la Revolución no puede cargarse simplonamente a la cuenta de Juárez, tampoco puede contarse como si Juárez no tuviera nada que ver en el largo proceso que la hizo posible, porque parte de las tensiones que después estallan en 1910 vienen de ese liberalismo que desmantela viejos privilegios, sí, pero también erosiona autonomías, concentra poder y confía demasiado en que la nación puede construirse desde arriba sin pasar factura. Díaz por su parte hereda esa estructura, la endurece, la alarga hasta el abuso y acaba provocando el reventón. Dicho de otro modo: la Revolución le cobra al porfirismo, pero el expediente venía acumulándose desde antes.

Por eso Juárez importa tanto y por eso mismo no debería tratarse como reliquia, fue central en la construcción del Estado laico y republicano, pero también fue un gobernante duro, conflictivo, con claroscuros que la liturgia patriótica prefiere esconder bajo siete capas de mármol y acá entre nos, fue creado a conveniencia por Don Porfirio, creado en el sentido que ahora lo conocemos, porque si no hubiera sido por Díaz, serían otros los enaltecidos y quizá los reales.

En fin, el problema no es reconocer su tamaño histórico, el problema es volverlo altar, ya que cuando a un personaje se le convierte en culto, deja de servir para entender el país y empieza a servir apenas para decorar discursos de políticos que lo invocan con una mano mientras vacían la República con la otra; llámelo como quiera, en realidad, es más, costumbre nacional e idealista.

A Juárez no hay que sobre estimarlo, hay que discutirlo y discutirlo de verdad implica aceptar que entre él y Porfirio Díaz no solo hay ruptura: también hay herencia, continuidad y una vieja pasión mexicana por disfrazar de virtud lo que muchas veces fue simple concentración del poder; sacarlo del mito no es rebajarlo, es devolverlo a la historia, que siempre ensucia más, pero también explica mejor y nos da una correcta identidad como hombre, libres y de buenas costumbres.

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Alfonso Becerra Allen

Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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