Lo que no lograron cientos de informes y llamados de auxilio, lo logró la fotografía del cuerpo de Aylan Kurdy, un pequeño sirio de tres años de edad arrojado a la playa. Una imagen que logró levantar una opinión pública mundial que permanecía ciega y sorda ante los terribles crímenes cometidos en nombre de Dios, de la tradición y el pueblo.

El alud de refugiados, desplazados, las guerras, el hambre y el genocidio sistemático, que desde hace ya décadas padecen naciones y pueblos enteros en el Cercano y Medio Oriente se ha vuelto crónico;  un estado de guerra permanente por lo extremista de sus protagonistas.

Pero la imagen de este niño, hizo que el mundo occidental pusiera sus ojos en la tragedia que sacude a millones de sirios, ahogados por una guerra que  ha alcanzado Siria y se propaga en Irak,  para la cual no se ve solución, al menos en un corto o mediano plazo.

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Sin duda, el Estado Islámico representa la mayor amenaza para la región de Oriente Medio y para la seguridad internacional, no por su capacidad militar, la cual es completamente ridícula en comparación con la fuerza desplegada actualmente en el área por Estados Unidos, sino por los métodos de intimidación que utilizan como promoción e imposición, métodos que van desde el lapidamiento, decapitación y los asesinatos en masa,  hasta las acciones terroristas en los países de Occidente.

Esta situación, ha hecho resurgir la teoría del estadounidense Samuel Huntington llamada “Choque de Civilizaciones”, muy popular en los años noventa, y que puede resumirse muy fácilmente en que los conflictos del siglo XXI se darán entre civilizaciones, principalmente en lo que él llamó: “las fronteras del Islam”.

Decir que estas guerras obedecen a razones religiosas es prácticamente una mentira,  aunque cierto es que a las facciones más radicales, les conviene presentarlo como una guerra de religión, aunque la realidad, como casi siempre en todas las guerras, obedece a razones de tipo económicas y de poder.

El Islam como tal, no es un grupo monolítico, dentro de él existen diversas posturas y corrientes, si bien, los yihadistas son una minoría, son una minoría muy violenta y activa, que ha encontrado el caldo de cultivo perfecto en el descontento que existe entre millones de musulmanes por la situación desesperada en la que viven de miseria y opresión, quienes por su misma desesperación y falta de libertades,  ven en la yihad una vía de escape a una vida mejor, actuando el elemento religioso como  acicate.

También fuera de los países musulmanes, existen fuertes intereses para alarmarnos con la Guerra Santa y el Islam, recordemos que el tema de la seguridad y más de carácter internacional, genera grandes ganancias, además de ser un buen distractor de los temas nacionales, y nada mejor para resolver una crisis que echar a andar la maquinaria de guerra.

Lo que debemos comprender es que los conflictos de carácter violento y el arribo al poder y creación de Estados Islámicos, obedece a la desesperación de una población asqueada de los sátrapas que han tenido por gobernantes, y al fracaso del socialismo y el capitalismo.

El islamismo como sistema político crece en medio de una población a la que le han hecho creer que un gobierno regido por la religión, es la única salida a su situación, discurso aderezado por un profundo resentimiento contra el Occidente a quien responsabilizan de sus tragedias.

La aparición de la Yihad y su cruzada contra el Occidente no es casual, ni mucho menos religiosa, recordemos que el Estado islámico, se desarrolla en regiones donde además de la miseria, ignorancia y religiosidad, hay abundancia de recursos naturales, una de sus fuentes de financiamiento, además del apoyo económico que reciben de algunos países del Golfo, que apoyan la lucha de sus correligionarios suníes contra sus enemigos chiíes.   

La respuesta militar para acabar con las ramificaciones Yihahidistas o de Guerra Santa, ha probado cientos de veces su ineficacia como método de pacificación.  

Para alcanzar una verdadera paz y democratización, es necesario dotar a la población de unos mínimos de bienestar social, de justicia y libertades civiles, así como una adecuada distribución de los recursos naturales y esto no se logra con golpes de estado, invasiones ni bombardeos.  

Mientras las grandes potencias no lo entiendan, la situación no va a cambiar. Pronto olvidaremos al pequeño Aylan y a los millones de refugiados que buscan desesperadamente llegar a Europa o Estados Unidos y seguramente se mantendrá el avance del Estado islámico en Oriente, ya sea por convencimiento o por la fuerza del terror.

¿Choque de Civilizaciones?

Yo lo llamaría choque de intereses, donde como siempre, quienes pierden son los más pobres, los desamparados, aquellos a los que no les queda otra más que aferrarse a la fe de un dios vengador  que aniquila a sus verdugos.

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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